Viceversa “o” lo contrario: ¿Vivir para trabajar?

Por Christian Orozco

“A la entrada de Auschwitz, el campo nazi de exterminio, un gran cartel decía: El trabajo libera. Más de medio siglo después, el funcionario o el obrero que tiene trabajo debe agradecer el favor que alguna empresa le hace permitiéndole romperse el alma día tras día, carne de rutina, en la oficina o en la fábrica. Encontrar trabajo, o conservarlo, aunque sea sin vacaciones, ni jubilaciones, ni nada, y aunque sea a cambio de un salario de mierda, se celebra como si fuera milagro. “

Eduardo Galeano1

¿Quién podrá dudar ya que los chacales que nos gobiernan están ávidos de sangre trabajadora? Pero los trabajadores no son un rebaño de carneros. ¡Al terror blanco respondamos con el terror rojo! Es preferible la muerte que la miseria… ¡Secad vuestras lágrimas, los que sufrís! ¡Tened coraje, esclavos! ¡Levantaos! 

Adolf Fischer 2

Un día como hoy, hace ciento treinta y dos años daba inicio una gran huelga general en 1886 en Estados Unidos, cuyo reclamo fundamental, por parte del movimiento obrero, era la reducción de la jornada laboral a ocho horas, la triada reclamada era: “ocho horas de trabajo, ocho horas de ocio y ocho horas de descanso”, en una época en la que lo “normal” era trabajar de catorce a dieciocho horas, y malvivir somnoliento el resto del día. Fruto de esta histórica huelga, un puñado de obreros y la humanidad entera conquistó este derecho que hoy en día hemos normalizado en la mayoría de países −aunque en la práctica se viole sistemáticamente−, sin embargo, el precio que pagaron fue muy alto: represión burguesa, obreros heridos y muertos, prisión y pena capital para los sindicalistas anarquistas. Sí, esos eran los siempre recordados Mártires de Chicago.

No es extraño esperar, del lado de la clase capitalista internacional, que las luchas históricas de la clase trabajadora, con el paso del tiempo, se vayan –muchas veces− transfigurando en historias desdibujadas, relatos olvidados, fotografías intermitentes y anécdotas fugaces. En esta línea, el comprometido periodista argentino Rodolfo Walsh nos advertía:

“Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes y mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia parece así como la propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas.”

Así pues, en esta incesante búsqueda hacia el encuentro con nuestra condición de dignidad los escenarios y los guiones pueden tomar muchas sonoridades y formas diversas, desde aquellas que pasan por un carácter y una concepción individual hasta las que se encuentra construidas sobre una plataforma plural. Sin embargo, no podemos desconocer que si, por esa condición “azarosa”, naciste empobrecido (no pobre), lejos de los medios que sirven para producir riqueza, distante de una herencia suficientemente posible para amasar un porvenir más seguro o haz permanecido exiliado de las herramientas y medios para trabajar por cuenta propia; es casi inevitable que nos encontremos mucho más expuestos a humillaciones que, consciente o inconscientemente, las hemos naturalizado. Sino ¿dónde queda el sentido filosófico de dar siempre las “gracias” de un solo lado cada vez que el patrón nos entrega nuestro salario?, ¿en qué lugar reposa la sensibilidad de los trabajadores que deben fingir una sonrisa a cambio de su quincena?, ¿desde cuándo es aceptado el sometimiento de los trabajadores por la presión del miedo al despido?, ¿dónde queda reconocido el sentido del trabajo de los cuidados (mayormente realizado por mujeres) cuando el mercado lo transparenta?, ¿dónde permanece el sentido de sensibilidad/responsabilidad como consumidores (y también como trabajadores) frente al eslogan “tu pizza en 20 minutos o gratis” cuando los moto-repartidores y cocineros sufren la presión inmisericorde del tiempo que, a la postre, eleva los accidentes laborales?, ¿en qué lugar supervive la idea del “hombre hecho a sí mismo” cuando según cálculos de varios economistas se espera que para 2030 la clase trabajadora sea excluida patrimonialmente de la riqueza mundial producida pues las grandes fortunas serán heredadas (no trabajadas como se esperaría)? salvo que, por supuesto, ser legatario sea considerado un tipo de trabajo. En pocas palabras si llegaste al mundo desprovisto de medios y recursos, probablemente costará más la condición (humana) de dignidad. ¡Vaya paradoja!, por cierto ¿cuánto crees que cuesta nacer empobrecido y, además, pobre en dignidad?

