Socialmente náufragos

Por Daniel Seixo

La televisión es el espejo donde se refleja la derrota de todo nuestro sistema cultural

Federico Fellini

«Estas y otras cosas demuestran que la vida gira sobre un eje podrido»

Charles Bukowsi

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Reconozco que la primera vez que escuché hablar de La isla de las tentaciones, fue tras la victoria del combinado español de balonmano la pasada semana. Mi afición por un deporte al que sigo de vez en cuando desde los tiempos de Ivano Balic, me llevó a encontrarme por primera vez con el grito que al parecer, en aquellos momentos, ya estaba en boca de medio estado español. Sí, efectivamente, hablo de «¡Estefanííaaa!».

En aquel momento, por curiosidad periodística e interés sociológico, no pude sino bucear brevemente en el maravilloso mundo que una vez más Mediaset ofrecía a todos los telespectadores dispuestos a dejarse arrastrar sin prejuicios o ética alguna, por la ponzoñosa pseudocultura a la que  la empresa italiana de comunicación nos tiene acostumbrados. No fueron necesarias demasiadas pesquisas para poder comprobar como atendiendo al contenido del programa y a la línea de pensamiento que promueve el mismo, sin duda il Cavaliere estaría orgulloso. De nuevo la indecencia y la incultura ganaban la partida.

Presentado por Mónica Naranjo –que ya había dado sobradas muestras de estar dispuesta a ceder su imagen a una moralidad líquida y una televisión decadente en ‘Mónica y el sexo’– y protagonizado por diversas parejas de tronistas femeninas y masculinos, «La isla de las tentaciones»el origen del que parte el tan desgarrador grito de «¡Estefanííaaa!»– resultó tratarse de un nuevo programa de Telerrealidad, en el que supuestamente, diversas parejas debían poner a prueba su amor en una isla paradisíaca ante la tentación de diverses jóvenes solteros contratados para seducirles. Obviamente, tratándose de televisión, el «supuestamente» inicial se hace extensible a todo el concepto del programa.

No voy a entrar a valorar la catadura moral de los concursantes o sus actos, lo siento si habéis entrado aquí buscando ese tipo de contenido, pero con sinceridad os digo que para preparar el presente artículo sobre este programa, no he logrado superar el visionado de diez minutos del mismo y tampoco he necesitado bucear mucho más. He podido comprobar de primera mano que no me interesa para nada la vida o las relaciones «sentimentales» o sexuales de unos desconocidos y que la oferta laboral de ex concursantes o aspirantes a concursantes de MHYV, parece tener en nuestro país un amplio circuito laboral. Al parecer mayor que el de otros sectores a todas luces menos interesantes para el gran público como el teatro, el cine independiente o incluso el periodismo.

Los participantes en este concurso, programa o lo que sea que se trate esa absurda producción, simplemente llevan al extremo la principal premisa del neoliberalismo: hacer de todo lo posible un producto de consumo. Cualquiera de los concursantes presentes en la isla, simplemente han hecho de su propia figura un producto de consumo para millones de personas que se han convertido con su adicción a la telebasura a su vez en consumidores/producto.

Con cada programa, con audiencias que llegan de media a casi un 21,4% de cuota de pantalla, llegando a superar entre el público de entre 13 a 24 años el 42%, «La isla de las tentaciones» traslada al gran público sus mensajes basados en una existencia líquida: prueba y disfruta, no tienes que mantener vínculos amorosos o simplemente empáticos con tu pareja si en la isla de las tentaciones puede haber un cuerpo o un discurso mejor, que logre atraerte durante un instante ante la atención de miles de espectadores. Nada de lo que aquí suceda es real o duradero, ¿pero tiene acaso que serlo?

El show guionizado e interpretado bajo las premisas de la desconfianza, los celos, la tentación y la hipersexulización de las relaciones humanas, mantiene su tirón gracias al morbo, la simplicidad y la maldad humana. Millares de personas disfrutan en sus televisores de las supuestas infidelidades, el dolor o incluso el sufrimiento de otras personas. Se alegran de que cuerpos moldeados en gimnasios o quirófanos se dejen arrastrar a un éxtasis de lujuria e individualismo, tirando por tierra toda concepción de compañerismo, amor o reflexión posible. El estimulo primitivo del individualismo y la incultura, son los nuevos diosos del altar diseñado por  Mediaset y muchos en el estado español se han hecho voluntariamente devotos.

