
Entrevista con la argentina Viviana Cao, integrante de Historias Desobedientes, familiares de genocidas por la Memoria, la Verdad y la Justicia
Por Angelo Nero | 14/06/2026
Viviana Cao nació en Catamarca, Argentina, en 1958. Vivió en Mendoza hasta 1963 y luego se trasladó con su familia a Buenos Aires. Entre 1965 y 1966 estuvieron en EEUU, donde trasladaron a su padre para que hicier un curso en Texas y Virginia, luego vivió en Vicente López, provincia de Buenos Aires, hasta que sus padres se separaron, cuando ella tenía 16 años. Desarrolló su actividad laboral, trabajando en el Ministerio de Trabajo.
En su juventud, entre 1974 y 19756, participó activamente en política, a través de la militancia en el PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores), una organización revolucionaria de la izquierda argentina.
Ella viene de una familia militar. Su padre fue Oscar Horario Cao, que fue mayor del Ejército. En el inicio de la dictadura argentina, aún estado jubilado, se incorporó como personal civil de inteligencia al Batallón 601, la unidad central y el cerebro logístico que secuestró, torturó e hizo desaparecer a miles de personas, operando además como agente del Plan Cóndor. El padre de Viviana murió sin dar cuentas a la justicia por su implicación en la represión, en 2015. Ella relató su proceso personal y político que implicó asumir la responsabilidad histórica de su entorno familiar y tomar distancia ética de los crímenes cometidos por el terrorismo de estado.
Se vinculó al colectivo Historias Desobedientes, agrupación formada por hijas y familiares de represores de la dictadura cívico militar (1976-1983), que decidieron romper con el silencio familiar y denunciar los crímenes en los que participaron sus ascendentes.
Con ella hablamos tras la jornada Memorias Desobedientes, celebradas por la Asamblea Republicana de Vigo, en la que participó junto a Loreto Urraca y Susana Sánchez Aríns.
Tu padre ya había pasado a la reserva al comienzo de la dictadura, pero ingresa como personal civil al temido Batallón 601, ¿por qué crees que da ese paso, y cuales eran sus funciones, y en que momento eres consciente de que forma parte del aparato represor del estado?
Mi padre se retiró del ejército en 1970 y luego inició una carrera universitaria vinculada a las comunicaciones. En abril de 1976, con 45 años, ingresó a trabajar en la Secretaría de Información Pública, dependiente de la Presidencia de la Nación. Más tarde, en 1979, entra al Batallón 601. Él apoyaba abiertamente a la dictadura militar y, como suele ocurrir entre muchos militares del ejército argentino, consideraba que su verdadera familia era la institución, quedando la familia nuclear en un segundo plano.
En el Batallón 601 decía que se dedicaba a elaborar la síntesis de prensa. Esa explicación resultaba verosímil: había estudiado una carrera afín, entonces todas las noches salía de casa para regresar al día siguiente con el resumen de noticias. Sin embargo, nunca supimos cuáles eran realmente sus funciones. Con el tiempo supimos que su jefe directo, el mayor (RE) Carlos Antonio Españadero, había sido condenado a 16 años de prisión como coautor de privaciones ilegales de la libertad, tormentos, abuso deshonesto y coacción contra 17 personas —entre ellas niñas, niños y adolescentes—. Antes de esa condena ya tenía una pena de prisión perpetua por crímenes de lesa humanidad. Curiosamente, él también afirmaba que su tarea era realizar la síntesis de prensa de los diarios matutinos.
Aunque siempre tuvimos dudas, durante muchos años no cuestionamos su participación en la Secretaría de Información Pública como analista en comunicaciones y en el Batallón 601 como analista y redactor del resumen de noticias. Después de su muerte, conocimos la condena de su jefe directo y unimos piezas que antes no teníamos. En la marcha del 24 de marzo de 2024 me encontré con la hermana de uno de mis amigos desaparecidos (tengo tres amigos desaparecidos desde julio de 1977), ella me contó que, cuando se llevaron a Juan Carlos, su esposo fue a ver a mi padre para pedirle información y lo tabicaron (le cubrieron los ojos para que no supiera dónde estaba). Ese dato terminó de confirmar el rol que cumplió mi padre dentro de la dictadura.