No podemos olvidar que, si bien la hidra capitalista vino al mundo chorreando lodo y sangre, su lenta postrimería está siendo nuevamente un retorno a sus cruentos orígenes

Se sostiene que el derecho y su configuración no es más que la voluntad racionalizada de los vencedores, sin embargo, la historia a veces toma veredas diferentes y solo a partir del encuentro con esas anomalías podemos entender la globalidad del mundo del trabajo situando cada conquista como lo que realmente es: una ruptura, una discontinuidad. El establecimiento de los derechos a huelga, sindicación, jornadas laborales de ocho horas, vacaciones, seguridad ocupacional, indemnización por despido, bajas por paternidad y maternidad, y un largo etcétera no aparecen por simple espontaneidad divina o concepciones altruistas o como reconocimiento de importancia del engranaje obrero dentro de la producción; por el contrario nacen de las disputas emancipadoras a sangre y fuego de la clase obrera que recobra, retrocede y remonta nuevamente palmo a palmo su arrebatada y siempre esquiva dignidad. No podemos olvidar que si bien la hidra capitalista vino al mundo chorreando lodo y sangre, su lenta postrimería está siendo nuevamente un retorno a sus cruentos orígenes.

La clase trabajadora fue y es la que, después de todo, peleó por toda esta serie de derechos de los que una sociedad moderna y justa puede enorgullecerse. Pero, contrariamente a lo que se cree, no lo hizo por ser clase obrera como tal, sino únicamente cuando cobró conciencia de ser clase trabajadora. Porque fue la conciencia la que dio las razones, pero sobre todo el coraje para concurrir a huelgas, alborotar las calles, pintar los muros, perder (es decir ganar) jornadas de trabajo, para jugarse el pellejo y puesto o, incluso, ser fusilado. La conciencia de la clase trabajadora, además, llevó a permear o construir los partidos políticos que sintonizaron estas querencias. Así los logros sociales de los trabajadores fueron disputados gota a gota en las esferas de la lucha social y el derecho al sufragio.

No obstante, y aunque parezca inverosímil para quienes gestaron estas victorias, salvando los diferentes matices de tiempo y lugar según cada caso, los espacios conquistados por la clase trabajadora (o lo que es lo mismo, perdidos por la clase capitalista) regresan a las mismas fragilidades iniciales. Así parece, pues, en nuestros días que lo cotidiano es que la izquierda se sitúe cada vez más al centro y la derecha cada vez más a la derecha. ¿Seremos capaces de salir de este bucle o idear nuevas opciones políticas? ¿Seremos capaces de revertir ese “vivir para trabajar”?

La historia se rompe, nace y se reinventa. Quizás convendría continuar, como hace mucho tiempo, un ejemplo de humanidad −como tantos otros− que se nos regaló cuando un puñado de hombres: Parsons, Spies y Fischer (periodistas), Engel y Swabb (tipógrafos), Linng (carpintero), Fielden (obrero textil) y Neebe (vendedor), decidió apretar los dientes para defender a quienes hoy somos. Por cierto, si creíamos que este corto artículo podía generar más respuestas, nos equivocamos nuevamente. Necesitamos, creemos, más preguntas y más compromiso.

1Galeano, E. (1998). Patas Arriba: La Escuela del Mundo al Revés, Siglo XX.

2El periodista Adolf Fischer, redactor del Arbeiter Zeitung, tras la masacre perpetrada por la policía el día 3 de mayo contra los huelguistas, corrió a su periódico donde redactó una proclama (que luego se utilizaría como principal prueba acusatoria en el juicio que le llevó a la horca) imprimiendo 25 000 octavillas. Éste es un fragmento de dicho texto. Por cierto, si creíamos que este corto artículo podía generar más respuestas, nos equivocamos nuevamente. Necesitamos, creemos, más preguntas y más compromiso.

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