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Entrevistamos a Xulio Ríos, director del Instituto Galego de Análise e Documentación Internacional (IGADI), y director del Observatorio de la Política China. Autor de una prolífica obra de ensayo político, viene de publicar ‘Marx & China. La sinización del marxismo’, en la Editorial Akal.
Por Dani Seixo | 2/08/2025
En su libro, detalla la ‘sinización’ del marxismo. Muchos en Occidente ven este proceso como una dilución o una escusa. ¿Podría explicar por qué, en lugar de ser un desvío, esta adaptación pragmática a la realidad nacional es precisamente la clave que permitió que el marxismo fuese una fuerza material exitosa y transformadora en China, a diferencia de los dogmatismos que llevaron al fracaso en otros lugares?
En esta adaptación está la clave del éxito chino frente al fracaso de otras experiencias. Es un proceso que comienza antes mismo del triunfo de la revolución y que tiene por norte aquella máxima repetida por Mao hasta la saciedad de que “la verdad está en los hechos”. En el fondo, representa la reivindicación de un marxismo concreto, capaz de transformar la realidad inmediata, gestionando las contradicciones que ese proceso sugiere y manteniendo invariables los objetivos estratégicos. No hay garantía de éxito pero la premisa básica es la preservación de una hegemonía política comprometida con los ideales y las motivaciones de origen.
El debate alrededor del llamado ‘socialismo de mercado’ continúa abierto. Pero, ¿no es precisamente esta fórmula la que permitió mantener el liderazgo del Partido, el control de los sectores estratégicos y, al mismo tiempo, un desarrollo histórico sin precedentes?
Admitir que el mercado puede tener un papel, sin renunciar a la planificación, es una aportación esencial, que no por eso comporta, de modo automático, la alteración de la naturaleza del modelo. Tampoco el recurso a la planificación en el capitalismo supone una adscripción automática al socialismo. En la práctica, ese hibridismo, flexible, es lo que permitió a China acelerar el ritmo de su desarrollo sin alterar sustancialmente los fundamentos del sistema.
Dentro de esta lógica, ¿cuál es el papel de las empresas estatales en la estrategia de desarrollo nacional? ¿Sigue siendo herramientas de soberanía económica y planificación central o cedieron terreno frente al sector privado?
Las empresas estatales desempeñan un papel central y estratégico. No tienen una función limitada como en las economías liberales que están profundamente integradas en los planes económicos y actúan como instrumentos clave para alcanzar los grandes objetivos estatales. Que lo esencial o crítico de la economía permanezca en manos del Estado robustece la seguridad económica y política del país. A mayores, buscan una eficiencia y una rentabilidad con modelos de gestión flexibles que apuntalan el valor de lo público sin cuestionar el control estratégico. Esta reforma constante llena de matices es una característica substancial en el proceso chino y que en demasiadas ocasiones se descalifica sin ahondar lo suficiente.
El pensamiento de Xi Jinping sobre el socialismo para una nueva era se presenta como un nuevo capítulo del marxismo sinizado. ¿Cuáles son los elementos clave de su pensamiento que no solo responden a los desafíos actuales de China, sino que también ofrecen lecciones valiosas para otros países que buscan un desarrollo soberano?
El sinismo tiene como premisa básica la reafirmación del liderazgo del PCCh en todos los ámbitos, desde la economía a la sociedad, cultura, ejército o política exterior. Representa la teorización de la ultima fase del proceso de modernización que debe culminar en 2049 y tiene como referentes aspectos como el desarrollo de alta calidad, la autosuficiencia tecnológica, la prosperidad común, la gobernanza con fundamento en la ley, la seguridad integral, una diplomacia más activa que respete la soberanía de los países, el fortalecimiento ideológico con rechazo explícito de modelos liberales, etc. En suma, es la hoja de ruta para culminar una modernización que excluye la occidentalización y que mantiene la identidad, unidad y liderazgo del PCCh como garante de la originalidad del proceso.
