Tras las luces de neón

Por Olvido Contento

Según cálculos de la Policía Nacional (año 2017) en España hay unos 1400 prostíbulos, sin contar la prostitución en pisos ni la de calle.

Nos hemos acostumbrado a que formen parte del paisaje de nuestras carreteras, tanto que no nos preguntamos que hay detrás de esos neones. Y lo que es más importante, quienes están detrás, cómo y por qué están. El mito de la libre elección nos ha adormecido tanto que ha conseguido  acallar nuestra conciencia y hacernos cómplices de esta barbarie.

La lectura de “El Proxeneta. Paso Corto. Mala Leche” de Mabel Lozano me ha animado a  compartir mi experiencia como voluntaria de Médicos del Mundo con la intención de visibilizar la realidad de esas mujeres de las que socialmente es mejor no hablar.

Desde hace más de dos años participo en su proyecto de Intervención en Prostitución. Visitamos clubes quincenalmente para dar información sobre ETS y demás temas que pudieran ser de su interés, además de repartir material de salud. La primera vez que pisé un prostíbulo fue bastante impactante, oscuridad, música  muy alta y mujeres expuestas en la barra a la espera.

Cuando empiezas a conocer a esas mujeres te das cuenta de su vulnerabilidad, su desconocimiento de derechos fundamentales y su necesidad de ser escuchadas y tratadas como seres humanos. Pero sobre todo, en muchas de ellas, la enorme tristeza que enmascaran con sonrisas y brillo de labios.

Voy a centrarme en lo que viví en uno de esos dos prostíbulos porque me ha marcado profundamente.

La realidad de esas mujeres dista mucho de la idea extendida de dinero fácil, fiestas continuas y libre elección. Empezaré señalando que todas eran extranjeras con un denominador común: llegan a España con la única idea de conseguir una vida mejor y con la enorme presión de la familia que se queda en su país y a la que tienen la obligación de mantener. Vas descubriendo que la mayoría no tienen documentación, que casi todas son del mismo país, Paraguay. Que no conocen nada más que el club porque nunca han salido de allí (del aeropuerto las han llevado directamente al club). Que desconocen cómo funciona el sistema sanitario, a qué prestaciones sociales tienen derecho y cómo tramitar su permiso de residencia legal en España. Incluso algunas de ellas pertenecen a  la misma familia.

Sus historias de vida muestran mujeres fuertes, con un profundo sentido de la familia y unas ganas terribles de mejorar su vida y optar a un futuro mejor. De ahí sacan la fuerza necesaria para soportar la terrible realidad que viven. Una de las tardes se sentó una de ellas y empezó a hablar como nunca lo había hecho, quería que conociéramos su historia y los motivos que la habían llevado a venir a España. Fue impactante escuchar como perdió su vivienda y todo lo que tenía en una inundación en su país. Al no tener trabajo ni un lugar donde vivir (el pueblo había quedado muy castigado) decidió dejar a su hijo al cuidado de un familiar y probar suerte en España aceptando una oferta que le permitiría en menos de un año ahorrar lo suficiente para volver a su país y reconstruir su casa y la de sus padres. De eso hacía más de cinco años y aún no había reunido el dinero. Según contaba el pago diario por vivir en el club, el extra aparte para la electricidad (si quería tener luz en su habitación), y la ayuda mensual que enviaba a su familia, no le habían permitido cumplir su sueño de reconstruir su casa y poder reencontrarse con los suyos.

Otra de ellas soñaba ingenuamente con que uno de sus “clientes”, al que consideraba amigo y con quien solía quedar fuera del club, la sacara de allí y la hiciese su esposa. Esperaba que sus mentiras y sus declaraciones de amor se hiciesen realidad porque creía que era su única posibilidad para salir de la prostitución y empezar una nueva vida.

Una tercera nos explicaba como una tía que  estaba en el club había sido el enlace que facilitó su entrada en España y su llegada al club directa desde el aeropuerto. Nunca había salido de allí.

Un día llegas al club y ves un cartel que avisa de la fecha en que llevaran ropa y cosméticos para comprar (así no es necesario que salgan). Al siguiente te encuentras con otro cartel que dice “Si traes a una amiga te damos 100€” al lado de un poster de una campaña en contra de la trata. El cerebro se cortocircuita, no entiendes absolutamente nada y en el fondo lo estás entendiendo todo. No ves cadenas pero las hueles. No hay barrotes pero el dueño se pasea de vez en cuando para ver de qué hablamos con ellas. Cuando encajas las piezas te duele el alma y lo más triste es que no entiendes por qué si es tan evidente que pueda haber un delito de trata no se interviene y recae sobre el responsable todo el peso de la Ley.

La realidad de esas mujeres dista mucho de la idea extendida de dinero fácil, fiestas continuas y libre elección.

Desgraciadamente la ley pretende que las mujeres seamos heroínas y denunciemos en situaciones en las que el miedo es tal que paraliza y controla tu voluntad impidiendo cualquier posibilidad de pedir ayuda. Este miedo es el mejor aliado para mantener este suculento negocio. Además de la conveniencia social y política.

Que no nos engañen, la prostitución, que no es sino la compra y dominación del cuerpo de la mujer, es el tercer negocio más lucrativo a nivel mundial y se nutre de mujeres vulnerables y empobrecidas. Ante una demanda cada vez más voraz los prostíbulos necesitan mercancía nueva continuamente. Y ¿de dónde viene esa demanda? De los hijos sanos del patriarcado. Jóvenes, viejos, casados, solteros, divorciados…..no hay un perfil específico. Solo necesitan tener dinero en el bolsillo y ya pueden disponer de cuerpos femeninos  para su disfrute.

Dejemos de poner el foco en las mujeres prostituidas y empecemos de una vez a mirar en la dirección correcta: los puteros. Señores con una vida normalizada que, en sus ratos libres, se dedican a comprar mujeres por horas. Porque sí, porque pueden y porque quieren.

¡SIN DEMANADA NO HAY PROSTITUCIÓN!

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