Vernon Subutex, una generación abierta en canal

Subutex, se debate en un naufragio, mientras evoca con melancolía los tiempos en los que la música no dejaba de sonar, haciendo constantes maniobras de supervivencia, entre las casas de aquellos que supieron adaptarse a los tiempos y se convirtieron en buenos burgueses.

Por Angelo Nero

Mi primer contacto con el universo de Virgine Despentes fue tan demoledor como una resaca de tequila, con la lectura de “Baise-moi”, a mediados de los noventa, traducido aquí con el explícito título de “Fóllame”, y de su segundo libro “Les Chiennes savantes”, dos años después, y aún que ya previamente me hubiera sumergido en el “dirty realism” de Charles Bukowski, Raymond Carver o del cubano Pedro Juan Gutiérrez, que parecían ser las fuentes de las que bebía, la prosa afilada y sucia de Despentes, me hirió como un cuchillo oxidado en un callejón oscuro. Con la adaptación cinematográfica de su primera novela, dirigida por ella misma, en el año 2000, se escribió largo y tendido sobre la vida de Virgine Despentes, que parecía haber sido guionizada por uno de los arriba mencionados: internada en un psiquiátrico a los quince, a los diecisiete trabajó en una tienda de discos y en un peep-show, fue cantante de rap y prostituta, sufrió una violación múltiple –narrada con todo detalle en “Baise-moi” y también de forma muy explícita en el film-, y acabó convirtiéndose en una de las escritoras más leídas de Francia.

Después de la exitosa publicación de su “Teoría King Kong”, en 2006, que despertó un enconado debate, con argumentos en contra y a favor, de su critica a la idea del feminismo como “reordenamiento de consignas de marketing”, en 2016 comenzó una trilogía “Vernon Subutex”, un ambicioso proyecto en el que retrataría toda una geografía humana, desde las glamurosas fiestas del festival de cine de Cannes, hasta el mundo del rock alternativo de los noventa en Francia, sin ahorrarse unas vueltas por las noches parisinas bajo los puentes donde se refugian los desheredados de la tierra, o por los pisos de la Avenue Montaigne, donde habitan los más ricos.

SAunque no sea una serie de rock, “Vernon Subutex” tiene su esqueleto formado por un puñado de himnos generacionales, de esa banda sonora que atrapó a una juventud sin un horizonte claro, en los tiempos en los que las ideologías parecían diluirse y la música era una salida a un presente se antojaba bastante predecible, como dicen al comienzo de la serie: “Recuerdo que entrabamos en el Revolver como en una catedral. Era una nave espacial, esa cosa. No recuerdo, entre los 16 y los 23 años, haber visto un programa en la televisión. No teníamos tiempo, escuchábamos música.” Ese tiempo feliz, persigue contantemente a su protagonista, con flash back hacia la época en la que reinaba en su tienda de discos, como un guía espiritual de esa religión, el rock, que tiene un elenco de dioses tan variado –grandes y menores- como la propia bso de la serie: Low, Suicide, Mudhoney, Janis Joplin, Karen Dalton, The Jesus and Mary Chain, Sonic Youth, Ramones, New Order, Spacemen 3, Les Thugs, Poni Hoax, Cigarettes After Sex…

Con una crítica ácida a la sociedad liberal que cercenó toda ilusión de un sueño compartido, y nos convirtió en consumidores compulsivos -¿quién recuerda quedar con unos amigos para escuchar el último disco que compramos?-, Virgine Despentes vivió en su piel, a principios de los noventa, una visión comunitaria del rock, en círculos alternativos al mainstream, y habla a través de su protagonista, Vernon Subutex de aquel paraíso perdido. “La última gran aventura de nuestra civilización”, llega a afirmar que era para Vernon y los suyos aquella explosión de sonidos, al margen de los grandes festivales, donde el rock es solo un producto más.

Y como el despertar de un mal sueño, ha pasado una década, y luego otra, y Vernon es desahuciado, como su mismo estilo de vida, y obligado a vagar por las calles de París, hasta que busca refugio en la casa de un amigo, un cantante de éxito, que vendió su corazón al diablo por la fama, y se encuentra al borde del abismo. Ese abismo al que empujará, inconscientemente, a Vernon, dejándole su legado en tres cintas grabadas, tras las que se desata una delirante cacería que involucrará a una galería de personajes como La Hyène, contratada por un productor, Laurent Dopalet, que teme que las cintas salgan a la luz, una mujer sin demasiados escrúpulos que, en el camino, también conoce el amor.

Romain Duris, el actor que da vida a Subutex, se debate en un naufragio, mientras evoca con melancolía los tiempos en los que la música no dejaba de sonar, haciendo constantes maniobras de supervivencia, entre las casas de aquellos que supieron adaptarse a los tiempos y se convirtieron en buenos burgueses. En la caída a los infiernos de este viejo rockero al que le ha abandonado la suerte, se va encontrando con el fantasma de Vodka Satana, una pornostar muerta por sobredosis, su hija Aisha, fundamentalista islámica, un bróker cocainómano, Xavier, un guionista aburguesado y mediocre… a todos da voz Despentes para que muestren sus miserias, sus miedos, su rabia.

Pero el verdadero protagonista de “Vernon Subutex” es la nostalgia. La nostalgia que expresa en frases como esta: “hoy en día me cruzo con personas que, a los veinte años, aprendían la competitividad en la escuela o el marketing en la empresa, y que quieren hacerme creer que hemos vivido la misma juventud. Pero olvídalo, tío, olvídalo. Mi aristocracia es mi biografía. Me quitaron todo lo que tenía, pero conocí un mundo que nos creamos a nuestra medida, en el que no me levantaba por la mañana diciéndome voy a seguir obedeciendo”.

A veces no está mal escuchar las canciones que escuchábamos entonces, poner un disco de principio a fin, con la mente perdida en los recuerdos de lo que sentíamos entonces, o dejarnos llevar por la banda sonora de que lleva siempre Vernon en su cabeza. Y, después de ver la serie, o mejor antes, abrir por cualquier página los libros de Despentes, para encontrar perlas como esta: “Los tíos como él nunca se comportan como esclavos. Él se mantiene en pie pase lo que pase – ates palmarla que arrodillarse. El que se deja dominar merece que lo dominen. Es la guerra. Él es un mercenario. No te echas a llorar cuando caes en el frente. Estas ahí para luchar.”

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