You’ll Never Walk Alone

Por Daniel Seijo

“Con Thatcher Liverpool era tal vez la única ciudad que yo conocía en la que los niños salían a la calle a morder a los perros. Aquello era duro y nosotros fuimos la única buena noticia que tenía esta gente. Ellos fueron comidos, masticados y escupidos. Sobrantes, obreros.”

Michael Robinson

Nunca me he movido por dinero. Habría jugado sin cobrar nada. Habría pagado por jugar en Wembley.«

Eric Cantona

Las clases oprimidas cuando elaboran sus propias manifestaciones culturales, estas son descartadas por los sectores dominantes de la burguesía. Es decir que no se les reconoce el estatus de intelectuales, artistas, cultos, etc.”

Ulises Pastor Barreiro

 «Jugamos como nuncaperdimos como siempre»

 Alfredo di Stéfano

Michael Robinson, uno de los nuestros, tú nunca caminarás solo.

Recordaba Michel Robinson –en una muy recomendable entrevista para Público con el compañero Eduardo Ortega– sus primeras impresiones tras aterrizar con su mujer en Liverpool para fichar por el equipo de sueños y lograr de ese modo vestir al fin una camiseta con historia, historia deportiva sin duda, pero también historia social y cultural. En aquella época no tan lejana, el fútbol era mucho más que veintidós tíos, una pelota y millones de euros tras cada contrato publicitario alcanzado. En Reino Unido corrían los tiempos de la «Dama de Hierro», el thatcherismo, había logrado vencer paulatinamente la resistencia del orgulloso e histórico sindicalismo británico y la privatización de empresas estatales, servicios públicos y los medios de ayuda social, comenzaban a transformar radicalmente las islas al mismo tiempo que la influencia del neoliberalismo iniciaba su expansión por medio mundo de la mano de un Imperio, un Papa y numerosas dictaduras profundamente anticomunistas. 

El ex judador de los «Reds» y del Club Atlético Osasuna, recordaba en esa entrevista la realidad de un país y una ciudad duramente golpeadas por el lucro rápido, la desigualdad y la amoralidad de una nueva forma de ver la economía, en la que los valores de equipo, el amor a los colores o todo aquello que no tuviese relación directa con la competencia descarnada y la victoria a toda costa, no tenía ya cabida en esa nueva normalidad impuesta a golpe de porra y normas jurídicas ruinosas para el conjunto de la sociedad. En el Liverpool de Robinson, la ciudad que decidió desafiar a Margaret Thatcher utilizando sus presupuestos sociales y confiando en ser demasiado grande como para que la pudiesen dejar caer, los niños reconocían a los futbolistas por el lujo de las cadenas de oro asomando del cuello de sus camisas y en la calle la camaradería y quizás una vieja pelota con la que olvidar el hambre, suponían el único entretenimiento para una ciudad en bancarrota.  

Por un instante, noventa minutos apenas, he querido sentirme parte de una clase social, una hinchada local o cualquier otra cosa que no fuese un cerdo esperando inconscientemente el próximo turno en el matadero

No quedaba ya nada de la vieja atmósfera de las fábricas, los coros de los mineros, la sed insaciable de un obrero un viernes noche en una taberna inglesa tras terminar su turno y el camino firme y orgulloso los fines de semana alternos a Anfield. Quizás durante aquellos años, si uno lograba cerrar durante un instante los ojos con suficiente convicción, si realmente confiaba en lograr alcanzarlo aunque fuese durante noventa minutos, los primeros acordes de You’ll never walk alone y la salida al campo de los jugadores del Liverpool como si de auténticos gladiadores se tratase, todavía podían transportarte a otra realidad. A tiempos mejores. Por un momento, uno podía sentirse parte de algo que lo superaba como individuo y en lo que existían todavía opciones de victoria.

Para un chaval criado en un hotel de Blackpool, entre mineros de Yorkshire, Gales y Escocia a los que realmente llegó a admirar, el peso de una camiseta como la de los «Reds» en medio de todo aquello, tuvo que entrañar una responsabilidad realmente poco envidiable. No me entiendan mal, soy plenamente consciente de que para muchas personas llegar a convertirse en un futbolista profesional supone uno de esos sueños que muy pocos tienen la fortuna de llegar a disfrutar en sus vidas. Una gracia del destino a la que si además le sumamos la posibilidad de vestir una de las camisetas más laureadas de la historia del deporte y al mismo tiempo la perteneciente al equipo de tus sueños, hacen de Michel Robinson un hombre realmente afortunado. Pero en aquellos tiempos, por normal general un futbolista no era una rock star-movie star. Un futbolista en Anfield, pero también al pisar las calles del Liverpool de Margaret Tatcher, era un gladiador, la última esperanza de victoria de una ciudad y una clase social a la que le habían arrebatado todo y que ya solo podía confiar en que al terminar los noventa minutos, su equipo hubiese logrado perforar más veces la portería del equipo rival de las que su propio portero había tenido que recoger la pelota de su red. 

