Txema García: ‘El edadismo es una consecuencia directa de una lógica productivista que mide el valor de las personas por su rendimiento económico’

Entrevistamos al periodista y escritor Txema García, colaborador habitual de NR, a propósito de la publicación de su último libro ‘La República de las últimas voluntades’.

Por Angelo Nero | 14/09/2026

“Un canto de insumisión en la vejez” has definido a tu último artefacto literario “La República de las últimas voluntades”, ¿con esta declaración de principios quieres captar la atención de los que, de alguna forma, fuimos insumisos en algún momento, y de los que o ya están, o ya estamos acercándonos a la jubilación?

Exactamente eso, y sin disimulo. Hay una generación que vivió la insumisión al servicio militar, las huelgas de los ochenta, los movimientos feministas y ecologistas, las ocupaciones, las asambleas hasta las tres de la mañana. Una generación que aprendió que desobedecer podía ser un acto de coherencia política. Y esa misma generación llega ahora a la vejez y descubre que el sistema le pide exactamente lo contrario: que acepte, que se retire, que ceda el paso, que deje de molestar. La pregunta que subyace en toda la novela es si esa capacidad de insumisión caduca con el carnet de jubilado o si, por el contrario, la vejez puede ser el momento en que uno ya no tiene nada que perder y por tanto puede ser más libre que nunca. Yo apuesto por lo segundo. Y creo que quienes vivieron esa experiencia de resistencia en otros momentos de su vida van a reconocerse en estos personajes.

“No es una novela sobre la vejez. Es una novela sobre la vida cuando dejamos de aceptar que otros nos digan cómo debe ser. Y quizá por eso también sea una novela sobre todos nosotros. Porque algún día todos tendremos que hacernos la misma pregunta: ¿qué queremos hacer con el tiempo que todavía nos queda?.” Escribías a modo de presentación de tu República. ¿La clave está en esa pregunta, en saber que queremos hacer, en ese crédito de tiempo que tenemos por delante?

Es la pregunta más honesta que uno puede hacerse, y también la más incómoda, porque obliga a enfrentarse con uno mismo sin los disfraces que la vida activa proporciona. Mientras trabajamos, criamos, militamos o producimos, hay una narrativa que nos sostiene y nos define. Cuando esa narrativa se interrumpe —por jubilación, por enfermedad, por el simple paso del tiempo— uno queda expuesto a sí mismo de una manera que puede ser aterradora o liberadora, según la actitud con que se enfrente. Txerra Martín Basabe, el protagonista, elige la liberación. No porque sea un héroe sino porque ha llegado a un punto en que la alternativa —dejarse gestionar, dejarse administrar, esperar— le resulta simplemente inaceptable. Esa pregunta sobre el tiempo que queda no es una pregunta de vejez. Es una pregunta humana que la vejez simplemente hace más urgente y más visible.

La acción de la novela discurre en un pequeño pueblo cercano a la Reserva de la Biosfera de Urdaibai, que es el escenario central de tu anterior libro, ¿que tiene de especial este lugar, que significa para ti, como para darle ese protagonismo?

Urdaibai es uno de esos territorios que tienen la capacidad de interpelar a quien los habita. No es solo un paisaje hermoso, que lo es. Es un lugar donde la tensión entre la conservación y el desarrollo, entre lo comunitario y lo privado, entre la memoria y el presente, se vive de una manera especialmente intensa. Viví allí temporalmente durante cinco años y aprendí cosas que no encontré en ningún libro ni en ninguna redacción. Aprendí que una comunidad pequeña puede ser extraordinariamente resistente cuando decide serlo. Que el territorio no es un decorado sino un actor. Que hay formas de organización colectiva que las ciudades han olvidado y que en estos valles todavía perviven. Arratzu, el pueblo concreto donde transcurre la novela, me ofreció algo que buscaba sin saber que lo buscaba: la demostración de que otro modo de habitar el mundo es posible. Era inevitable que se convirtiera en el escenario de esta historia.

Uno de los ejes centrales del libro es la crítica al edadismo. ¿Es una forma de protesta contra esa nueva discriminación que el sistema capitalista impone, y que nos señala que si no produces ya no le sirves?

