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No existe consumo inocente bajo este sistema. La carne tiene un impacto devastador, pero también lo tienen el aguacate, la quinoa o la soja exportada.
Por Isabel Ginés | 31/08/2025
Defender el veganismo no significa creerse puro ni imponerlo como requisito para ser de izquierdas. Significa, en primer lugar, rechazar el consumo de carne porque está ligado a sufrimiento animal, destrucción ambiental y explotación laboral. Negarlo sería cerrar los ojos.
Pero de ahí a reducir toda la coherencia política al plato hay un trecho. La lucha por la justicia social no se gana solo en la cocina. Se construye en la calle, en los movimientos sociales, en la defensa de derechos y en la organización colectiva.
No existe consumo inocente bajo este sistema. La carne tiene un impacto devastador, pero también lo tienen el aguacate, la quinoa o la soja exportada. Señalar solo un producto y callar sobre el resto es una forma de moral selectiva. El veganismo no elimina las contradicciones, pero sí busca reducirlas en un terreno evidente: el de la explotación animal.
Defender el veganismo no es elitista. Lo elitista es ignorar que no todo el mundo puede acceder a una dieta 100% elegida. Hay barrios sin alternativas, salarios que no permiten comprar “eco” y condiciones materiales que marcan qué se come. Por eso, el veganismo no puede imponerse como vara de medir ideológica, pero tampoco debe negarse su importancia en la lucha por un mundo más justo.
Decir que “el 85% de la soja va al ganado” no exculpa nada: al contrario, demuestra la insostenibilidad del modelo agroindustrial en su conjunto. Tanto la carne como muchos productos “veganos” están atravesados por el mismo problema: un sistema de monocultivos, exportaciones masivas y explotación de trabajadores y territorios.
Defender el veganismo no es hablar de pureza ni de superioridad moral. Es una postura ética frente al consumo de carne y sus consecuencias. Pero la coherencia política real va más allá del plato: se mide en la capacidad de luchar contra la desigualdad, defender derechos y transformar el sistema que explota tanto a animales como a personas y ecosistemas.
El veganismo es una herramienta, no un fin absoluto. Una opción ética necesaria, pero dentro de una lucha política mucho más amplia.
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