Ya es hora de matar al padre

La Estrategia de Seguridad Nacional de diciembre de 2025 revela la visión trumpista: unos EE UU. que ven a Europa como un socio prescindible.

Por Iñaki Errazkin | 9/01/2026

En la teoría freudiana, «matar al padre» no es un acto de violencia literal, sino un rito de paso necesario: el hijo debe superar la figura autoritaria para alcanzar la madurez y la independencia. En el plano geopolítico, EE. UU. ha sido ese «padre» para la Europa capitalista desde el fin de la II Guerra Mundial.

“Nos protegió” bajo el paraguas de la OTAN, “nos reconstruyó” con el Plan Marshall y “nos guió” en la Guerra Fría. Pero hoy, en enero de 2026, ese padre ha dejado claro que siempre fue un patriarca errático, abusador e impredecible. Bajo la segunda administración Trump, el imperio estadounidense prioriza sus propios intereses y sus caprichos territoriales por encima de sus aliados históricos.

Ya es hora de que la Unión Europea y los países que han vivido como satélites de Washington rompan amarras. Es hora de matar al padre para sobrevivir como adultos en un mundo multipolar. Los acontecimientos de las últimas semanas no dejan lugar a dudas: el «padre» ya no nos protege porque nunca nos protegió; solo nos expone y nos debilita, como siempre hizo.

El 3 de enero de 2026, fuerzas estadounidenses bombardearon Caracas y secuestraron al presidente venezolano Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores, en una operación militar unilateral. Trump la justificó como un golpe contra el narcotráfico y un retorno a la «Doctrina Monroe» (rebautizada irónicamente como «Donroe Doctrine»). Esta intervención no solo viola principios fundamentales del derecho internacional, sino que desvía recursos y atención de la OTAN hacia aventuras en el hemisferio occidental, dejando a Europa agarrada a la brocha.

Poco después, la Casa Blanca renovó las amenazas sobre Groenlandia. Trump insistió en que Estados Unidos «necesita» la isla ártica para su seguridad nacional, citando actividades rusas y chinas en la zona. Voceros yanquis no descartaron el uso de la fuerza militar para anexionársela, a pesar de que Groenlandia es territorio autónomo de Dinamarca, miembro de la OTAN y de la UE. Algunos mandatarios europeos han respondido con firmeza, pero el daño está hecho: estas bravatas ponen en riesgo la débil cohesión de la Unión Europea.

Mientras tanto, la Estrategia de Seguridad Nacional de diciembre de 2025 revela la visión trumpista: unos EE UU. que ven a Europa como un socio prescindible. El documento exige que los aliados europeos gasten más en defensa (hasta un 5 % del PIB en algunos casos, como el Estado español), critica duramente la dependencia europea y prioriza supuestas amenazas hemisféricas y asiáticas sobre el continente europeo.

En paralelo, los aranceles del 15-50 % sobre exportaciones europeas (impuestos como represalia contra la Unión Europea) erosionan la economía del Estado español. Seguir atados a este presunto «padre» es suicida. La dependencia militar deja expuestos a los pueblos de una Europa que gastaba poco en defensa porque confiaba infantilmente en el paraguas estadounidense, pero Trump amenaza con retiradas unilaterales y con sangrar a Europa económicamente.

Geopolíticamente, países satélites (desde América Latina hasta Asia) ven cómo Washington da prioridad absoluta a su «patio trasero» y a sus caprichos árticos. En este caso, romper amarras no significa aislamiento, sino madurez.

A la Unión Europea solo le queda, en primer lugar, acelerar la construcción de una defensa europea autónoma, ajustando sus presupuestos a la realidad; y diversificar sus alianzas profundizando lazos con India, Brasil, África y China en ámbitos estratégicos, sin intermediarios estadounidenses.

En segundo lugar, rechazar interferencias internas, uniendo fuerzas contra cualquier intento de influir en elecciones o políticas europeas desde Washington.

Y en tercer lugar, liderar el multilateralismo, fortaleciendo a una ONU agonizante, el derecho internacional y foros como el G-20 acabando con la hegemonía estadounidense. Europa no necesita un mal padre protector. Ya ha quedado claro que siempre fue un vulgar maltratador y que nunca protegió nada que no fuera de su interés estratégico. Nuestro continente necesita recuperar su identidad, alejándose de EE. UU. como de la peste.

Lo sucedido en estos días (Venezuela, Groenlandia y lo que esté por llegar), son la señal definitiva. Matar al padre no es traición, sino emancipación. Es la única forma de evitar que el imperio USA en declive arrastre a nuestros pueblos en su caída. Ya es hora.

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