Tu militas muy joven en una organización revolucionaria, el PRT-ERP, cuyo fundador y secretario general fue Mario Roberto Santucho. Una organización que fue prácticamente exterminada por los militares, ¿cómo viviste estos años de militancia clandestina, el golpe de estado y la durisima represión que cayó sobre el PRT-ERP? ¿temiste alguna vez que tu nombre se sumara a la larga lista de desaparecidos?
Los años de la dictadura fueron años terribles, pero ya desde antes con la triple A (Alianza Anticomunista Argentina, una organización terrorista parapolicial y de ultraderecha que operó en el país entre 1973 y 1976) la organización nos enseñó a caminar en contra del sentido que iban los autos, tomar varios buses aunque uno te llevara al sitio donde ibas, a usar ropa discreta, por ejemplo una compañera tenía el cabello largo y se lo teñía de rubio claro, la llamábamos la rubia mireya (fue la protagonista de una película viejísima que creo que ninguno la había visto pero que se usaba como termino de mujer fatal), (nunca supe el nombre, siempre usábamos nombres diferentes por si llegabas a caer en manos de las fuerzas armadas o de seguridad, con las torturas no pudieras decir el nombre de ninguno de los compañeros), me fui por las ramas, le dijeron que se tiñera de un color que no llamara la atención.
Si tuvimos muchos miedos y más cuando se llevaron a mis amigos, que eran en principio amigos de la infancia de mi pareja de ese momento.

En 2017 se forma en Argentina Historias Desobedientes, ¿cómo es su gestación, cuales son sus principales objetivos y en que momento decides dar un paso al frente y sumarte al colectivo?
En mayo de ese año, después del fallo de la Corte Suprema de Justicia conocido como el «2 x 1» (que permitía reducir las penas a condenados por delitos de lesa humanidad computando doble cada día de prisión preventiva), muchos de nosotros empezamos a buscar la manera de alzar la voz, entendiendo el retroceso que el gobierno de ese momento estaba llevando a cabo en materia de derechos humanos. A partir de publicaciones en la prensa, nos dimos cuenta de que no éramos los únicos con estas inquietudes y comenzamos a encontrarnos.
Uno de los principales objetivos del colectivo fue encontrarnos, sabiendo que no éramos los únicos y que habíamos estado mucho tiempo sintiéndonos solos nos pareció que teníamos que priorizarlo.
También decidimos que seríamos un colectivo destinado a intervenir en lo político-social, con una marcada orientación hacia la defensa del trabajo de memoria, verdad y justicia, y decidido a colaborar para que nunca más las fuerzas armadas y de seguridad se utilicen como lo hicieron.
Por último, otro objetivo fundamental es generar espacios de encuentro y reflexión entre los familiares de los genocidas de nuestro país y de distintos lugares del mundo. Por eso hicimos el 1° Encuentro internacional de Historias Desobedientes que esperamos que sean muchos más.
Me acerque al colectivo cuando uno de mis hermanos leyó en el diario una nota sobre Historias Desobedientes y nos llamó a los otros (somos cuatro) para proponernos reunirnos con algún referente que pudiera contarnos más sobre el colectivo. Así fue como nos acercamos y terminamos sumándonos. Era algo que los cuatro estábamos esperando: siempre participamos de las marchas por los derechos humanos, pero lo hacíamos en soledad.
También nos interesa mucho saber como ha sido el camino recorrido en Argentina en materia de Verdad, Justicia, Reparación y Garantías de No Repetición, desde la Ley de Punto Final y de Obediencia Debida, pasando por su derogación y por la Ley del 2×1, hasta la actualidad. ¿Ha habido una regresión en materia memorialistas con el gobierno de Javier Milei?
