Superliga: doce contra todos

Por Daniel Seixo

El fútbol profesional, cada vez más rápido, cada vez menos bello, tiende a convertirse en un certamen de velocidad y fuerza, que tiene por combustible el pánico a perder.
 
Eduardo Galeano
 
Es un problema del fútbol de hoy, los dirigentes saben muy poco
 
Johan Cruyff
 
«El éxito sin honor es el mayor de los fracasos«
 
Vicente del Bosque
 
«El fútbol es el ballet de las masas«
 
Dmitri Shostakovich 

La pasada semana Athletic Club de Bilbao y el Fútbol Club Barcelona saltaron al campo de La Cartuja para disputar la final de copa, sin que quizás los aficionados de uno y otro equipo tuviesen muy presente que el presupuesto del Barcelona supera en siete veces al presupuesto del Athletic. Quizás tampoco repararon los leones en que el salario de la estrella del equipo rival supera el montante de los millones seleccionados en el once inicial por su entrenador o que la deuda de 1.173 millones de euros contraída a lo largo del tiempo por el equipo que finalmente resultó ganador, frente a una alineación de jugadores vascos, adultera inevitablemente una competición que sin duda alguna vulnera los más mínimos valores deportivos para insertarse directamente en un negocio en el que los despachos normalmente ejecutan el lanzamiento decisivo.

Y esto no cambiaría si el equipo que llegase a la final de copa en lugar del Fútbol Club Barcelona fuese el Real Madrid, el Atlético de Madrid o el Sevilla, tampoco incidiría demasiado que en lugar del Athletic, el David que enfrentase a estos Goliats financieros hubiese sido la Real Sociedad, el Celta de Vigo, el Betis o el Cádiz. Con ligeras variaciones y rachas de fortuna acompañadas por los resultados sobre el césped, las grandes competiciones de fútbol a nivel nacional e internacional están diseñadas para garantizar que un puñado de clubs se repartan el pastel económico cada año y con ello puedan acceder con mayor facilidad a las finales y los títulos. Esto lleva mucho tiempo siendo así, algunos dirán que desde que el fútbol es fútbol, otros marcarán una línea difusa que separa el fútbol tradicional del llamado fútbol moderno, quizás en la llegada de Florentino Pérez al Real Madrid y el fichaje de Luis Figo, pero todos, aparentemente sin excepción, darán por sentenciado aquel recuerdo de un deporte en el que los jugadores formaban en cierta forma parte del barrio y los triunfos se disfrutaban con un bocadillo y demasiadas cervezas los fines de semana. Pan y circo, sin duda, pero como olvidar a Sócrates, Cristiano Lucarelli, Cantona o Johan Cruyff.

La llegada de este nuevo formato de la Superliga al “deporte rey”, tan solo viene a suponer un capítulo más en la eterna lucha de la burguesía de cara a recuperar lo que siempre ha considerado suyo. Ese deporte de caballeros que un día se consideró el fútbol, decide ahora, en manos de faraones empresariales y jeques de dudosa reputación, dejar definitivamente de lado a los clubs modestos y a las diferentes instituciones pseudodemocráticas que lo tutelaban hasta el momento, para directamente transformarse en una gran empresa, European Super League Company Sociedad Limitada, con tamaño suficiente para entrar en el Ibex, controlada y dominada por doce de los clubes más importantes de España, Inglaterra e Italia. Los más vistos del deporte han decidido “mudarse a Andorra” frente a la oposición de las ligas nacionales, la FIFA, la UEFA, los diferentes gobiernos de sus países, la opinión de numerosos jugadores y exjugadores y lo que resulta más llamativo, en contra de la opinión y el sentir de sus propias aficiones.

