Sueños que se derriten

A lo largo del verano, la población saharaui soporta temperaturas que rozan los cincuenta grados, en un contexto marcado por la bajada de la ayuda internacional y el agravamiento de la crisis humanitaria. Sin apenas recursos, muchas familias deben ingeniárselas para pasar la estación, especialmente aquellas que huyeron de la guerra, como Engia Husein, que todavía recuerda su hogar en un horno, que es su casa.

Por Asier Aldea | 21/08/2025

Engia Husein escancia el té en el centro del salón de su casa mientras su nieta, Nayat Salek, apoyada en su hombro derecho, chuperretea una botella de plástico vacía. En silencio y con la sala a oscuras, solo la luz del exterior que entra por la puerta principal permite dibujar ambas figuras. “Se ha cortado la electricidad”, había anunciado de manera neutra Engia hacía unos minutos. Pregunta a otros vecinos si a ellos se le ha ido la luz, parece que no. Quedarse a oscuras no les inquieta, si dura unos minutos. De lo contrario, los alimentos de la nevera pueden estropearse y eso sí que es un problema. En la casa viven cinco mujeres, ninguna de ellas trabaja, por lo que no pueden permitirse que la comida se les ponga mala así como así, en un lugar en el que eI 90% de Ios refugiados Saharauis son vuInerabIes frente a Ia inseguridad alimentaria o sufren de inseguridad aIimentaria, como indica el Plan de Respuesta (2024-2025). La ayuda que reciben viene de los hijos masculinos que de vez en cuando visitan la casa o de algún vecino. La luz les llega desde una casa abandonada a unos cincuenta metros de distancia que cuenta con un contador que alimenta a varios hogares; un revoltijo de cables, enchufes y regletas que salen como tentáculos que se deslizan por la arena.

Es finales de julio y las temperaturas rozan los cincuenta grados. El remedio para aliviar el calor pasa por una máquina de aire acondicionado que les ha prestado un vecino el segundo aire acondicionado se estropeó y no hay manera de arreglarlo y que funciona con agua, la misma que utilizan para lavar la ropa, limpiarse, cocinar y beber. Todo se resume en un equilibrio frágil de saber cuándo utilizarla para una cosa y no otra. Ya al mediodía, cuando las temperaturas son insoportables, enciende el aparato. El resto del día, a aguantar. Además de ser un elemento fundamental de la cultura saharaui, el té sustituye a la máquina al provocar que el cuerpo sude y expulse el exceso de calor.

Engia, Nayat, su otra nieta, Fatima Salek, y Minetu Laulad, hija de Engia, son los nombres y rostros de una problemática general que sufren miles de familias saharauis, que desde hace cincuenta años sobreviven en los campamentos de población refugiada saharaui en Tinduf (Argelia), en medio de la hamada argelina. Con la llegada de la pandemia, el pueblo saharaui vivió la enésima bajada de la ayuda internacional. La crisis sanitaria terminó, pero el descenso de recursos se quedó, cayendo cada vez más sin ver todavía a día de hoy el suelo. El Programa Mundial de Alimentos ha reducido un 30% la canasta básica de alimentos, un recurso esencial para las 133.672 personas que en el año 2023 tuvieron que valerse de ella para sustentarse. La subida de los precios, los conflictos a mayores escalas que desvían la atención de organismos internacionales y la prolongación de la crisis por más de medio siglo son algunas de las razones de esta succión de recursos. La falta de oportunidades laborales son otro de los lastres para la población. La Misión de EvaIuación Conjunta 2022, IIevada a cabo por PMA y ACNUR, reveló que eI 60% de Ios refugiados saharauis son económicamente inactivos, y un tercio no cuenta con ninguna fuente de recursos. El principal gasto, la alimentación, a la que destinan el 75% de sus recursos.

