Ultraderecha, toros y mística fascista de la Muerte 

La plaza de toros es el espacio donde se escenifica una relación asimétrica entre vida y muerte, sublimada bajo códigos del honor, la valentía y el sacrificio
Por Lucio Martínez Pereda  | 14/07/2026
El toreo se inscribe en una tradición cultural donde la muerte deja de ser un hecho biológico para convertirse en un espectáculo ritualizado, estetizado y, en última instancia, politizado. En este sentido, la tauromaquia no puede desligarse de una pedagogía de la violencia que, a lo largo del siglo XX, encontró en el fascismo un marco ideológico particularmente propicio para su asimilación .
La plaza de toros es el espacio donde se escenifica una relación asimétrica entre vida y muerte, sublimada bajo códigos del honor, la valentía y el sacrificio. Esta mal llamada liturgia fue reconfigurada en los años del franquismo como un dispositivo de legitimación , como elemento constitutivo de una narrativa heroica que exaltaba la dominación y la jerarquía. No es casual que el régimen encontrase en el toreo un aliado cultural: en él se citaban los valores de disciplina, exaltación del sacrificio, aceptación de la violencia como forma de orden y virilidad, valores que el fascismo aspiraba a universalizar.
La mística de la muerte -tan presente en la retórica fascista, – encuentra en la tauromaquia su expresión acomodada . El torero encarna una especie de héroe sacrificial que se enfrenta al peligro no para abolirlo, sino para administrarlo, para domesticarlo ante la mirada colectiva. Esta teatralización del riesgo conecta directamente con la estética fascista de la violencia, donde la muerte no es un límite, sino una herramienta de afirmación identitaria. Como en los desfiles militares o en la exaltación del martirio, lo que se celebra no es la vida en sí, sino su subordinación a una Causa Superior: la Patria, La Raza, o Dios.
José María Pemán- el ideólogo franquista de mayor influencia en la opinion pública – en su “ Diálogo del toro andaluz y el salmantino” publicado en El Ruedo en 1944, hace del toro el emblema de España. El toro andaluz, el toro salmantino no son solo variantes regionales, son piezas diferentes de una misma gramática de la unidad nacional. La tauromaquia- sostiene Pemán – es una geografía “totémica” de España. El toro deja de ser un animal y es el símbolo de una nación homogénea: “ el toro español, nada más”.
La relación entre tauromaquia y fascismo ya había sido teorizada por Ernesto Giménez Caballero durante la dictadura de Primo. En “ Los toros, las castañuelas y la Virgen” de 1927 – el principal y más desproporcionado panegirista de Franco- convierte los antiguos repertorios populares taurinos en signos de una España esencial, católica y jerárquica que asoció con el fascismo . En GC la tauromaquia dejó de ser costumbrismo: aparece integrada en una retórica fascista de regeneración nacional: lo taurino como energía primitiva no contaminada que se oponía al liberalismo y al protestantismo del Norte. 
El NO-DO recogió ambos modelos -Peman y Jimenez Caballero- y presentó los Toros como “fiesta nacional”. Los toreros- héroes de la Nueva España- simbolizaban las virtudes del régimen en distintas etapas. En los años 40- reciente la guerra civil y presente el hambre de dura postguerra- Manolete fue convertido por la propaganda en la figura estoica de valor supremo y sacrificio. En la segunda mitad de los años 50- tras la aceptación de la dictadura por parte de la administración norteamericana -Luis Miguel Dominguín fue el torero moderno y sensual, adaptable al gusto cinematógrafo de Hollywood. En la décadas de los Años 60 el Cordobés se convirtió en símbolo del “milagro económico”, el aperturismo y la simpatía. La Televisión publica amplió y popularizó estas imágenes permeabilizandolas en la opinion pública . Manuel Fraga -ministro de Información y Turismo y posterior fundador del Partido Popular- señalaba que la TV bajo su mandato había hecho la fiesta “por primera vez nacional” retransmitiendo corridas en directo y socializándola masivamente.

1 Comment

  1. El artículo confunde la utilización política de la tauromaquia por el franquismo con la esencia de una tradición muy anterior al fascismo. Que el régimen la empleara como propaganda no demuestra que sea intrínsecamente fascista, del mismo modo que tampoco lo son el flamenco o la Semana Santa por haber sido instrumentalizados. Además, omite que numerosos intelectuales republicanos y de izquierdas, como Federico García Lorca, Rafael Alberti, Miguel Hernández, José Bergamín o Pablo Picasso, admiraron y defendieron la tauromaquia. Reducir un fenómeno cultural, artístico y antropológico tan complejo a una simple expresión de autoritarismo constituye una interpretación parcial e ideológicamente sesgada.

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