Para los nietos de la Revolución Industrial, para aquellos que vieron como se cerraban las cuencas mineras, los negocios vinculados a ellas y poco a poco comenzaban a aterrizar en sus barrios y en sus pubs niños elegantes con trajes insultantemente valiosos, sus excluyentes «buenos modales» a la hora de pedir una maldita pinta y ostentosos gustos por deportes tan absurdos como el polo o el golf, la única esperanza de victoria, el único motivo para no volverse loco y volarse los sesos o volárselos a algún jodido «bobbie», eran esos minutos previos al pitido inicial mientras entonando el You’ll never walk alone con una cerveza en su mano y abrazado a sus camaradas, olvidaba la realidad y lograba una vez más sentirse parte de algo grande. No es de extrañar que conversando con Eduardo Ortega, Robinson reconociese el peso de aquella camiseta cada vez que salía a su espalda en Anfield. Consigo llevaba sus orígenes, sus valores, sus sueños y a toda una ciudad y una clase social que dependía de él y de sus colores para lograr saborear una mínima victoria en su día a día.

Los Gil, Lopera, Lendoiro o Ruíz Mateos, dieron paso a Enrique Cerezo, Florentino Perez o los primeros jeques del fútbol español, casi del mismo modo que el Thatcherismo daba paso a la “Tercera Vía” de Tony Blair, el Trío de las Azores o el populismo más desatado del Brexit

Sin embargo, he de admitir que mi recuerdo de Michel Robinson es muy posterior a todo aquello y se dibuja en aquel ya clásico “¡Este no mete un gol ni al arco iris!” cada vez que fallábamos una ocasión clara en el inolvidable PC Fútbol de Dinamic Multimedia. Una empresa española, desarrolladora y publicadora de videojuegos que logro durante unos valiosos años mantener a todos los aficionados al fútbol pendientes de los quioscos de prensa para hacerse con la última versión de uno de los primeros videojuegos que nos permitían meternos en la piel no ya de los futbolistas, sino en la de los hombres de negocio del fútbol. Clausulas, salarios, primas, marketing e incluso el catering de nuestros equipos favoritos resultaban ya entonces vitales en nuestro día a día para lograr el tan añorado ascenso o proclamarnos campeones de Europa. Fuese como fuese, la clave había pasado a ser el dinero con el que atraer a los primeros galácticos a nuestros equipos de toda la vida. 

Poco a poco los Gil, Lopera, Lendoiro o Ruíz Mateos, dieron paso a Enrique Cerezo, Florentino Perez o los primeros jeques del fútbol español, casi del mismo modo que el Thatcherismo daba paso a la “Tercera Vía” de Tony Blair, el Trío de las Azores o el populismo más desatado del Brexit y su actual versión eugenésica representada por Boris Johnson, Bolsonaro o Donald Trump. Dinamic Multimedia terminaría descuidando el desarrollo de sus sagas más populares, PC Fútbol y PC Basket, para centrar gran parte de su actividad en la creación de portales de Internet en su momento cumbre, lo que tras el estallido de la Burbuja de las punto com llevaría a la empresa a quebrar de forma estrepitosa significando el punto final de Dinamic Multimedia. 

La única esperanza de victoria, el único motivo para no volverse loco y volarse los sesos o volárselos a algún jodido «bobbie», eran esos minutos previos al pitido inicial mientras entonando el You’ll never walk alone con una cerveza en su mano y abrazado a sus camaradas, olvidaba la realidad

La marcha de muchos responsables del alma original del proyecto, las comprometidas decisiones empresariales y poco centradas en la calidad del producto o en el interés de los aficionados al fútbol de Gómez-Centurión –un conocido periodista, fundador de Hobby-Press, empresa que fue vendida a la alemana Axel Springer en 1998 por una fuerte suma de dinero– o los elevados costes de las licencias oficiales de las ligas de fútbol, convertidas ya en un lucrativo negocio, terminaron definitivamente con un juego que en su época dorada, logró superar las 350.000 copias vendidas. Pero lo que es más importante, terminaron con los finos e irónicos comentarios de aquel viejo diablo rojo que cada temporada nos acompañaba durante nuestras horas de juego para recordarnos que lejos del negocio, el futbol debía ser de futboleros para futboleros.

Con el tiempo llegarían otras historias, grandes momentos de nuestro deporte narrados con el inolvidable acento de Michael y mil y una alegrías y decepciones más o menos abundantes en una u otra medida según los colores y la capacidad para seguir emocionándose con el llamado deporte rey que conserve cada uno. Pero hoy, un primero de mayo tras la muerte de la voz deportiva de mi infancia, simplemente he querido escapar un poco con este artículo de esa derrota continua que supone pertenecer a la clase obrera en tiempos de socialiberalismo o de neoliberalismo 2.0. He querido por un momento cerrar fuerte los ojos y  con los primeros acordes de You’ll never walk alone, sentirme por una vez parte de algo, sentir que todavía queda esperanza en esta nueva normalidad en la que esa opresiva sensación en el pecho del avance tecnológico y las implicaciones del final de una era para la clase obrera…  Apenas nos dejan respirar. Por un instante, noventa minutos apenas, he querido sentirme parte de una clase social, una hinchada local o cualquier otra cosa que no fuese un cerdo esperando inconscientemente el próximo turno en el matadero.


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