Mohamed Sidahmed, secretario general de la Media Luna Roja Saharaui (MLRS), advertía en noviembre de 2023 que la desnutrición se estaba cronificando en niños menores de cinco años, mujeres embarazadas o en periodo de lactancia. Este mes de junio Naciones Unidas, ACNUR, UNICEF, OMS y PMA lanzaron un mensaje conjunto alertando del agravamiento de la crisis. Las organizaciones internacionales denunciaron que la tasa de desnutrición aguda global es de 13,6%, la cifra más alta desde 2010, que catalogaron como “un problema grave de salud pública”. Además, se estimaba que el 65% de niños y el 69% de mujeres en edad reproductiva sufren anemia.

Como se refleja en el comunicado, a todo esto hay que sumarle un déficit de financiación: “A mediados de 2025, solo se había movilizado el 34% de los 103,9 millones de dólares estadounidenses requeridos por el Plan de Respuestas para los Refugiados Saharauis (PRRS).

Aprender a ser refugiados

La noche anterior llovió en los campamentos. La primera tormenta del año. Aquella escena, hizo que la mente de Engia viajará 300 kilómetros hacia el oeste, hasta Tifariti, su hogar. “Siempre llueve ahí”, asegura la mujer de aproximadamente 55 años. La vida de Engia en esta localidad perteneciente a los territorios liberados del Sahara Occidental, bajo el control del Frente Polisario, era muy distinta a la actual. En el año 2003 unas dolencias le hicieron marchar de los campamentos, hacia Tifarati, con la idea de que el clima le sentaría bien. Y así fue. Su salud mejoró y decidió alternar largas temporadas en esta ciudad con vueltas puntuales a los campamentos para ver a algún familiar. En Tifariti, Engia pasaba los días entre el pastoreo de cabras y visitas a las vecinas. Las tareas le mantenían el cuerpo activo y se sentía muy bien ahí. Sin embargo, a finales de noviembre de 2020 la ruptura del alto el fuego entre Marruecos y el Frente Polisario le obligó a abandonar su casa. “Me dijeron que me iba a morir si seguía ahí”, recuerda Engia. La zona se volvió inestable e insegura, un campo abierto para los drones marroquíes que se han convertido en la pesadilla de los civiles saharauis. En menos de un mes, 3.337 personas cruzaron la frontera para resguardarse en los campamentos, según los datos proporcionados por la MLRS el 5 de diciembre de 2020, una cifra que se ha quedado desactualizado y se estima que superen las 5.000 personas en la actualidad. En otro informe realizado por la misma entidad, se manifiesta que “esta situación ha dado lugar al cese de todas las actividades económicas y comerciales en esas zonas, al desplazamiento de miles de familias y a la negación de instalaciones sanitarias, educativas y administrativas”. Los campamentos, ya de por sí mermados, no estaban preparados para recibir a estas personas, lo que ha generado problemas para ubicarlos. Las familias recién llegadas deben buscar un lugar donde dormir lo antes posible, a veces reciben la ayuda de familiares o amigas, pero nada garantiza una vivienda con unas condiciones mínimas y se asientan en zonas sin apenas desarrollo urbanístico. También se enfrentan al desempleo y el adaptarse a una nueva vida opuesta al nomadeo que muchas practicaban al otro lado de la frontera. Aprender a ser refugiados. En el caso de Engia, la falta de actividad ha mermado su estado físico y sufre dolores en la espalda y rodillas, además de, asegura, vivir con ansiedad.

Engia y su familia almacenan el agua en una cisterna expuesta al sol. Muchas veces el agua se calienta o deja un olor desagradable que impide que se pueda beber y tienen que traer agua de casa de los vecinos. Al mediodía, la habitación se ha convertido en un horno. La necesidad más urgente para la mujer pasa por conseguir un contenedor de agua. Tras más de dos años en los campamentos, Engia se arrepiente de haberse marchado de Tifarati. “Cuando veo un coche, pienso: ojalá pudieran llevarme para allá”.

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