Es exactamente eso, y quería decirlo con esa claridad. El edadismo no es un fenómeno cultural aislado ni un simple prejuicio generacional. Es una consecuencia directa de una lógica productivista que mide el valor de las personas por su rendimiento económico. Cuando dejas de producir, dejas de valer. Cuando dejas de consumir en los términos que el sistema espera, te vuelves invisible o, peor, te conviertes en un problema a gestionar. Lo perverso es que esa lógica ha sido tan interiorizada que muchas veces son los propios mayores quienes la reproducen, quienes se disculpan por existir, quienes aceptan el relato de que ya han vivido su parte y toca retirarse. La novela es un alegato contra esa interiorización. Y es también una denuncia de las instituciones que administran la vejez como si administraran un inventario, sin preguntarle a las personas qué quieren, cómo quieren vivir, qué les importa todavía.

En esta República hay un puñado de personajes que han tenido trayectorias diferentes, pero que se sienten marginadas por su edad, a pesar de seguir siendo muy válidas, ¿estos personajes se basan en personas reales que has conocido y a los que has querido homenajear?

Todos los personajes de ficción son, en alguna medida, destilaciones de personas reales. Nekane, con su bastón y su ironía que no perdona una injusticia, tiene algo de varias mujeres que conocí en Euskal Herria con esa combinación de dureza y ternura que solo da haber luchado mucho tiempo. Karlos, el hombre que conoce los procedimientos como nadie y los usa como herramienta de resistencia, tiene algo del activismo de base que aprendí a respetar profundamente. Maritxu, la mayor del grupo, la que se convierte en el centro del conflicto final, me la imagino cada vez que pienso en las personas que he visto envejecer con una dignidad que el sistema no supo reconocer. Ramón, por ejemplo, alude a un gran hombre, antiguo profesor de Economía y Comunicación mio en la Facultad de Periodismo y militante político recientemente fallecido, que para mi fue una de las mentes más lúcidas de este pequeño país y que supo dar ejemplo de abnegada lucha a lo largo de toda su vida. Con él realicé otro libro a cuatro manos, una experiencia inolvidable. Otro es Stefan, que llegó de Alemania y se vinculó desde joven a las luchas pacifistas y antimilitaristas para defender la desobediencia civil y la resistencia no violenta. Todos ellos no son retratos directos, porque la novela no pretende ser una crónica disfrazada de ficción donde quien conoce los originales pueda identificar a cada persona. Pero sin esas personas reales que observé y quise durante años, estos personajes no tendrían la presencia que tienen.

Las últimas voluntades nos puede sonar a un testamento vital, pero tú creo que le das otro sentido, el de luchar hasta el último aliento, como alguno de tus personajes, ¿no es cierto?

Sí, y el doble sentido del título es completamente deliberado. Cuando uno dice «últimas voluntades» en el sentido jurídico y notarial, habla de lo que quiere que pase después de su muerte. Yo le doy la vuelta: las últimas voluntades son las que uno ejerce mientras todavía está vivo, precisamente cuando ya no le importa el qué dirán, cuando ya no tiene nada que demostrar ni nada que perder. Son las voluntades más libres que existen. Maritxu, que tiene ochenta y cuatro años y un bastón y una voluntad que ningún decreto puede doblar, es la encarnación de eso. No está escribiendo su testamento. Está decidiendo, aquí y ahora, con toda la autoridad que le dan sus años, que no va a ir a ningún sitio que no haya elegido ella. Eso es una voluntad, y es la más última y la más plena de toda la novela.

En la pequeña comunidad que se forma en esta República de las últimas voluntades, surge una pregunta: ¿qué reglas necesitamos para vivir juntos sin volver a reproducir aquello de lo que hemos querido escapar?. ¿Contestar a este planteamiento es la parte más complicada de la novela?

