Tigray: Derecho de autodeterminación o catástrofe humanitaria

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Por Angelo Nero

Etiopía, el estado independiente más antiguo de África, (hay autores que lo consideran el más antiguo del mundo, ya que se le considera heredero del reino de Aksum, existente desde el siglo IV a.C.), también conocido como Abisinia, durante su etapa imperial, que duró 700 años, nunca ha formado parte de un imperio colonial, a excepción de la corta ocupación italiana (1930/1941), lo que no le ha eximido de una convulsa historia. Su época contemporánea, ha estado plagada por revoluciones, golpes de estado, guerras civiles, brutales hambrunas y conflictos fronterizos. Hagamos un pequeño repaso a sus últimos cien años, para entender los orígenes de lo que está pasando ahora mismo.

Durante más de cincuenta años, Etiopía estuvo gobernada por el excéntrico emperador Haile Selassie, inspirador del movimiento rastarafi, ya que, aunque accedió al trono en 1930, ya ejercía de facto el mando del imperio desde 1916. El León de Judá, Rey de Reyes, o Ras Tafari Makonnen (el príncipe que merece respeto), tuvo dos hitos importantes en su largo reinado, además de la invasión italiana que lo llevó al exilio, la incorporación de Eritrea al Imperio, en 1952 (aunque en principio se había federado, fue anexionada en 1961), y la gran sequía de 1970, que provocó una gran hambruna, especialmente en las regiones de Wolo y Tigray, causando un millón de muertos. Eritrea y Tigray serán, a partir de ahora, constantes protagonistas de la historia de Etiopía.

En 1974 Selassie es derrocado por la revolución militar del Dreg, encabezado por el Teniente Coronel Megistu Haile Mariam, que establece una república de corte socialista. Pese a que durante estos años el estado, respaldado por la URSS, conoce grandes avances, sufre también varias convulsiones internas y externas. Se intensifica la lucha de liberación nacional de Eritrea, y, en 1978, el país es invadido por la Somalia de Mohamed Siad Barre, apoyado por EEUU, dando lugar a la guerra de Ogadén, en la que sale victorioso el ejército etíope, con una importante ayuda del contingente militar cubano.

En 1991, después de una larga civil, iniciada prácticamente en con el derrocamiento de Haile Selassie, toman el poder dos organizaciones armadas: el Frente Popular de Liberación de Eritrea (EPLF), que gobernará de facto Eritrea hasta su independencia efectiva, dos años después, y el Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope (EPRDF), una organización guerrillera marxista-leninista, muy influencia entonces por el Partido del Trabajo de Albania, que se había fundado en 1988, y que, a partir de entonces, gobernará el resto del país. El EPRDF era en realidad una coalición multiétnica, formada por organizaciones amharas, oromos y tigrays, presidida por Meles Zenawi, cofundador en 1974, de su principal integrante, el Frente de Liberación de la Gente de Tigray (TPLF), que en su creación abogaba por la creación de una república socialista en Tigray, y que había aunado fuerzas con otros grupos étnicos y con los eritreos para derribar al régimen de Selassie, aprovechando la debilidad de su principal aliado, la URSS, en pleno proceso de descomposición.

Meles Zenawi se convirtió en el jefe del estado etíope (posteriormente fue primer ministro), y ya no abandonó el poder hasta su muerte, pero pronto tuvo que lidiar con varios conflictos, después de una larga guerra civil que había dejado medio millón de muertos y un país devastado. A pesar de la voluntad integradora del nuevo gobierno, el Frente de Liberación de Oromo (FLO) se alzó en armas, a la vez que el gobierno favorecía el referéndum de autodeterminación en Eritrea, y el EPRDF llega a acuerdos con el FMI y el Banco Mundial, lo que le obliga a hacer cambios en su política económica que, en la práctica, significan el abandono del marxismo.

En 19988 comienza una guerra contra sus antiguos aliados de Eritrea, con los que mantenían conflictos fronterizos no resueltos, causando una gran crisis humanitaria y un terrible endeudamiento de los dos países, debido al esfuerzo bélico. Eritrea utilizó como aliado contra el gobierno de Meles Zenawi al FLO, y Etiopía hizo mismo con la guerrilla islámica de Sudán.

Todos estos antecedentes son necesarios para comprender la situación tan complicada en la que queda Etiopía con la desaparición de Meles Zenawi, en 2012, con la llegada al poder de Abiy Ahmed, un antiguo oficial de la inteligencia militar, de la etnia oromo, la más numerosa del país, que, en 2019, disuelve el EPRDF, y crea el Partido de la Prosperidad, también multiétnico, con presencia de los pueblos oromo, amhara, afar y harari, pero sin la presencia del hasta ahora dominante, tigray. Abiy emprende un ambicioso plan de reformas económicas y relega de los órganos de direción y de seguridad del país a los tigray, tomando también la iniciativa decisiva para resolver el conflicto con Eritrea con su homólogo Isaias Afwerki, con el que parece tener muy buena sintonía desde entonces. Por la resolución de este conflicto recibe el premio Nobel de la paz en 2019.

Se estaba incubando un nuevo drama en el que las víctimas serían, aunque no solo ellos, los miembros del pueblo Tigray. Mientras el mundo estaba inmerso en la lucha contra la pandemia, asistiendo al espectáculo de las elecciones americanas, e ignorando otro de los conflictos territoriales enquistados en el tiempo, el de Nagorno Karabakh, donde se cernía la amenaza de un nuevo genocidio a manos de los turcos y azerís, estallaba otra vez el conflicto étnico en Etiopía.

