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En Miraflores, la retórica soberanista y antiimperialista ha sido guardada en un cajón, reemplazada por un enfoque tecnocrático que los hermanos Rodríguez justifican como necesario para ‘salvar al pueblo venezolano’.
Por Gabriela Rojas | 9/03/2026
En un mundo donde las narrativas oficiales a menudo ocultan realidades dolorosas, la verdad emerge como una fuerza disruptiva, capaz de desafiar estructuras de poder y revelar las fisuras en ideologías supuestamente inquebrantables. Como bien dijo Antonio Gramsci, la verdad es revolucionaria, incluso cuando nos resulta incómoda. Nos obliga a confrontar no solo los hechos, sino también las contradicciones internas que erosionan movimientos históricos. Hoy, en Venezuela, esta máxima se hace evidente en un panorama que, aunque se intente justificar de mil maneras, no puede eludir un hecho objetivo: ha habido una intervención armada por parte de Estados Unidos, el secuestro del presidente Nicolás Maduro y una serie de medidas adoptadas por el gobierno interino de Delcy Rodríguez bajo evidente chantaje. Esto no es mera especulación; es una cesión progresiva, una claudicación que redefine el chavismo y su legado.
Desde el ataque estadounidense del 3 de enero, que culminó con el secuestro de Maduro, el escenario político venezolano ha mutado drásticamente. Durante la agresión militar, las fuerzas estadounidenses llevaron a cabo bombardeos y una incursión que resultó en decenas de asesinatos. Maduro, ahora encerrado en una prisión de Nueva York, enfrenta un juicio farsa. Mientras tanto, Delcy Rodríguez, exvicepresidenta, asumió como presidenta interina, juramentada por el Tribunal Supremo de Justicia, en un movimiento que ha sido respaldado por la administración Trump.
Lo que ha seguido es una serie de concesiones que responden a amenazas directas de asesinato contra Rodríguez y su círculo cercano si no accedían a las demandas de Estados Unidos. Desde entonces, se ha modificado la Ley Orgánica de Hidrocarburos, abriendo el sector petrolero a inversiones privadas estadounidenses y reduciendo regalías e impuestos para atraer capital extranjero. Esta reforma, aprobada el 29 de enero, representa un giro radical del modelo chavista, priorizando la entrada de capital privado sobre el control estatal. Paralelamente, se promulgó una Ley de Amnistía que ha liberado a cientos de presos, incluyendo participantes en disturbios y protestas callejeras desde 1999 hasta la actualidad. Hasta febrero, más de 3.200 personas han sido liberadas en lo que el gobierno interino califica como un gesto para «aliviar tensiones políticas».
Estas acciones han sido coronadas por la normalización de relaciones diplomáticas con Estados Unidos, culminando en el reconocimiento oficial de Trump al gobierno de Rodríguez. El presidente estadounidense ha elogiado públicamente a la líder interina, calificándola de «persona fantástica» y destacando la «buena relación» entre ambos países, mientras anuncia visitas y acuerdos energéticos. Todo esto ocurre con Maduro secuestrado, un hecho que ha generado protestas internas y externas, pero que no ha detenido el avance de estas reformas.
Más que cuestionable es el rol de figuras clave en este proceso. Nicolás Maduro Guerra, hijo del expresidente, ha aplaudido estas decisiones, posicionándose como un defensor de la «estabilidad» en un momento de crisis. Diosdado Cabello, otrora héroe del golpe de Estado contra Chávez en 1992 y símbolo de la resistencia antiimperialista, hoy parece tragarse sus palabras, aceptando medidas que contradicen el ethos revolucionario que defendió por décadas. En Miraflores, la retórica soberanista y antiimperialista ha sido guardada en un cajón, reemplazada por un enfoque tecnocrático que los hermanos Rodríguez –Delcy y Jorge, presidente de la Asamblea Nacional– justifican como necesario para «salvar al pueblo venezolano».
Sin embargo, la realidad es inescapable: esto representa una voladura controlada del chavismo. Lo que se presenta como pragmatismo es, en esencia, una rendición ante el poderío estadounidense, motivada por el miedo y la coerción. La historia no perdona; siempre sitúa a cada cual en el sitio que le corresponde. Aquellos que hoy capitulan ante el imperio podrían mañana ser recordados como los artífices de una traición al legado de Hugo Chávez. La verdad, incómoda como es, nos obliga a reconocer que la revolución bolivariana, en su forma actual, ha cedido terreno, y que el futuro de Venezuela se dibuja ahora bajo la influencia directa de Washington. Solo asumiendo esta realidad podremos, quizás, reconstruir un camino auténticamente soberano.
Creo que este análisis non comprende ben a superioridade militar do hexemon, a coxuntura global e que o mundo multipolar (e as potencias emerxentes) inda non está consolidado para impedir que EEUU invada aos países débiles ou os someta a chantaxe. Hai que ser realistas tamen coas correlacións de forzas internas, rexionais, continentais e globais.
Ningún pobo elixe ir a guerra, os pobos van a guerra cando son agredidos, como Gaza ou Iran, porque todos sabemos que a guerra custa millóns de mortos e a destrucción de industrias e infraestructura que tarde décadas en recuperarse.
La aconsello a Gabriela que lea este artigo do investigador estadounidense Manolo de los Santoss
https://www.revistadefrente.cl/retirada-tactica-el-porque-la-revolucion-bolivariana-sigue-en-pie-por-manolo-de-los-santos/