El libro menciona la combinación del marxismo con la tradición cultural china. ¿De qué manera conceptos confucianos como la armonía, el orden y la visión colectiva fortalecieron y enriquecieron la implementación del socialismo en China, creando un modelo más estable y humano que el individualismo occidental?
Si bien en líderes anteriores podemos encontrar orientaciones que apuntan a una reconsideración del negativismo asociado al pensamiento tradicional por parte no solo del maoísmo sino de movimientos modernizadores que arrancan del siglo XIX, cabe destacar en Xi una apreciación mayor de la importancia de conectar el marxismo con elementos de la cultura y de la historia chinas (como el confucianismo, el pensamiento estratégico chino o los valores tradicionales). Es lo que llaman la “segunda combinación” (la “primera” es el marxismo con la realidad china). Hay en la cultura factores que tanto ayudan a conjurar ese individualismo como a argumentar la necesidad de seguir un camino propio para el desarrollo.
El campesinado fue un sujeto revolucionario esencial en el maoísmo. Hoy, ¿cuál es su lugar dentro del proyecto socialista con características chinas? ¿La erradicación de la pobreza extrema en el medio rural se puede entender como una cierta continuidad en la prioridad histórica que el Partido otorgó a las masas campesinas?
Según datos del Banco Mundial (2023), aproximadamente el 36% de la población de China vive en zonas rurales. Esto representa una tendencia decreciente en comparación con décadas pasadas, producto de una rápida urbanización. En el año 2000, por ejemplo, más del 60% de la población vivía en zonas rurales. Sin embargo, el mundo rural sigue siendo clave en la política china. Sirva de ejemplo que el “Documento nº1” que emite anualmente el Comité Central del PCCh es el Consejo de Estado y que establece las prioridades políticas y económicas del gobierno, lleva más de veinte años enfocado exclusivamente en temas rurales y agrícolas para hacer realidad aquello que en la época de Hu Jintao se cualificaba como el “nuevo campo socialista”. Es una señal clara de que el desarrollo rural, la mitigación de diferencias con la ciudad, la agricultura y la seguridad alimentaria son prioridades estratégicas. La consolidación de los avances en la erradicación de la pobreza cabe contextualizarlos en este proceso.
La lucha contra la corrupción emprendida por Xi Jinping fue una de las campañas más ambiciosas de la historia reciente. ¿Cómo demuestra esta campaña el compromiso del Partido con su propia pureza ideológica como servidor del pueblo, frente a la narrativa que lo presenta como una simple élite de poder?
El “proyecto almibarado” que decía Mao es un problema que acompaña a la transformación de China. En diferentes etapas se tienen arbitrado campañas para combatirla pero es con Xi que adquiere una mayor relevancia tanto estructural como en su amplitud. Eso se relaciona fundamentalmente con el carácter crucial de la actual fase del proceso de modernización, con dificultades internas y externas en fase ascendente. La puesta a punto del Partido para liderar esta fase requiere de una actualización del compromiso ético que se vio alterado por los efectos no deseados de las reformas adoptadas especialmente en los últimos cuarenta años.
El ascenso pacífico de China generó una reacción cada vez más agresiva por parte de los EUA. ¿Considera esta hostilidad no como una respuesta a una supuesta ‘amenaza’ china, sino como el miedo del imperialismo occidental a perder su hegemonía y a que exista una alternativa exitosa a su modelo?
China está cercada por 80 bases militares a disposición de las tropas estadounidenses que no cesan de multiplicar su presencia en su entorno… La guerra comercial, la pugna tecnológica, etc., forman parte de una estrategia para evitar que complete exitosamente su proceso, que tendría como consecuencia la erosión de una primacía arrebatada hace apenas dos siglos a golpe de cañones y opio. Los EUA pueden admitir una China modernizada, pero no una China soberana que no se someta a sus redes de dependencia. Paradójicamente, el rechazo a exportar modelos incrementa su atractivo ante países terceros cuyo balance de dependencia es bien parco en beneficios.
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