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Por Jesús Ausín

Ha parado la motocicleta sobre la acera. Saca la bolsa refrigerada del transportín y se dirige hacia el telefonillo del portal. Mira la nota del pedido y mete el dedo en el botón aledaño al letrero en el que se puede leer “bajo izquierda”. Hace un frío del carajo aumentado por la neblina meona que cubre la ciudad a esas horas de la tarde-noche. No contesta nadie. Vuelve a mirar el papel por si se ha equivocado de piso. Pero no. Pone claramente bajo izquierda. Vuelve a apretar el botón. Ahora oye el sonido del timbre, a lo lejos, dentro de la vivienda. Si tarda mucho en contestar, la comida del otro cliente se quedará fría, piensa mientras sigue esperando. Siguen sin contestar. Llama a la base por si se hubieran equivocado en el pedido, pero le dicen que no, que la dirección y el piso es correcto. Vuelve a llamar. Espera. Nada, y ya lleva diez minutos para entregar un pedido para el que solo le dan dos. La otra hamburguesa se va a quedar helada. Parece que no hay nadie así que decide irse andando en busca del otro cliente, setenta metros más allá. Cuando va a doblar la esquina, una mujer joven le grita desde atrás. Se detiene y cuando la chica llega a su altura, le pregunta dónde está su pedido. Constancio le interroga con la mirada. Es la cliente que no contesta al telefonillo. La mujer de muy malas maneras le dice que tiene muy poca paciencia y que total, solo ha faltado unos minutos para sacar al perro. El repartidor aprieta los dientes y cuenta hasta diez para no mandar a la mierda a la joven. ¿Quién pide comida a domicilio y se va a pasear al perro mientras llega? Se pregunta. Y encima con malos modos, mala educación y nada de respeto. Le entrega su pedido y se encamina a la otra entrega. El pedido se ha quedado frío. El cliente dice que no lo quiere, que se lo lleve y le traiga otro en condiciones. Constancio se vuelve enfadado a la base. Sabe que el importe del pedido se lo descontarán de su salario. ¡Y todo por una estúpida que se va a pasear al perro mientras espera la cena! Mientras conduce la moto piensa que injusta es la vida. Cómo un tipo instruido como él, arquitecto, ha acabado llevando comida rápida a domicilio en una motocicleta. Quizá somos nosotros los culpables, se dice. Él siempre ha creído en un sistema que favorece a unos pocos. Ahora que ya no es de los de arriba, lamenta haber aceptado aquel trabajo que su amigo le ofreció cuando estaba a punto de examinarse para una plaza de arquitecto municipal. Lamenta aún más no haberle mandado a la mierda cuando le dijo que la empresa iba mal y que debería hacerse autónomo. Sobre todo porque se gastaba cientos de miles de pesetas en un avión privado con su tripulación y en cenas que no llevaban a nada. Pero calló y aceptó hacerse autónomo. Y la empresa acabó cerrando unos años después. Y se quedó con cincuenta años en el paro. Y ahora con una mujer enferma, una hija médico (hoy ni siquiera podría haber empezado la carrera) que solo trabaja cuando la llaman y que es autónoma, y 450 € del subsidio para mayores de 55 años, se ve obligado a repartir hamburguesas para subsistir.

Ya ha llegado a la base. Le explica al encargado lo que ha pasado con la cliente del perro y causante de que el otro le haya devuelto la comida. Le dice que no se preocupe que esas cosas pasan. Pero el gerente dice que el valor de la comida se la descontarán del sueldo y que la próxima entrega a la misma dirección no contará para su salario.

Vuelve a coger la moto y el cabreo va en aumento. Sigue mascullando sobre las miserias de la vida. Se acuerda ahora de su hija, médico en una clínica privada a la que llaman cuando hay necesidad. Si en la sanidad pública cierran plantas, allí las abren según demanda. Muchos de los médicos y enfermeras están en un grupo de WhatsApp que la empresa utiliza para avisarles del trabajo. Y deben acudir raudos.

El fogonazo de un claxon de coche le devuelve a la realidad. No sabe qué es lo que ha hecho pero el conductor está muy cabreado. Se baja del vehículo y trae intención de agredirle. Constancio se escapa por uno de los callejones peatonales, salvándose de la agresión por unos segundos.

Definitivamente hoy no es su día. Debería haberse quedado en casa. Está mojado, cabreado y helado. Total para 15 puñeteros euros que le van a pagar por estar cinco horas de aquí para allá con la moto. Eso si no le descuentan la comida. 

