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Estamos asistiendo al desmontaje, desde adentro, del principio que el propio chavismo había convertido en dogma: el petróleo no se entrega.
Por Gabriela Rojas | 2/09/2026
Si el comandante Hugo Chávez levantara la cabeza vería a su propio aparato institucional administrando la entrega de un país. Vería a Delcy Rodríguez y a su entorno más cercano —con Jorge Rodríguez en la Asamblea y el resto de la camarilla reacomodada— convirtiendo el secuestro del presidente Nicolás Maduro en una oportunidad para negociar lo que el chavismo juró no negociar jamás: el control efectivo sobre los recursos del país.
El 3 de enero, Estados Unidos secuestró a Maduro y lo sacó de territorio venezolano. El Tribunal Supremo fabricó una “ausencia temporal” excepcional para que la vicepresidenta ejecutiva asumiera de inmediato, sin devolver el poder al voto popular. El 5 de enero Delcy juró como presidenta interina “con dolor”, denunció la agresión… y al mismo tiempo tendió la mano a Washington. Ese doble juego ha sido el método que se ha instalado desde entonces en el Palacio de Miraflores.
Desde aquel día, el nuevo oficialismo no ha dejado de hablar de soberanía, pero los hechos lo contradicen. En los primeros meses se reformaron las leyes de hidrocarburos y minería, se abrió un proceso de privatización de la economía y se diseñó un marco para el desembarco masivo de capital privado extranjero, sobre todo estadounidense. A eso lo llamaron modernización. En la práctica fue el desmontaje, desde adentro, del principio que el propio chavismo había convertido en dogma: el petróleo no se entrega.
Recientemente, Trump anunció un acuerdo para que Estados Unidos controle decenas de miles de millones de barriles de reservas venezolanas. Delcy lo celebró como “renacimiento”, prometió inversiones millonarias, campos estratégicos, impuestos futuros… y salió a aclarar que Venezuela “conserva la propiedad y la soberanía”. El eufemismo es tan viejo como el saqueo: el subsuelo sigue siendo “nuestro”; la explotación, el capital, la tecnología y el calendario los pone una potencia extranjera que tiene tutelada la economía del país.
La pregunta que debemos hacernos es: ¿quién se quedó al mando del Estado el día en que Maduro fue secuestrado? Quien asume el poder tras un golpe extranjero y, en lugar de convertirlo en línea roja, lo convierte en mesa de negociación, no está resistiendo. Está liquidando. La demolición del proceso bolivariano no llegó el 3 de enero. Se trató de un proceso de traición y entrega que partió de mucho antes. Y se materializó posteriormente con reformas legales, en comunicados conciliadores y en el cinismo de quienes ayer hablaban de patria y hoy hablan de “modelos productivos” para que el capital extranjero entre donde la Constitución decía que no debía mandar.
Si Chávez levantara la cabeza detectaría muy rápido a los traidores. Vería al presidente legítimo secuestrado y encarcelado fuera del territorio nacional, y a un gobierno interino que ha puesto en venta el país.
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