“Teratogénesis o fabricación del monstruo”

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Por Juan Pablo Vidal Brausen

Produce satisfacción reseñar libros valientes como este que nos ocupa, De donde vienen los bárbaros, publicado por una editorial de líneas claras (Cuadernos de Contrahistoria), una asociación de memoria histórica local (La Casa negra) y la delegación de la Fundación Anselmo Lorenzo en Aranjuez. En primer lugar, es encomiable la propia naturaleza de proyectos de colaboración, que tejen redes culturales en espacios circunscritos con resultados tan contundentes como este libro. Cuadernos de Contrahistoria ya nos había descubierto títulos muy interesantes (Un monstruo indestructible. Policía y orden público en el estado español (s. XIX-XX), de Nuño Negro, en 2018); o redescubierto otros (Llevaban un mundo nuevo en sus corazones. Colectividades libertarias en Castilla, de J.L. Gutiérrrez Molina, en este mismo 2020, con Calúmnia Edicions). 

Ahora se pone a disposición del lector un ensayo de combate cuyo poético título (referencia inmediata al poema de Cavafis) se concreta en un subtítulo contundente:Memoria histórica y reproducción ideológica del consentimiento político actual. Y de eso trata, de cómo la clase dominante se sirve de la manipulación para reproducir su ideología transmitiendo al conjunto de la sociedad el mensaje de que es un sistema social justo, equilibrado y democrático, aunque la realidad sea otra. El autor se ciñe en estas páginas al período más reciente de la historia de España –desde la muerte de Franco en adelante–, sin embargo sus conclusiones adquieren el valor de aseveraciones universales.

El libro afronta el tema de la memoria histórica inmediata, del presente, marcando desde el primer momento la frontera entre memoria e historia y rastreando pacientemente el proceso de construcción cultural de la memoria oficial a lo largo de nueve capítulos que seleccionan las claves principales: el encaje de la memoria histórica en la historiografía, la equidistancia y la disolución de los referentes ideológicos como procedimiento, la tecnocracia convertida en religión y doctrina, la confusión entre consenso y consentimiento o la invención de un adversario ficticio versátil y proteico.

Al texto principal le preceden una introducción filológica y un prólogo provocador, en el que el autor, Curro Rodríguez, el editor, pasea, guiado por su criterio personal, por los temas que plantea el volumen, abriendo perspectivas estimulantes y muy sugerentes en la relación entre las principales prácticas fascistas actuales y los fascismos históricos. 

La valentía de la propuesta consiste en hacer evidente un principio básico de la filosofía de la historia: que el antónimo de la objetividad no es la subjetividad, sino la arbitrariedad; que la subjetividad es el principio necesario e inevitable de la práctica histórica que busca la ecuanimidad. Sánchez-Arévalo es un honesto ejemplo de ello. Y también es valiente su forma de afrontar la revisión del fascismo, convertido en una de las antesalas del totalitarismo gracias a la  asepsia de la equidistancia.

La herramienta esgrimida página a página, párrafo a párrafo, línea a línea, es la fuerza aplastante del argumento compuesto por discursos ajenos que van armando y confeccionando, paciente y laboriosamente, el del autor. Este se limita, al menos en la superficie del texto, a proporcionar enlaces naturales entre los hechos o las declaraciones que ofrece desnudos al lector para que este se enfrente a ellos. En cierto modo, se entronca así con la historiografía antigua, elaborada de forma artesanal, con afición y esmero e, incluso, con devoción, rastreando los datos.

La lectura del texto demuestra que la densidad puede ser una virtud no reñida con la claridad, sino el reflejo de la minuciosidad y complejidad del proceso de elaboración y de la propia realidad histórica, que acumula experiencias heterogéneas para que cada sujeto las haga propias guardándolas en la memoria y el conjunto de la sociedad las asuma en aras del progreso humano. No puede haber persona, colectividad, época o movimiento cultural que no se sustente sobre un conjunto de ideas fundamentales que caracterice su pensamiento. Es decir, la no ideología no existe. La equiparación de opuestos conduce a su neutralización, luego a su negación y, finalmente, a su transformación en valor objetivo, de manera que, en una democracia representativa,  que proclama la desaparición del eje izquierda(/derecha, la política se convierte en una disciplina dogmática, en una religión cuyos hermeneutas son los sacerdotes de la tecnocracia, los expertos en la religión de la técnica (que curiosamente cuenta con el aval de la Iglesia como muñidora), quienes se ponen de parte de la elite político-intelectual. En este punto, en el de la democracia representativa, la ideología es también representativa, queda devaluada en el ámbito de un estado benefactor, una especie de estado autoritario de bienestar, y sirve exclusivamente para legitimar una sociedad capitalista unidimensional utilizando una terminología deliberadamente borrosa. 

El libro de Sánchez-Arévalo es la constatación de lo que sucede cuando la historia se pone al servicio de la identidad colectiva y la blanquea no basándose en hechos, sino apelando a emociones, creencias, deseos o miedos de la gente. El pasado se usa para imponer límites a la democracia, para sustituir el consenso por el mero consentimiento político. Los partidos son parte de la estructura arquitectónica del estado, de ahí que un mismo partido pueda ofrecer mensajes diversos orientados a votantes diferentes, en una discriminación del voto análoga a la discriminación de precios del mercado capitalista. Una curiosa y elocuente asimilación. El debate sobre la identidad es, pues, absolutamente falso. Por consiguiente, sobre el eje maniqueo de bien y mal y en el debate sobre el ser de España, esa identidad debe construirse sobre la otredad: se procede a la invención de un otro, ajeno, externo (incluso, aunque esté dentro, se le enajena), un ente mostrenco- que unifica a todos los enemigos, que es multiforme; un cajón de sastre. La teratogénesis o fabricación del monstruo avanza por animalización, estultización o culpabilización del otro. En estas páginas se asiste a cada fase de esa evolución, exhibida con la potencia inexorable del rigor.

Sánchez-Arévalo hace gala de la independencia, exponiendo los datos con la única intención de que la historia siga viva y al servicio de la investigación crítica de la memoria popular. Él es un buen ejemplo de lo que, por remontarnos a otro momento crucial, consideraban algunos historiadores de la caída de Constantinopla: “El historiador no tiene que escribir por agradecimiento o por envidia ni por odio o por interés, sino solamente en favor de la historia, para que esta no caiga en el abismo del olvido que el tiempo sabe engendrar, sino, que la historia se transmita, que su voz permanezca viva y elocuente y sea un heraldo vívido y penetrante”. 


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