Sí, con esta gestión hubo una marcada regresión. Para empezar, eligió como vicepresidenta a Victoria Villarruel, hija obediente de un militar que reconoció por escrito haber participado en el “Operativo Independencia” en Tucumán, donde se secuestró, torturó y desapareció a más de 800 personas. En ese mismo documento también afirmó haber intervenido en la llamada “lucha contra la subversión”. La postura pública de Villarruel reproduce los mandatos de lealtad familiar que sostienen el silencio y la justificación de esos crímenes. Además, el gobierno ha desfinanciado los centros de memoria de todo el país y degradó la Secretaría de Derechos Humanos al rango de Subsecretaría. Estos son solo algunos de los retrocesos que hemos vivido en los treinta meses que lleva en el gobierno.
En Argentina ya había un fuerte movimiento en Defensa de los Derechos Humanos, nucleado alrededor de las Madres de la Plaza de Mayo, incluso durante la dictadura, ¿cómo acogieron la aparición de Historias Desobedientes?
En general muy bien, en la presentación de nuestro primer libro en el Espacio de Memoria y Derechos Humanos (ex ESMA), Eduardo Jozami, que estuvo preso en la última dictadura, militante, político, periodista, profesor universitario, Director Nacional de Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario del Ministerio de Defensa, nos dijo “los estábamos esperando”, eso a mí me quebró.
La queridísima integrante de Madres de Plaza de Mayo, Línea Fundadora, Norita Cortiñas, que nos acompañó en un montón de presentaciones, nos contó en el 1er. encuentro internacional de familiares de genocidas por la Memoria, la Verdad y la Justicia, que cuando aparecimos en el campo político argentino, hicieron una reunión para conversar y entre los diálogos de la reunión surgió este: “Quiénes son estas mujeres y estos varones”, “que cada una resolvería que pensar” y ella dijo: “Yo tengo miedo de que este sea un camino hacia la reconciliación”. Y como nosotras terminantemente decimos no al olvido, no al perdón, no a la reconciliación”. Algunas dijeron “no será que nos van a venir con el cuento de que no eran tan malos, de que los padres no eran tan malos… que se yo”. Después estuvieron conversando, dialogando, y al final de la conversación no era tan claro lo que pensábamos. Decíamos “a lo mejor es posible”, “a lo mejor no es tan así”, “mejor sería escuchar” … Sentarnos a escucharlas y decidir””. Entonces nos escucharon en distintas manifestaciones donde nos encontrábamos y decidieron aceptarnos como compañeras en la misma lucha. (Texto extraído del libro Nosotrxs, Historias Desobedientes, Primer encuentro internacional de familiares de genocidas por la Memoria, la Verdad y la Justicia).
El colectivo se ha extendido a otros países como Chile, Uruguay, Paraguay, Brasil , El Salvador o España. En lo relativo al estado español, ¿como ves la política de Memoria, y que los tribunales españoles nieguen la posibilidad de juzgar los crímenes del franquismo y que, precisamente, se haya buscado justicia fuera, en la Querella Argentina?
Me parece gravísimo que aún no se puedan juzgar los crímenes del franquismo. Lo que ocurrió durante las dictaduras —tanto en España como en Argentina— es que las personas eran secuestradas, torturadas, fusiladas o desaparecidas sin ningún tipo de juicio legal, sin cargos, sin defensa y sin garantías. Nunca fueron declaradas culpables de nada: simplemente eran eliminadas por fuera de la ley. Los organismos de derechos humanos, por el contrario, no buscan venganza ni replicar esas prácticas; nunca han tomado las armas ni han pedido desapariciones o fusilamientos. Su reclamo siempre ha sido el mismo: justicia legal, es decir, que los responsables sean investigados y juzgados en tribunales, con debido proceso y garantías. En el caso de España, el principal obstáculo entiendo sigue siendo la Ley de Amnistía de 1977, que los tribunales continúan interpretando como un impedimento para investigar los crímenes del franquismo. Por eso considero fundamental que las organizaciones de derechos humanos se unan para exigir que se cumpla efectivamente la interpretación establecida por la Ley de Memoria Democrática, que obliga a ajustar la aplicación de la Ley de Amnistía al derecho internacional, donde los crímenes de lesa humanidad son imprescriptibles y no pueden ser amnistiados.