Se pregunta si le compensa mientras sube, de nuevo, a casa del cliente que devolvió la comida por estar fría.


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Estos días atrás, como consecuencia de la celebración de FITUR, el gremio del taxi de Madrid decidió hacer de los alrededores de IFEMA, la sede central de sus protestas. No voy a entrar en la justicia de sus reivindicaciones que ya expliqué en este artículo en julio pasado.

Antes de entrar en la precariedad en la que se ha convertido el trabajo, si quiero apuntar una serie hechos que han sucedido y de los que he sido testigo y que me llaman poderosamente la atención. Los que estamos acostumbrados a asistir a manifestaciones y concentraciones sabemos que a ninguna concentración de cien personas, la policía le consentiría cortar un bulevar de cuatro carriles (dos de ida y dos de vuelta) y una gran rotonda que gestiona el trafico de una zona con más de quince mil trabajadores, además de los numerosos visitantes de la Feria de Turismo, y que es la salida natural a la vía de circunvalación M-40. Pues bien, a los taxistas el pasado viernes se les permitió. Como se les dejó que, dos días antes, bajaran un coche, ya montado, que la grúa municipal estaba retirando por estar aparcado en una reserva de carga y descarga. O como se les permitió el día que se inauguró FITUR que, a todos los bancos de la Avenida Capital de España Madrid, les arrancaran las maderas para hacer una gran hoguera frente a la puerta principal de IFEMA.

El gremio taxista no cuenta con muchos simpatizantes entre la población. Todos hemos sufrido al conductor caradura que, aprovechando el desconocimiento de una gran ciudad como Madrid, se dedica a dar rodeos para agrandar la cuenta. Pero estas reivindicaciones que tienen mucho que ver con la pérdida hegemónica, entroncan aunque sea de carambola, con las que tienen otros trabajadores (que tenemos todos) por la vuelta a un sistema de trabajo propio de los inicios de la Revolución Industrial. Es lo que ahora han venido a llamar trabajo colaborativo y que siempre ha sido explotación y esclavitud.

La TV, método de idiotización general de la masa, al servicio de quienes explotan al trabajador, ha creado un mundo paralelo en el que la situación de unos pocos se convierte en generalidad.

Taxistas, conductores VTC, repartidores de comida a domicilio, repartidores de paquetería, arquitectos, actores, periodistas, humoristas y ahora hasta médicos y enfermeras sufren las consecuencias de la externalización del trabajo, conocido como Toyotismo y que consiste en sustituir las cadenas de montaje del método Ford, por subcontratas que, fuera de las instalaciones de la empresa, realicen esas tareas pero a demanda. Si hay necesidad te compro y si no la hay, pues te quedas con la producción. La mayor parte de las grandes factorías de vehículos siguen este método. Empresas ajenas realizan la fabricación de piezas para un modelo de coche que luego son insertadas en la factoría de la marca. Pero como este hijoputismo especulativo siempre da una vuelta de tuerca más, en su afán por priorizar la ganancia económica sobre todas las demás cosas, pensó que ese modelo podría sacarse de las fábricas y llevarse a todos los sectores laborales. Hace años, como veinte, que en la empresa en la que trabajaba mi mujer, un despacho de arquitectos, todos los arquitectos, aparejadores y delineantes eran autónomos. Todos trabajaban en la misma oficina. Todos obedecían las instrucciones que les daba el “dueño” de la sociedad. Todos debían justificar las ausencias del trabajo. Todos realizaban los proyectos encargados por la misma persona. Pero a la hora de cobrar, emitían una factura contra la sociedad y ellos se pagaban la seguridad social como autónomos. Solo mi mujer y la secretaria estaban en situación legal de contrato.

El gran problema que se plantea después de esta gran estafa que llamaron crisis y que tenía dos objetivos claros, la salvación mediante presupuesto público, del caótico mundo financiero que había convertido su método especulativo en aire y que estaba a punto de quebrar mundialmente; y la desubicación del trabajo que logró un adelanto en la instauración del método de trabajo esclavo. Quien crea que está libre de esta plaga mundial que se lo haga mirar. Lo que parecía que solo afectaba a la clase baja, trabajadores sin formación que se conforman con lo que les dan, se está extendiendo como la pólvora a sectores donde la cualificación cuesta un importante desembolso de presupuesto y tiempo (como la medicina o la arquitectura). Este sistema laboral es imparable porque es intrínseco al sistema económico especulativo que padecemos. Los principios éticos han saltado por los aires. Ya no se respetan ni acuerdos internacionales, ni las instituciones, ni mucho menos la ley. Lo que ahora es blanco, a los dos minutos se afirma como negro si con ello se puede obtener un rendimiento ya sea político, ya sea económico, que finalice en beneficio para el especulador.

