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“Sons” no es un drama carcelario más, es un debate entre la ética y los más oscuros instintos, en un ambiente claustrofóbico, hóstil y donde la agresividad, verbal, gestual o física, está a la vuelta de la esquina
Por Angelo Nero | 29/11/2025
El sueco Gustav Möller dirigió en 2018, un hipnotizante thriller, “The Guilty”, en el que un exoficial de policía, suspendido y relegado a operador del servicio de emergencias, tiene que resolver, desde su cabina, la búsqueda de una mujer secuestrada, de la que recibe una llamada de auxilio. La historia llamó la atención del consagrado director de cine de acción Antoine Fuqua (Training Day, la saga Equalizer, The Magnificent Seven), que en 2021 dirigiría el remake americano.
Con gran habilidad para generar tensión en espacios cerrados, Möller subió la apuesta en 2024 con “Sons” (presentada en España como Condenados”, en el que nos presenta a Eva, una funcionaria de prisiones, a la que da vida la consagrada actriz danesa Sidse Babett Knudsen (conocida por las series Borgen o Westworld, pero con una solvente filmografía a sus espaldas), una mujer amable que crea un buen ambiente en el módulo de la cárcel donde trabaja. Todo cambiará cuando vea el ingreso de Mikkel, un joven delincuente, encarnado por Sidse Babett Knudsen (que debutó en las míticas películas de Thomas Vinterberg, Submarino y La caza), en el módulo de alta seguridad, al que Eva pedirá el traslado.
“Sons” no es un drama carcelario más, es un debate entre la ética y los más oscuros instintos, en un ambiente claustrofóbico, hóstil y donde la agresividad, verbal, gestual o física, está a la vuelta de la esquina, mientras el director va alimentando nuestras sospechas sobre el comportamiento de Eva, y del vínculo que mantiene con el violento Mikkel. Con una puesta en escena muy teatral, donde las distancias se reducen a pesar de las puertas metálicas y de los barrotes, hay algo insano, perverso, y doloroso en este ejercicio de hurgar en viejas heridas y jugar al gato y al ratón, hasta que no se sabe quién está más preso, ni quién manipula a quién.
Es importante, además de la absoluta solvencia actoral de los dos protagonistas, mantener el ritmo y el pulso dramático, saber cuando aligerar la tensión y cuando acentuarla, y en eso Gustav Möller se lleva un sobresaliente, así como la recreación de la atmósfera de olla a presión de un módulo de máxima seguridad, donde todo puede saltar por los aires en cualquier momento.
¿Tiene una persona condenada derecho a una segunda oportunidad?. «Cada prisión refleja la sociedad que la construyó. Creo que este es el caso de Dinamarca y, de hecho, de la mayoría de los países europeos… Todavía no hemos decidido el modelo de prisiones que queremos instaurar y, por extensión, nuestro modelo de sociedad. ¿Somos seres racionales o emocionales? ¿Creemos en el perdón y la rehabilitación? ¿O preferimos la venganza y el castigo? Actualmente, el sistema judicial intenta satisfacer estos dos enfoques, aunque sean totalmente contradictorios», señala Gustav Möller.
No conviene desentrañar nada más de la trama que el planteamiento inicial, solo resaltar el acierto de los personajes secundarios, algunos ya conocidos de la escena escandinava: Dar Salim, en el papel del supervisor Rami, Jacob Hauberg Lohmann como el sacerdote, o Olaf Johannessen como el director de la prisión.
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