¿Y quién va a pagar esta factura?

Por Javier Merino

La actual crisis económica derivada de la COVID-19 nos ha vuelto a traer a colación esta eterna pregunta, y quienes se ufanan en aportar la respuesta correcta en el menor tiempo posible, en un intento desesperado de hacerse famosos por ello, apuntan siempre al Estado. Tanto sus detractores como sus defensores, miran al gobierno de turno pidiendo dinero para paliar sus males. Vamos a ver si, hoy en día, esto tiene razón de ser.

La crisis de 1929, la más grave de la modernidad, fue una crisis de carácter industrial, y debido a ello fue bien resuelta gracias a las políticas de Keynes. El Estado invirtió en obras públicas y mano de obra para reactivar la economía y, a pesar del incremento del déficit público que ello supuso, permitió coger aire hasta que el engranaje de la economía comenzó a funcionar de nuevo.

La crisis del petróleo de 1973 fue debida al histórico conflicto entre Palestina e Israel. El incremento de los precios del petróleo, unido a una reducción de la producción, puso de manifiesto la fuerte dependencia que existía de esta fuente de energía y provocó una inflación enorme. Al no ser del mismo carácter que la del 29, las políticas neoliberales se impusieron (Hayek). Se desregularizó el mercado laboral, se disminuyó la intervención estatal en la economía, y se redujo el gasto público provocando así la privatización de la economía. En España fue necesario un acuerdo político histórico conocido como los Pactos de la Moncloa. La clase trabajadora fue la gran perjudicada al erosionarse el Estado del Bienestar.

La crisis de 2008 fue totalmente distinta a las anteriores, su carácter era financiero porque su origen fue la especulación bancaria y no se le podían aplicar las recetas de Keynes. Los feligreses de Mises y Hayek (un amante de los regímenes dictatoriales) encontraron un resquicio para imponer sus teorías ya que los países más afectados estaban (y lo están aún) tan endeudados que no tenían capacidad para estimular la economía. El peligro de la inflación se cernía sobre nosotros, lo peor que nos puede pasar en una crisis económica puesto que acaba con los ahorros de toda una vida y nos condena a pasar hambre ya que el dinero pierde su poder adquisitivo. Lo que nos salvó a los europeos del desastre inflacionario fue el euro. La moneda única fue la tabla de salvación ya que es la moneda de la mayoría de los Estados de la Unión Europea (Syriza sabía que regresar al dracma sería fatal y por ello Grecia sobrevive aunque sea a duras penas). En la UE los Estados más fuertes tiene los instrumentos adecuados para controlar el euro y se los imponen a todos los demás: un presupuesto público equilibrado, topes máximos a los tipos de interés, reducción del gasto público y lenta circulación del dinero. Estas políticas deflacionarias, totalmente contrarias a las de Keynes, han promovido una aplicación de recortes que ha supuesto, de facto, un agravamiento de la situación del que aún no nos hemos repuesto. Aún no hemos terminado de pagar esta factura y, de improviso, un virus nos sumerge en una nueva crisis, esta ya de carácter mundial (Brasil y China no se han librado esta vez).

Si nos fijamos en las fechas, vemos que los períodos que transcurren entre cada gran crisis se van acortando cada vez más. Cuando vamos superando una, otra crisis que se estaba gestando, estalla, de tal forma que lo que debería ser excepción se convierte en la norma. Nos estamos acostumbrando a vivir en un permanente estado de crisis con el que cada vez nos cuesta más lidiar. Yo tengo un hijo que, sin haber cumplido aún los treinta años de edad, está sufriendo los estragos ya de dos. Y las que le quedan. Y si nos informamos y reflexionamos sobre todo lo acontecido en estos casi 100 años transcurridos entre ellas, vemos que, a pesar de las discrepancias ideológicas, hay algo en lo que todo el mundo, hasta ahora, ha estado de acuerdo: que el único que tiene capacidad para solucionar cada situación de crisis es el Estado, porque tiene en sus manos la política (decidir qué cosas hay que hacer) y el poder para hacerlas, aunque fuera con una economía dirigida por el Estado (modelo soviético), regulado por el Estado (modelo alemán) o estimulado por el Estado (modelo norteamericano).

