Tambores de guerra turcos a las puertas de Shengal

Por Angelo Nero

“Las yazidíes vivíamos entre iraquís que no ayudaron. Una minoría trató de ayudar, pero si los iraquíes hubieran querido, podrían haber ayudado a muchas mujeres a escapar. Si los pueblos vecinos no se hubieran sumado al ISIS, nuestro destino hubiera sido muy diferente”. Nadia Murad tenía 19 años, cuando fue secuestrada, junto  a miles de mujeres y niños yazidíes en la región de Shengal, al norte de Irak, y transportada como ganado a Mosul, capital del Califato del Estado Islámico, donde fue vendida, golpeada y violada en múltiples ocasiones, mientras seis de sus hermanos, así como su madre, fueron ejecutados.

“Los hombres son infieles y les ejecutan porque saben que nunca se convertirá. Pero con los niños, saben que pueden lavarles el cerebro, y a las mujeres saben que las pueden utilizar como esclavas sexuales y como mercancía para comprar y vender el mercado. “Nadia Murad recogió el traumático cautiverio en un libro “Yo seré la última” (Plaza & Janés), y es una de las promotoras de la campaña internacional para llevar al ISIS ante el Tribunal de La Haya, pero sobre todo para denunciar el genocidio del pueblo yazidí, que antes del ISIS fue atacado por Al Qaeda, en 2007, y antes, en repetidas ocasiones, por los otomanos, tanto es así que llevan la cuenta de los martirios a los que han sido sometidos como pueblo: 74, por ser considerados kufar, infieles, por los integristas islámicos. Nadia recibió el Premio Nobel de la Paz en 2018 por “arriesgar su propia seguridad para combatir con coraje crímenes de guerra y buscar la justicia para las víctimas.”

En el complicado tablero geopolítico que incluye a la ofensiva turca sobre Rojava, a la interminable guerra siria y a la inestabilidad política en Irak, la situación de los yazidíes de Shengal parece no despertar gran interés en los grandes medios, pese a contar con toda una Premio Nobel de la Paz, que continua con su campaña para pedir que se juzgue el último genocidio de su pueblo y tratar de sensibilizar a los gobiernos para impedir que se produzca una nueva guerra contra los yazidíes.

Aunque la situación en Shengal dista mucho de ser la que se encontraban las katibas islamistas, cuando martirizaron esta región, en 2014, desde entonces los yazidíes se  organizado políticamente, han creado una Administración Autónoma, y sus propias milicias de autodefensa.

Los yazidíes cuentan con cuatro organizaciones principales, tres de ellas estrechamente ligadas: las Unidades de Resistencia de Shengal (Yekîneyên Berxwedana Şengalê‎; YBŞ), y sus homólogas femeninas, las Unidades de Mujeres de Êzîdxan (Yekinêyen Jinên Êzîdxan, YJÊ), próximas al Partido de los Trabajadores del Kurdistán (Partiya Karkerên Kurdistan, PKK), que cuentan con 1.600 y 400 combatientes, respectivamente; y la Asayisha Ezidxan, que tiene entre 800 y 1.000 miembros, y son los encargados de vigilar los puestos de control dentro de las ciudades y entre ellas; juntos forma la defensa de la Asamblea Autónoma Democrática de Shengal (MXDŞ).

El segundo grupo lo forman las Fuerzas de Movilización Popular yazidíes (PMF), que suman 600 combatientes, divididos en cuatro regimientos, alidadas con otras milicias encuadradas en las PMF iraquís, predominantemente chiitas, como Bardr, Najuba, Hizbollah o Sald Al-Shuha, aunque también cristianas y sunitas.

Opuesto a estos grupos que, con diferencias, defienden una administración propia para los yazidíes, y alineados con la integración en el Gobierno Regional Kurdo (KRG) del norte de Irak, está el Comando de Shengal dirigido por Qasim Shesho, unos 2.000 peshmerga vinculados directamente con el régimen de Barzani, y la Fuerza de Protección de Êzîdxan (Heza Parastina Êzîdxanê, HPE), comandadas por Hayder Shesho, con cerca de 500 combatientes.

A todo este contingente armado hay que sumarle los 2.000 soldados iraquíes y 400 policías federales, enviados por el gobierno de Bagdad.

Entre la mayoría de la población de Shengal los grupos afines al PKK y que defienden la Administración Autónoma son los que tienen la adhesión mayoritaria, no olvidan que fueron ellos quienes  los defendieron frente a la ofensiva del ISIS en 2014, mientras  las tropas federales y los peshmerga de Barzani los abandonaban al martirio. El Confederalismo Democrático y la Jinelojî ha calado entre la sociedad yazidí, especialmente entre los jóvenes y las mujeres, opuestos al nacionalismo tribal, conservador y suní que representa al PDK de Barzani, que desea asimilarlos a la KRG y ganar territorio, ahora que, prácticamente, da por perdido Kirkuk.

Las milicias afines al PKK y a las PMF yazidíes son el principal freno al acuerdo entre los gobiernos de Erbil y Bagdad, ya que su aplicación supondría su desarme, así como la desaparición de la Administración Autónoma de Shengal, además de frustrar los planes de Turquía, aliada de Barzani, para eliminar la influencia del PKK en el Kurdistán Iraquí, y de EEUU, que desean desactivar, con escaso éxito hasta ahora, a las PMF y a los grupos chiíes en la órbita de Irán. En este tablero no es difícil que alguien encienda la mecha y Shengal vuelva a saltar por los aires.

Turquía está deseosa de prender esa mecha, después del fracaso de su ofensiva Garra de Águila 2, en la que murieron, fruto de sus propios bombardeos, una docena de soldados turcos prisioneros del PKK. La reciente visita del ministro de defensa turco, Hulusi Akar, a Erbil, hace sospechar que se prepara una ofensiva conjunta de las fuerzas de Barzani y Erdogan para hacerse con el control de Shengal, sin embargo, los yazidíes no están dispuestos a entregar su territorio sin lucha, aunque esto suponga enfrentarse a un nuevo genocidio.

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