A los trabajadores se les compra su rabia con normas legales como los EREs (temporales o de extinción) que atenúan su precariedad económica pero que dejan las arcas públicas temblando y sobre todo acaban adelgazando los derechos del mercado laboral. La gente, ante una situación de lucha por su trabajo que les amenaza con el cierre patronal y les dejaría sin ingresos, acepta como mal menor los dos o tres años en el paro y una prejubilación con una merma económica considerable. En EREs temporales, los trabajadores aceptan irse al paro unos meses, a condición de volver con un turno menos o con recortes en la plantilla. Luego acaban haciendo horas extraordinarias que no están permitidas legalmente, pero que provocan algún beneficio particular al trabajador y sobre todo al empresario que ve como, ante una vuelta normal de la actividad, no tiene que volver a contratar el mismo número de trabajadores.

Así las cosas, la lucha se ha debilitado de tal forma, porque se ha anulado la capacidad individual de resistir, que todo vale. Y de ahí al mercado laboral en condiciones de esclavitud (que ellos llaman colaborativo, porque han descubierto que el lenguaje es lo más importante) es todo corrido. Un mercado en el que te apuntas a una bolsa de trabajo que te obliga a estar las 24 horas pendiente del WhatsApp, y acudir raudo a la llamada a trabajar. Si trabajas, cobras (salarios muy inferiores a los establecido en convenio). Si no, te buscas la vida. Te obligan a hacerte autónomo y te quedas sin derechos y lo que es mejor para el empresaurio, como no sabes la situación en la que están los demás, solo ante las reclamaciones laborales.

El gran problema que se nos plantea es la pasividad del personal. La TV, método de idiotización general de la masa, al servicio de quienes explotan al trabajador, ha creado un mundo paralelo en el que la situación de unos pocos se convierte en generalidad. No les cuesta mucho. Los periodistas que ponen la cara en la pantalla y los que escriben opinión para hacerla pasar por información, no viven en barrios donde el INEM es el empresario de la mayoría. Ni sus hijos o conocidos tienen que trabajar con la bici llevando un armario colgado a la espalda. Pero la gente normal, la que vive en los barrios con casas en las que la calefacción, si hay, no se puede poner porque no llega el salario, donde el personal se compra perro como símbolo de estatus (aunque no tenga para alimentarlo), aunque se tenga trabajo más o menos estable y a la vieja usanza, solo tiene que mirar entre familiares, amigos y vecinos la situación de cada uno de ellos, para darse cuenta que la normalidad es el trabajo precario, los salarios de miseria y la falta de derechos. Ese es el mundo real. Y si echamos la mirada a nuestro alrededor, todos conocemos personas que están padeciendo esta situación laboral de esclavitud que no permite llevar una vida normal, que no permite hacer planes de futuro y que no permite independizarse a nuestros hijos.

Taxistas, conductores VTC, repartidores de comida a domicilio, repartidores de paquetería, arquitectos, actores, periodistas, humoristas y ahora hasta médicos y enfermeras sufren las consecuencias de la externalización del trabajo.

Y eso no es consecuencia de la mala suerte o una situación puntual. Eso es consecuencia de nuestra permisividad y pasividad con un sistema que nos discrimina y que ha conseguido que todos los acuerdos y consensos mundiales, nacionales y todas las leyes y tratados valgan menos que un duro de madera. Todo ha saltado por los aires. La situación internacional es delirante. La legalidad no existe. El fascismo se extiende como la llama sobre la pólvora. Todo principio ético ha quedado obsoleto. Y nosotros somos partícipes de esa moral rastrera y contraria a los derechos humanos porque solo nos interesa nuestro culo.

Solo nos queda esperar el milagro. Y salvo que la lucha feminista consiga parar esta involución medieval, el futuro es negro y rojo. Negro por el túnel en el que estamos metidos y rojo porque en algún momento, la sangre derramada será mucha.

Ojalá me equivoque.

Salud, feminismo, república y más escuelas públicas y laicas.

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