Algunos dirán que lo ven solo por entretenimiento, que no les interesa realmente, pero que en algo hay que pasar el tiempo, otras aseguraran que simplemente es divertido o argumentarán que en el fondo es tan real como la vida misma… No se equivocan demasiado por desgracia. Décadas de lenta introducción en nuestros hogares de telebasura han logrado que poco a poco, la vergüenza social por consumir esos contenidos haya dado paso al inconsciente orgullo de ser parte de los mismos. Hashtags, grupos de WhatsApp, secciones en periódicos antaño medianamente serios y comprometidos con la cultura… El enaltecimiento de la pseudocultura televisiva, tan vital para esta líquida sociedad posmoderna, resulta ya una amenaza social para todos aquellos que todavía resistimos el avance de la ignorancia. A la espera de la gran quema de libros y su posterior caza de brujas, quienes nos resistimos a dedicar gran parte de nuestro interés a las relaciones sexuales de algún jornalero de la industria ‘bunga bunga‘, tan solo podemos rezar porque esta época de falsa defensa de la libertad individual y excesiva desregulación del compromiso del par, no termine definitivamente con el amor. Quizás ya no por un romanticismo que aún en cierta medida conservamos como parte de otro tiempo en nuestro corazón, sino por la firme convicción de que una vez desmontado el compañerismo obrero con la deslocalización y flexibilización del empleo, neutralizado el sentido de comunidad con la precariedad del acceso a la vivienda y emponzoñado la unidad familiar con absurdas batallas generacionales por un inexistente poder electoral o político, el fin del amor entre compañeros, el fin de un amor sano, codo con codo frente a las inclemencias del sistema, vendría a suponer en realidad dar por disueltos los más mínimos nexos colectivos.

Hoy, claramente, vivimos ya inmersos en un mundo en el que todos somos productos de consumo, listos para desecharse simplemente cuando un cada vez más fugaz interés se pierda. Meros zombies en busca de la novedad y la eterna descarga de serotonina, pero cada vez nos cuesta más encontrar algo que mínimamente satisfaga nuestros nuevos apetitos y la montaña de desperdicios inservibles se hace mayor y mayor a lo largo de los años, casi inabarcable, puede que indistinguible ya de nuestra propia desechabilidad. Quizás sea por esto que a muchos de ustedes les reconforte ver a otros sufriendo, puede que por un momento, ver a otros cuerpos aparentemente exitosos engañados, humillados y traicionados en aras de lo efímero ante millones de personas, les haga por un momento sentirse mejores, no tan diferentes… Y con ello, logren pensar que por una vez, al menos es otro el que grita ¡Estefanííaaa!


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2 Comments

  1. Buenas Antoni,

    Ante todo, agradecerte tu comentario y el tiempo dedicado a este artículo. Como dices, no todo el mundo tiene un plan B en esta sociedad y son muchos los que fruto de la alienación o el cansancio, actualmente viven vidas que no les aportan la felicidad o la plenitud. Pero nunca podremos renunciar a ofrecer un plan B a quienes hoy se encuentran inmersos en las garras de la pseudocultura o el consumismo, unos lo aceptarán y otros no, unos descubrirán encontrarse perdidos en algo a lo que no pertenecen y otros preferirán seguir disfrutando como gorrinos en un maizal. Lo que nunca debemos hacer, es considerar estos programas que fomentan los más bajos valores del ser humano como algo aceptable o incluso benigno socialmente. Un cordial saludo compañero.

  2. Apreciado amigo:
    He leído en tu blog y he escuchado en una radio uno de ellos:
    «Mensaje a un naufrago.
    Es una pena que la tele-basura tenga tan alta cuota de pantalla, eso nos da una idea de la decadencia moral de una parte de nuestra juventud¡
    Realmente no encuentro, nada peor desde hace años.

    Pero como dicen las lumbreras del país, esto es «democracia».
    El buen gusto esta en el estercolero …. y esto acaba de empezar,..
    Los valores, las virtudes, el esfuerzo, el trabajo , se concentran en pasar horas y horas el gimnasio.
    El culto al cuerpo ha sustituido el culto del amor por el trabajo bien hecho.
    Seguramente habrá que felicitar a los creadores de esta basura, que si, que el todo vale los está forrando.

    Gracias por tu gran trabajo,
    Tu predicas de como emplear los miles y miles de horas que se pierden de miles y miles de de jóvenes, que, llevados por la droga, prostitución y otros errores, que tire la primera piedra el que esté libre de pecado, yo el primero)
    La pregunta que me hago es: queremos realmente re-insertarlos?
    Quiere la sociedad, realmente re-insertar a estos náufragos?, Porque no todos tienen un plan B.( me encanto tu escrito sobre el chico que tiene un plan B)
    Ni siquiera un plan A.
    Ellos y ellas si tienen derecho a re-insertarse.
    Existe una justicia que se llama restaurativa (mediación victima-delincuente) en delitos que no sean crímenes. De ello hablaremos en otros capitulo.
    Gracias de nuevo.
    Un abrazo
    Antoni,

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