Ahora bien, la globalización nos ha planteado un escenario totalmente diferente. No es posible combatir problemas globales con soluciones locales. El Estado carece de los medios y los recursos necesarios, no puede controlar ni regular los mercados. En este estado de cosas el minarquismo aparece como una opción atractiva. Si el Estado no puede ayudarnos ¿para qué lo queremos? Es el turno de la invisible mano salvadora del mercado. Es el turno de la antipolítica (Balibar) que da alas al populismo y al nacionalismo, preludios de regímenes autoritarios o dictatoriales ya que, o bien propugnan el rechazo a la política y se exalta a figuras carismáticas, o bien se vuelve a intentar resolver problemas globales con propuestas locales.

Tal y como John Gray apuntaba, los gobiernos se han convertido en una víctima más de las crisis puesto que no tienen capacidad local de respuesta para amenazas que son de carácter global, lo cual se traduce en una mayor desconfianza y una mayor inseguridad para los ciudadanos. Y es aquí donde la Unión Europea se presenta como la iniciativa más avanzada que existe para acometer problemas globales bajo una perspectiva local. A pesar de que nuestro continente es también un cúmulo de problemas (el Brexit es una seria amenaza pues puede convertir a Gran Bretaña en un paraíso fiscal), a pesar de que unos países imponen a otros la ley del más fuerte sin ningún pudor (Norte contra Sur), y a pesar de que algunos países siguen siendo prepotentes y culpabilizan a otros, la Unión Europea es como un laboratorio en donde se debaten y ponen a prueba multitud de opciones a los desafíos que se nos presentan. Quizá sea el único factor que suponga un valor añadido que explotar, pero hay que hacerlo cuanto antes porque estamos pasando de la “totalidad imaginada” de los Estados-Nación surgidos tras la Paz de Westfalia, a la “totalidad imaginada” de la Humanidad.

La aplicación en este momento de la estricta lógica neoliberal (cada acción, concesión o servicio debe ser rentable por sí mismo, su coste lo deben soportar sus usuarios y no toda la comunidad) sería la única forma de reducir la enorme deuda pública que soportamos, ahora bien, esto provocaría desastrosas consecuencias en materia de justicia social. Cuando el sacrosanto crecimiento económico no se vislumbra, entramos en “modo pánico”. Se nos ha inoculado el virus del consumismo como forma de alcanzar la felicidad. La Iglesia del Crecimiento Económico (Bauman) es quizá la única congregación que aumenta en número de fieles y que está en disposición de alcanzar un status ecuménico. Por eso abundan los sabios que aseguran que esto supone el fin de las ideologías o, incluso, de la historia.

Como defiende Bauman, las crisis representan una situación permanente y endémica del mundo líquido, de hecho son una de sus características clave. Tenemos en perspectiva la crisis derivada del cambio climático, y no voy a entrar aquí en las causas ya que prefiero poner el foco en la realidad: a la naturaleza no la puede parar nadie y las consecuencias serán terribles. El discurso moderno de que es posible el control humano de la Tierra, guiado por la Santísima Trinidad de la Economía, la Ciencia y la Tecnología es, de nuevo, pura metafísica, un nuevo acto de fe, una ilusión, no obstante, atractiva, ya que, como decía Freud, “las ilusiones, además de indemostrables, son irrefutables”. Por si esto fuera poco, antes de que el cambio climático cause sus correspondientes estragos, yo intuyo algún conflicto bélico que hará aflorar otra nueva crisis económica.

Nos encontramos en una especie de “interregno” (Tester), un momento en el que lo viejo ha dejado de funcionar correctamente y las nuevas formas, que han de ser eficaces, no están claras ni disponibles. La pandemia ha dejado al sistema capitalista en evidencia, incapaz, no ya de crecer, sino incluso de sostenerse ante una emergencia sanitaria mundial. Pero no podemos entrar en la parálisis del análisis aunque seamos incapaces de articular una alternativa viable, hay que parar la hemorragia antes de que sea tarde. En la Unión Europea se ha avanzado siempre que Francia y Alemania se han puesto de acuerdo, así que es el momento de que den un paso adelante. A la Unión Europea le ha llegado el momento de actuar, de hacer realidad la vieja concepción kantiana de Europa que tanto han alabado hasta ahora con la boca pequeña. Es hora de la solidaridad, del compromiso, del liderazgo responsable. Cuando EE.UU. tiene que afrontar una crisis, los estados abordan la situación como un problema nacional que hay que solventar entre todos. En Europa hasta ahora no, pero esta actitud ya no es sostenible puesto que en las crisis fruto de la globalización no hay un culpable al que señalar y hacer responsable. Por eso es hora de que la UE pague la factura para que no la paguen los de siempre. En caso de no dar el paso, cavará su propia tumba.

 


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