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El desanimo y la tristeza van creciendo en Bill Furlong, que lleva todo el peso del mundo en sus gestos, en sus silencios, en su mirada, incapaz de enfrentarse a una situación que lo desborda.
Por Angelo Nero | 1/03/2026
A la escritora irlandesa Claire Keegan, una de las más exitosas de su generación, la han comparado con Raymond Carver, por su perturbadora forma de retratar a la sociedad, especialmente al entorno rural y católico en el que se crio, con párrafos afilados como cuchillos, con las que ha creado un universo particularmente inquietante, y cuyas obras ya podemos disfrutar en castellano como Antártida, Bien tarde en el día, o Cosas pequeñas como esas. Precisamente esta última ha sido recientemente llevada al cine, con su título original, Small things like these, por el director belga Tim Mielants, que ha sabido captar esa desazón permanente de sus personajes, y esa atmósfera gris que les envuelve.
La historia se centra en Bill Furlong (al que da vida Cillian Murphy, protagonista de la serie Peaky Blinders), que tiene una modesta empresa de venta de carbón en un pequeño pueblo del sur de Irlanda, a mediados de los ochenta. Bill es un buen hombre, que vive para su trabajo y para su familia, evitando meterse en problemas, acudiendo a misa los domingos y viviendo una vida monótona y gris, con jornadas de sol a sol, pero que no por eso deja de observar con preocupación las pequeñas injusticias que suceden a su alrededor. Su mujer (Eileen Walsh) no deja de señalarle que es demasiado bueno, que tiene que centrarse en mantener su trabajo y en proveer a su numerosa prole, pero su inquietud crece en cada visita al convento de las Hermanas de la Magdalena, regentada por la Hermana Mary (la Emily Watson que nos deslumbró con su debut en Breaking the Waves), donde conoce a una de las internas, Sarah (Zara Devlin), a la que han encerrado en la carbonera.
El desanimo y la tristeza van creciendo en Bill Furlong, que lleva todo el peso del mundo en sus gestos, en sus silencios, en su mirada, incapaz de enfrentarse a una situación que lo desborda, mientras intenta conciliarse con los fantasmas de su pasado, con el trauma de haber perdido a su joven madre, cuando el era todavía un niño. Ciertamente la actuación de Murphy es magnifica, logrando transmitirnos esa tristeza, que se nos va metiendo en el estómago con cada escena, mientras toda su comunidad parece advertirle para que no de un paso al frente, porque el poder de las Hermanas de la Magdalena se extiende por todo el pueblo.
Las Lavanderías de las Magdalenas funcionaron en Irlanda desde 1922 hasta finales de los años noventa, de un modo similar a nuestro Patronato de Protección a la Mujer, y pasaron por ellas más de cincuenta mil mujeres, sometidas bajo el pretexto de la moral católica que pretendía su “redención”, y, en realidad, eran centros donde eran esclavizadas, sometidas a todo tipo de malos tratos, al hambre y al frío, y donde muchas jóvenes embarazadas fueron despojadas de sus hijos para ser dadas en adopciones irregulares, y donde otros muchos murieron y fueron enterrados en los entornos de los conventos. En 2017, en uno de esos conventos, en Galway, fue descubierta una fosa común con casi ochocientos cadáveres de niños, lo que provocó una auténtica conmoción en la sociedad irlandesa.
En la película, el protagonista solo atisba la punta del iceberg de este horror, pero es suficiente como para que su conciencia no deje de atizarle con la pregunta: ¿y si fuera una de mis hijas?, mientras el pueblo -parece que el país entero- miraba hacia otro lado. Tal vez un pequeño gesto pueda cambiar el mundo, pero ¿quién se atreve a dar el primer paso?
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