A principios de noviembre son asesinados un centenar de amharas, después de saquear y quemar sus propiedades, y robar su ganado, una acción atribuida al Ejército de Liberación de Oromo (OLA), escisión del Frente de Liberación de Oromo (FLO), legalizado por el primer ministro Abiy Ahmed, en su intento de pacificación del país. Este ataque forma parte de su fracaso, e inicia una espiral de violencia en todo el país con masacres, secuestros y robos, que han deteriorado las pobres condiciones de vida de gran parte de los más de cien millones de habitantes, azotados por inundaciones históricas que han motivado el desplazamiento de comunidades enteras, plagas de langostas bíblicas que han asolado grandes zonas de cultivo, a lo que hay que sumar la irrupción del Covid-19, que ha terminado por desbordar al estado.

En este convulso escenario, en septiembre se desarrollaron elecciones al parlamento de Tigray, calificadas como inconstitucionales por el Adís Abeba, y a principios de noviembre el gobierno central ordena el despliegue de tropas en la región rebelde, declarando el Estado de Emergencia por seis meses con la excusa de que “las actividades ilegales y violentas están amenazando la soberanía del país.” Se cortan las líneas telefónicas y el acceso a Internet, se cierra el espacio aéreo de Tigray, y el parlamento etíope aprueba un plan para destituir al gobierno regional, al que acusa de rebelión. Debretsion Gebremichael, presidente del FLPT y del gobierno de Tigray, afirma que “el gobierno, con el despliegue de tropas en Tigray, pretende intimar a su población y someterla por la fuerza”, a la vez que culpa a Adis Abeba y a Asmara de incitar el conflicto, invocando incluso la constitución federal que permite “el derecho de autodeterminación incondicional, incluyendo la secesión.”

También hay quien apunta a que los servicios secretos egipcios puedan estar influenciando y financiando a los rebeldes, por la disputa con la construcción, ya finalizada, de la Gran Presa del Renacimiento en Etiopía, que amenaza seriamente el curso del Nilo, y comprometa la frágil economía del país gobernado por el General Al-Sisi. Pese a la desproporción de medios –hay que recordar que el ejército etíope es uno de los mejor entrenados del continente, con 140.00 efectivos, fogueados en la guerra con Eritrea, en numerosas misiones de paz de las Naciones Unidas y de la Unión Africana, y en el combate al grupo yihadista somalí Al-Shabbab, vinculado a Al-Qaeda- el gobierno de Tigray aseguró que el Comando Norte se había pasado a sus filas.

El día 13 de noviembre comenzaron los bombardeos sobre Mekele, la capital rebelde, y el TPLF respondió con el lanzamiento de cohetes sobre los aeropuertos de Gondar y Bahir Dar, en la región de Amhara, y al día siguiente sobre Asmara, la capital eritrea, denunciando la participación de fuerzas regulares de este país en una ofensiva terrestre.

A pesar de que los cinco millones de trigrays sólo son el 5% del total de habitantes de Etiopía, en su región suponen el 96%, por lo que el apoyo al TPLF es mayoritario. De todos modos son ya entre 25.000 y 40.000 los desplazados a Sudán desde el comienzo de las hostilidades, aunque de continuar los ataques se prevé que puedan subir hasta los 200.000. Esto amenaza con provocar una nueva crisis humanitaria en una zona ya muy conflictiva, con la inestabilidad en Sudán del Sur, la guerra contra la expansión del yihadismo y el interminable conflicto del Yemen. Amnistía Internacional ha denunciado matanzas realizadas por el TPLF en Mai Kadra, mientras el gobierno rebelde denuncia los bombardeos indiscriminados contra Mekele, Shire y Axum, que el primer ministro etíope asegura haber liberado, después de intensos combates. Especialmente delicada es también la situación de los refugiados eritreos, casi 100.000, repartidos en varios campos dentro de Tigray.

Mientras la Unidad Africana aboga por una solución dialogada y pacífica, a la vez que expresa su firme compromiso con la soberanía nacional etíope, esto es, con su integridad territorial. La Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet, alerta: “existe un riesgo de que esta situación se descontrole totalmente, llevando un número de víctimas elevado y de destrucción, así como un desplazamiento masivo dentro de Etiopía y al otro lado de sus fronteras.

En un corto espacio de tiempo nos enfrentamos a un puñado de conflictos territoriales y étnicos, Artsahk, Sahara y Tigray, a los que la comunidad internacional no había prestado, ni se espera que lo haga, más allá de declaraciones de buenas intenciones, demasiada atención, conflictos olvidados en los que sigue pesando más la geopolítica oculta, los intereses económicos y estratégicos, que la población de esos lugares, a los que luego compadecemos cuando vemos las largas marchas de los refugiados, escapando de las bombas y de la miseria que siempre la guerra. En estos tres casos, el ejercicio del derecho de autodeterminación, aunque tal vez el caso de Tigray sea más complejo, es parte de la solución al conflicto, y no veo porque la comunidad internacional (o si lo veo, pero daría para otro artículo), no tiene demasiados problemas para reconocer ese derecho en el caso de Kosovo, Montenegro o Sudan del Sur, y en otros, como los que nos ocupa, prefiere enfrentarse a una nueva catástrofe humanitaria, otra de las muchas a las que, por desgracia, nos tienen inmunizado los telediarios.


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1 Comment

  1. Brillante y bien documentado artículo, aún contando una historia que parece la repetición una y otra vez de lo mismo. Siempre la misma historia, siempre los mismos implicados y siempre cayendo en el olvido. Contextualizar la historia de un país cargado de conflictos es muy complicado, pero leyendo artículos como éste ayuda a ubicarse.

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