Una vida entre golpes y excusas

El testimonio de esta mujer no es una excepción. Es una voz entre millones que siguen calladas, convencidas de que no merecen más. Pero merecen todo.

Por Isabel Ginés | 13/05/2025

Todavía hoy, en pleno siglo XXI, miles de mujeres siguen atrapadas en relaciones donde el amor fue la excusa inicial y la violencia, la rutina cotidiana. Mujeres sin recursos propios, sin redes de apoyo, muchas veces relegadas al hogar por imposición o por costumbre. Mujeres que, al no tener un empleo, estudios o independencia económica, terminan sintiéndose culpables por ser víctimas. Porque eso también lo provoca el maltrato: no solo duele el golpe, también duele el mensaje persistente de “no vales nada”, repetido en palabras, en silencios, en gestos, en la mirada. Este artículo recoge el testimonio de una mujer que podría ser cualquiera: una vecina, una madre, una amiga, una trabajadora anónima. Porque los monstruos muchas veces no gritan. Muchas veces sonríen.

Se conocieron en una verbena de su pueblo. Él se acercó, le pidió bailar y no se soltaron en toda la noche. Al día siguiente la buscó para llevarla a misa, luego a un paseo, más tarde al bar del pueblo. Le pidió permiso a su padre con palabras dulces y modales perfectos. Se arrodilló en el granero para pedirle matrimonio, diciéndole que era el amor de su vida. A ella le pareció un sueño. Y lo era, pero no como pensaba.

Se casaron con una celebración sencilla: campo, música, mesas con amigos, la inocencia de quien cree en un futuro compartido. La primera semana de casados la pasaron con su madre, después él se adelantó a la ciudad para buscar trabajo. Cuando todo estuvo preparado, ella lo siguió.

Los primeros meses fueron tranquilos. Ella se dedicaba al hogar: limpiaba, cocinaba, remendaba la ropa, aprendía recetas. Hizo amigas en la iglesia, en el mercado, en el barrio. Pero entonces empezaron los gestos.

Que no podía salir sin avisarle. Que esa falda era demasiado corta, aunque fuera por debajo de la rodilla. Que no mirara a nadie. Que si tardaba más de la cuenta, seguro que se había entretenido con alguno. Que no hablase con el frutero. Un día, tras saludarlo delante del cine, él la abofeteó en casa por “ponerle ojitos a otro”. Le prohibió volver a esa tienda.

Los insultos crecieron: que era fea, que estaba gorda, que parecía una foca, que ni arreglándose valía nada. Le decía que era una inútil por no saber planchar bien una camisa. Que una buena mujer no saluda a hombres. Que ella solo servía para estar en casa. Le comparaba con otras mujeres: “Mira esa cómo se cuida”, “esa sí que sabe estar”.

La humillaba a diario. Probaba la sopa, decía que estaba insípida y tiraba el plato al suelo. Le pegaba con el pan si estaba duro. Un día, por comprarse un vestido con flores que le gustaba, él se lo arrancó, lo cortó con unas tijeras y le dio una paliza con el cinturón. Le dejó la espalda en carne viva, un ojo morado, y le rompió un diente. Desde entonces, solo usaba ropa larga, sin escote, sin color.

Por las noches, cuando ella no quería tener relaciones, él la forzaba. A veces la ataba al cabecero. Otras, la sujetaba con fuerza, sin importarle su llanto. Si tenía la regla, le decía que era una inútil, que no servía ni para eso, y se iba con prostitutas. Se lo decía con brutalidad: “Una que al menos me sirva para algo”. Una vez la tiró por las escaleras porque saludó a un vecino mayor.

Ella pensaba que lo merecía. Que era su culpa. Que no sabía amar como debía. Que no cocinaba bien, que hablaba con quien no debía, que vestía mal. Su autoestima fue disuelta hasta quedar en nada.

Cuando él permitió que trabajara como modista porque hacía falta dinero controlaba todo: la llevaba y la recogía. Si sus compañeras la invitaban a tomar algo, él inventaba un plan para impedirlo. A veces se escondía para espiarla al salir, y si la veía hablar con alguien, la acusaba de tener un amante y le pegaba.

Ni siquiera podía visitar a su familia sin su permiso. Las llamadas estaban cronometradas. Él elegía su ropa, la lista de la compra, el supermercado. Todo.

Aparecía con moratones en los ojos, en la espalda, y decía que se había golpeado.

Las compañeras empezaron a sospechar. Una de ellas se acercó un día y le dijo: “No es normal. Sé lo que pasa. Vente a mi casa. Te va a matar.”

Ella no se fue ese día. Pero tras cada paliza, fue abriendo los ojos. Aunque él luego viniera con flores, o un vestido. Aunque llorara. Nunca cambiaba.

Un día, la dejó en el trabajo, ella volvió a casa, hizo la maleta y huyó. Se refugió en casa de esa compañera. Él la buscó por todas partes. Volvió al pueblo, buscó en la ciudad. Y en uno de esos viajes, tuvo un accidente de coche. Murió.

Ella, al enterarse, no sintió culpa. Sintió libertad. Por fin podía respirar. Dejó el piso lo vendió todo. Se fue a vivir con esa amiga, que más tarde le confesó que también había sido víctima de maltrato.

Con ayuda profesional de la psicóloga empezó a reconstruirse. Aprendió a comprar ropa que le gustara a ella, a cocinar lo que quería, a decidir cuándo salir, a mirarse al espejo sin desprecio.

Pero tras casi 20 años de violaciones, humillaciones y golpes, la recuperación no es fácil. Las heridas visibles cicatrizan, las invisibles tardan más.

No es amor. Es violencia. Y como sociedad, no podemos seguir disfrazándola de “problemas de pareja”, de “carácter fuerte”, de “cosas que pasan”.

El testimonio de esta mujer no es una excepción. Es una voz entre millones que siguen calladas, convencidas de que no merecen más. Pero merecen todo. Merecen respeto, merecen libertad, merecen amor sin miedo.

Contar su historia es un acto de justicia. Escucharla, una obligación. Y creerla, el primer paso para que nunca más una mujer piense que se merece el infierno que le imponen.

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