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En el libro ‘Stalin, el líder’, su autor Jaime Canales desmonta la imagen que ha construido la historiografía occidental sobre el líder soviético.
Por Sergio Meneses | 9/11/2025
Jaime Canales no ha venido a juzgar a Iósif Stalin; ha venido a comprenderlo, a desentrañar cómo un hijo de un zapatero de una aldea georgiana terminó dirigiendo el destino de una potencia mundial. En Stalin, el líder (Editorial Templando el Acero), el historiador chileno elige un camino poco transitado: iluminar las hazañas que convirtieron a la Unión Soviética en una superpotencia en apenas tres décadas, sin pedir permiso a los prejuicios de nadie. Este libro es el retrato de un hombre que, con voluntad de granito y visión panorámica, logró lo que parecía imposible: sacar a un país agrario, analfabeto y humillado de la Primera Guerra Mundial y colocarlo, en 1953, como una potencia industrial y militar a nivel mundial.
Canales arranca su relato en 1928, cuando la URSS era poco más que un mosaico de campesinos sin tractores ni escuelas. En apenas doce años, ese mismo país producía más acero que Alemania, Gran Bretaña y Japón juntos. El autor no recurre a la retórica hueca; cita documentos, planos, órdenes manuscritas. Nos lleva a la libreta donde Stalin garabateó el Primer Plan Quinquenal, marcando metas que los economistas de Londres tachaban de delirantes. Y sin embargo, se cumplieron con creces.
Nueve mil fábricas nuevas brotaron del suelo como hongos después de la lluvia. Magnitogorsk, una ciudad de un cuarto de millón de almas, se alzó en la estepa siberiana en solo treinta y seis meses. La presa del Dniepro, la más grande del mundo en 1932, fue diseñada por ingenieros estadounidenses a los que Stalin pagó en lingotes de oro y botellas de coñac georgiano. “El socialismo necesita cemento y corriente eléctrica”, escribió en el margen de un informe, y lo convirtió en dogma.
Cuando estalla la Gran Guerra Patria en 1941, el libro alcanza su punto álgido. Canales dedica más de cien páginas a desmenuzar cómo Stalin, tras cuarenta y ocho horas de parálisis en su dacha de Kuntsevo, se transforma en el estratega supremo. Ordena el traslado de mil quinientas veintitrés fábricas enteras al otro lado de los Urales: tornos, obreros, familias, todo en vagones de carga bajo los bombardeos. Crea la reserva Stavka, dos millones y medio de hombres frescos que aplastan al Sexto Ejército alemán en Stalingrado. El 7 de noviembre de 1941, con los aviones de la Luftwaffe zumbando sobre Moscú, pronuncia un discurso en la Plaza Roja cubierta de nieve que impacta al país: “Luchamos por la Madre Rusia”. Canales reproduce la transcripción original, con las pausas marcadas por el frío y la emoción.
Pero Stalin no solo construyó tanques; edificó una nueva sociedad. En 1926, solo un tercio de los soviéticos sabía leer. En 1939, nueve de cada diez. Firmó cuarenta y dos decretos para abrir escuelas gratuitas en más de cien lenguas nacionales, levantó mil doscientos teatros y veintiocho mil bibliotecas, fundó la primera universidad para hijos de obreros. “La luz eléctrica es el segundo sol del socialismo”, declaró en 1931, y multiplicó por diez el plan GOELRO de Lenin. En 1928 la URSS generaba cinco mil millones de kilovatios-hora; en 1940, cuarenta y ocho mil. Los silos estatales acumularon nueve millones de toneladas de grano de reserva, y por primera vez en siglos, Rusia dejó de padecer hambrunas cíclicas. Los campesinos recibieron pasaporte interno en 1932; ya no eran siervos sin nombre.
Canales rescata también la política de korenizatsia, ese breve pero intenso periodo en que Stalin impulsó la ucranización, la bielorrusización, la yidisación. Catorce repúblicas con himno, bandera y academia propia. Doscientos mil georgianos, armenios y tártaros ascendidos a comisarios del pueblo. Tratados de no agresión con Polonia, Finlandia y Turquía. Mediación en la guerra del Chaco que evitó un conflicto continental. Y en el plano cultural, cuatrocientas películas al año subtituladas en cuarenta idiomas.
El libro cierra con una imagen demoledora: el inventario oficial de bienes de Stalin en 1953. Cuatro trajes grises, dos abrigos, doce camisas y un reloj de pulsera. En la cuenta bancaria, cinco mil seiscientos rublos, tres salarios de ingeniero. Todo lo demás pertenecía al Estado. “No goberné para mí”, escribió en el margen de un informe de 1947 con letra temblorosa, “goberné para que la URSS nunca más se arrodillara”.
Stalin sigue siendo el único líder que demostró que un país atrasado puede saltar un siglo en una generación gracias al socialismo. Canales no pide que lo admiremos; pide que lo estudiemos. Y cuando cierras la última página, entiendes por qué, en encuestas rusas de 2024, el 57 % sigue considerando a Stalin “el dirigente más eficaz de la historia”.
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