La insistencia de Israel en inventar estas alternativas subraya su determinación histórica de negar a los palestinos cualquier sentido de nacionalidad.
Si el espíritu humano solo se pudiera medir con piedras y hormigón, Beit Hanún habría sido borrada meticulosamente de la existencia y la memoria hace mucho tiempo.
“El genocidio en curso ha sido una empresa rentable”, escribe Albanese, citando el aumento masivo del gasto militar de Israel, estimado en un 65 por ciento entre 2023 y 2024, llegando a 46.500 millones de dólares.
El mal opera desde sistemas institucionales, desde estructuras jurídicas “legales”, desde órdenes ejecutadas por soldados y funcionarios que no necesariamente odian al palestino, pero que tampoco lo ven como sujeto político o moral.
Normalizar estas situaciones es la degradación total de la humanidad. Lo que hoy ocurre en Gaza mañana puede suceder en cualquier otro lugar donde los señores de la guerra tengan intereses.
Israel actúa como una entidad por encima de la ley internacional y del derecho humanitario, lo que exige una intervención urgente para proteger al pueblo palestino y exigir rendición de cuentas por los crímenes de guerra cometidos.
Israel opera a través de una red de facilitadores, benefactores que durante mucho tiempo han considerado la existencia de Israel como una fortaleza colonial indispensable al servicio de los intereses del colonialismo occidental.