Recientemente has participado en el primer acto de Memorias Desobedientes en Galicia, organizado por la Asamblea Republicana de Vigo, ¿como valoras esta jornada y crees que es importante darle continuidad, para que se implante el colectivo también en esta comunidad, tan ligada a Argentina?
El encuentro que tuvimos en Vigo fue importantísimo, porque invita a quienes participan a reflexionar sobre sus propias historias familiares. Creemos fundamental replicar esta jornada en todos los lugares posibles, porque todavía hay muchas personas desobedientes que seguramente andan solas por la vida. Ser desobediente en soledad es muy pesado: ir a una marcha o manifestación de DDHH solo uno se siente sapo de otro pozo, también porque muchas veces se carga la culpa, aunque no sea nuestra; lo que hicieron, lo hicieron ellos, no nosotros, los familiares. Aun así, una siente muchas veces vergüenza por llevar el apellido de un genocida. En colectivo es distinto. Podemos salir juntos a la calle a exigir que nos digan dónde están los 30.000 desaparecidos y a reclamar por los bebés robados que todavía hoy no han sido encontrados o tantas manifestaciones justas que hay ahora que se vulneran tantos derechos. Y también podemos acompañarnos, darnos fuerza, hablar y ser escuchados por alguien que está pasando por lo mismo.
Me interesa saber también como se produjo el punto de ruptura con tu historia familiar, cuando te convertiste en Desobediente, y como fue la reacción en tu propia familia, ¿fue un proceso en el que sentiste rechazo o, por el contrario, encontraste apoyo entre los tuyos?
Por suerte, somos la envidia del Colectivo: somos los únicos cuatro hermanos que estamos juntos. Creo que eso tiene que ver con lo que te conté: cuando mis viejos se separaron, la familia se desintegró y nosotros cuatro nos fortalecimos entre nosotros. En general, suele haber un solo desobediente por familia y, como la mayoría de esas familias eran numerosas, los demás quedan del otro lado. En nuestro caso fue distinto: nos sostuvimos mutuamente y eso nos permitió caminar este camino acompañados.
Entre los genocidas argentinos hubo un pacto de silencio, ¿como reaccionó tu padre ante las evidencias de la represión, ante los juicios a los militares?
Él decía que eso no era justicia, que era una venganza de los kirchneristas. En una ocasión estaban juzgando a un amigo suyo; justo hablamos y me dijo que seguramente lo condenarían porque “no es justicia”. Cuando finalmente lo absolvieron en ese juicio, lo llamé y le dije: “¿Viste que hay justicia?”. Ese mismo amigo, con el tiempo, tuvo varios juicios más y terminó recibiendo múltiples condenas a prisión perpetua.
Cuando ves el ascenso de gobiernos negacionistas o revisionistas con la memoria, como el de Milei, pero también como otros que han surgido por toda América y Europa, ¿crees que es necesario llevar este tema a los centros de enseñanza, para que no se repita la historia?
Seguro. Los chicos no vivieron lo que pasó. Es fundamental que conozcan la historia real, no una versión edulcorada o incompleta. En Argentina, por ley, cada 24 de marzo (día en que comenzó la dictadura) las escuelas deben trabajar el tema de manera obligatoria.
A nosotros nos llaman de escuelas primarias y secundarias, de profesorados y de universidades, y tratamos de no perdernos ninguna charla porque creemos que es muy importante transmitir nuestra experiencia.
Hoy en Argentina, mientras se desmantelan políticas públicas, se desfinancian las universidades, los programas para jubilados y personas con discapacidad, los hospitales pediátricos y tantas otras áreas que no interesan al poder económico, hay manifestaciones casi todos los días. Muchas de ellas son reprimidas con violencia. Nosotros les hemos escrito a quienes reprimen para contarles nuestra experiencia, para que sepan a qué se van a enfrentar cuando sus propios hijos se enteren de lo que hacen.
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