Tras décadas de derbis en horario chino o estadounidense, giras por medio mundo y finales de torneos locales en la capital de cualquier dictadura con efectivo suficiente, la última golfería de la casta futbolística ha corrido de la mano de Florentino «Lucky» Pérez, padre del espolio organizado al balompié en nuestro país y persona que va a liderar como primer presidente de la SuperLiga las ‘Doce Familias de la Cosa Nostra futbolística’. Un personaje siempre cercano a la corrupción política más elitista y que lleva ostentando la presidencia del Real Madrid desde el 2 de julio de 2006 sin que se haya producido votación alguna desde ese momento por las disparatadas reformas en los estatutos del club, destinadas a endurecer sobremanera los requisitos necesarios para que otros candidatos puedan presentarse. En apenas unas semanas el padrino blanco ha logrado revalidar su mandato de la forma más caciquil posible y erigirse como emperador del fútbol europeo, rompiendo unilateralmente y por la espalda cualquier pacto social y deportivo con las demás federaciones, clubs y aficiones europeas. Florentino Pérez ha vuelto a decidir que lo que le viene bien a sus bolsillos y ansias de poder, debe complacer obligatoriamente al mundo del fútbol. Para lograr transmitir ese mensaje, sin duda alguna ha contado y contará en las próximas semanas con la ayuda de algunas de sus amistades mediáticas y empresariales, solo debemos atender al efusivo apoyo que estómagos calientes como su ex empleado Antonio García Ferreras o Josep Pedrerol han mostrado respecto a esta opa hostil al mundo del fútbol.

¿Y qué le queda al aficionado?

La solución es fácil, ustedes pueden romper sus malditos abonos de temporada si sus equipos no deciden plantarse ante este doble aburguesamiento y la privatización absoluta del fútbol, negarse a profundizar en la mezquindad y avaricia de un deporte en manos de élites económicas, apagar el televisor cuando alguno de esos doce equipos faraónicos echen a rodar la pelota y exigir que sean expulsados de sus ligas nacionales y sus jugadores apartados de las disputas entre selecciones. Pueden gritar alto y claro a sus equipos favoritos y a toda televisión que quiera escuchar que prefieren un Athletic – Cádiz, un Celta – Eibar, un Real Sociedad – Valencia o un Betis – Osasuna, sin Tebas, Florentino y la FIFA que seguir soportando ser tratados como meros imbéciles dispuestos a sufragar con sus escasos sueldos de clase trabajadora los deportivos, las mansiones y el tren de vida de viejos presidentes de los grandes clubs, representantes  carroñeros y endiosados jugadores sin amor por sus colores. Ustedes pueden dejar claro que la dignidad, el espíritu deportivo, los amores a un equipo de fútbol y la caña en el bar o el estadio, independientemente del resultado, vale más que todas las Superligas del mundo juntas. El fútbol debe volver a ser un deporte para las clases populares. Los clubs pequeños y los aficionados deben plantarse y recuperar lo que es suyo, comenzando por el fútbol en abierto y terminando por una competición justa y digna en la que prime el deporte. Pueden hacer eso o simplemente dejar que el banco de inversión JP Morgan, digno representante de la clase financiera parasitaria que nos llevó a la ruina en 2008, nos robé también el fútbol.

Vivimos en la actualidad el contragolpe de esos banqueros y empresarios formados en colegios privados de Londres que vieron como en la FA Cup en 1879 un equipo compuesto por trabajadores de las fábricas algodoneras de esa ciudad les robaba la pelota y su entretenimiento, para transformarlo en una pasión adscrita a cada ciudad, barrio y graderío. La SuperLiga supone el intento por mantener un deporte de élite social, en esta ocasión sufragado para más inri con el sudor y las pulsiones de la clase trabajadora. Vivimos un nuevo punto de inflexión en la historia del fútbol que quizás en cierta medida supone también un punto de inflexión en la concentración del poder económico y la cainización social de las élites capitalistas. Puede que si nada cambia radicalmente en nuestros estadios, pronto la vieja frase de Gary Lineker se transforme ligeramente al compás de la nueva realidad, para constatar que “El fútbol es un juego en el que 22 hombres persiguen una pelota y al final siempre gana la banca.“

 

“El club es la única cédula de identidad en la que el hincha cree. Y en muchos casos, la camiseta, el himno y la bandera, encarnan tradiciones entrañables, que se expresan en las canchas de fútbol, pero vienen de lo hondo de la historia de una comunidad.” 

 

 

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