Es la más complicada y también la más honesta. Cualquiera puede escribir una utopía si se permite no poblarla de personas reales con sus contradicciones, sus egos, sus miedos y sus historias no resueltas. Lo difícil es poner a convivir a seres humanos concretos con sus diferencias y sus roces y sostener que aun así el proyecto merece la pena. Los personajes de La República de las Últimas Voluntades no son santos ni héroes. Discuten, se molestan, tienen manías que irritan a los demás, cargan con heridas que a veces proyectan sobre los compañeros. Y, sin embargo, construyen algo juntos. Esa tensión entre la aspiración colectiva y la complejidad individual es el verdadero núcleo de la novela. No hay respuesta fácil a cómo vivir juntos. Pero la pregunta vale la pena hacérsela, y hacérsela en serio, sin catecismos que la simplifiquen.

Otro tema que se toca en tu libro es la memoria, esa que cada uno de nosotros va atesorando a lo largo de los años y de las experiencias, ¿para crear esa nueva comunidad, tus personajes tienen también que resolver algunas cosas que dejaron atrás?

La memoria es uno de los temas más silenciosos de la novela pero también uno de los más persistentes. Cada personaje llega al caserón cargando su historia: una relación rota, un proyecto fracasado, una traición no resuelta, una pérdida que nunca se digirió del todo. Y esa historia no desaparece porque uno decida empezar de nuevo. La comunidad no puede construirse sobre el olvido, porque el olvido es una forma de mentira y las mentiras acaban por cobrar su precio. Lo que sí puede hacerse es encontrar el modo de que el pasado no paralice el presente. Algunos personajes lo consiguen con más elegancia que otros. Txerra, el narrador, es probablemente el que más tardará en hacer las paces con determinadas cosas de su historia. Eso también es parte de la novela: la comunidad como espacio donde uno no solo cuida a los demás sino que, a veces sin buscarlo, se cuida también a sí mismo.

Uno de tus lectores, José Luis Blázquez, escribía esto tras leer tu libro: “Txema no solo nos plantea el problema, sino que nos emplaza a resistir en la “azken lubakia” (“la última trinchera”) y nos ofrece una alternativa más allá de proclamas y consignas dejando claro que hay otro camino, aunque esté, como dice él, fuera de cualquier catecismo ya sea religioso o político. ¿Siempre hay un camino alternativo, también para los que el sistema señala como improductivos pero siguen siendo nicho de negocio?

Lo que José Luis Blázquez identifica con mucha precisión es que la novela no se conforma con la denuncia. La denuncia sola es un gesto político válido pero insuficiente como literatura y como propuesta vital. Lo que el caserón de Arratzu ofrece, y lo que yo quería que ofreciera, es la demostración práctica de que otro modo es posible. No como promesa abstracta sino como ensayo concreto, con sus dificultades y sus contradicciones. Y sí, hay una paradoja que la novela no elude: el sistema que margina a las personas mayores las convierte simultáneamente en objeto de negocio. Las residencias, los seguros de dependencia, el turismo de bienestar para mayores con recursos, el mercado de los medicamentos: todo eso se alimenta de la vejez como problema a resolver mediante el consumo. La alternativa que propone la novela no es de consumo. Es de organización, de comunidad, de autonomía. Y precisamente por eso resulta incómoda para el sistema: porque no le da dinero.

Has optado por autoeditarte este último libro, ¿no le interesan a las editoriales las novelas en la que los protagonistas son personas mayores, o hay algún otro motivo por lo que te decides convertir en autor y editor?

Por varias razones que se superponen. La primera es práctica: los tiempos editoriales son lentos, los circuitos de distribución excluyen sistemáticamente a los autores sin agente ni historial comercial previo, y las editoriales medianas y grandes priorizan géneros y perfiles de autor que esta novela no cumple. Un protagonista de setenta y un años que se rebela contra el sistema no es el producto que el mercado editorial está buscando activamente. La segunda razón es más de fondo: la autoedición me da un control sobre el texto y sobre el proceso que los contratos habituales no permiten. Puedo decidir el ritmo, el formato, el precio, la distribución. Y la tercera, que quizás sea la más importante, es que este libro nació de un compromiso con personas y territorios concretos, y quería que llegara a esas personas de la forma más directa posible, sin intermediarios que no comparten ese compromiso. No lo presento como un modelo universal. Es la decisión que en este momento y con este libro me parece más coherente.

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