
Conversamos con el escritor y periodista Sergio Fanjul, que acaba de publicar Cronofobia, ‘una invitación a mirar de frente nuestra relación con el tiempo y a comprender que no se trata solo de una experiencia íntima, sino también política’.
Por Jayro Sánchez | 21/11/2025
Sergio Fanjul (Oviedo, 1980) es escritor, poeta y periodista. Después de pasar su juventud vagabundeando por las noches de Madrid en busca de unas estrellas cuya composición le recitaban por las mañanas en la carrera de Astrofísica, cambió el paradigma de sus pasiones y se dedicó a escribir todo tipo de textos.
Quizá de ese giro de 360 grados que dio su vida nació Cronofobia (Arpa, 2025), que versa sobre su miedo al tiempo. Conversamos con Fanjul sobre este temor y los numerosos misterios que lo rodean.
A lo largo de las 300 páginas de este ensayo, reflexionas sobre qué es el tiempo. Después de tanto investigar, ¿has llegado a alguna conclusión?
La verdad es que no, y creo que esta es una cuestión que nunca vamos a poder resolver. San Agustín decía que todos tenemos una noción de él, pero que, si nos preguntaran cómo definirlo, no sabríamos qué responder. Tenía mucha razón.
Hay diferentes teorías de la física y de la filosofía que todavía se plantean cómo conceptualizarlo. Para algunas, como la newtoniana, el tiempo es algo objetivo y está fuera de nosotros. Para otras, como las de Immanuel Kant o Albert Einstein, es subjetivo y surge de nuestra propia percepción del mundo.
En cualquier caso, yo he escrito el libro para intentar consolarme de la cronofobia. He conseguido aliviarme un poco, aunque no he llegado a resolver grandes incógnitas respecto al tema.
¿Es insalubre tenerle miedo al tiempo?
Sí. Y, según todas las fuentes entendidas en la materia, la única manera de crear una relación sana con él es la de vivir en el momento presente. Sin embargo, eso es muy difícil. Sobre todo hoy en día, al tener tantos estímulos e información alrededor.
Además, uno debe aceptar la idea de su propia finitud. Algo que tampoco es fácil de hacer, ya que gran parte de nuestro pensamiento y espiritualidad se han construido en base a la idea de que la muerte no es tal o de que hay que luchar contra ella.
¿Cómo acaba uno temiéndolo?
En mi caso, cuando tenía 14 años y cambié de la Educación General Básica (EGB) al Bachillerato Unificado Polivalente (BUP), me di cuenta de que este pasaba y de que ya no podía volver atrás.
Ahora que estoy en Oviedo, mi ciudad natal, me sorprendo yendo a los bares en los que echaba el rato de joven. Son los mismos, pero se nota que los años han pasado. Es algo que me obsesiona, y no entiendo por qué. Quizá hay personas que somos más sensibles que otras.
«Si tú tienes miedo a las arañas o a las alturas, puedes evitarlas. Sin embargo, no puedes separarte del tiempo»
¿Puede uno dejar de hacerlo?
Es la única opción que nos queda. La cronofobia no es como otras enfermedades similares. Si tú tienes miedo a las arañas o a las alturas, puedes evitarlas. Sin embargo, si se lo tienes al tiempo, no hay manera de separarte de él.
Desarrollando lo que hablábamos antes, la clave para no consumirte es vivir en el hoy y poseer una existencia rica en experiencias gratificantes. Y esto no tiene que ver con el consumo, las redes sociales, el turismo o los restaurantes pijos, sino con la solidaridad, la unión y hacer las cosas que te gusten, como dar un paseo o leer.
En uno de los capítulos del libro, narras cómo el tiempo actúa sobre la mente y el cuerpo. Por lo que explicas, parece que, antes que cualquier otra cosa, es un engaño.
Desde luego. Es muy curioso, porque no tenemos un órgano en nuestro cuerpo que lo mida con exactitud. ¿Alguna vez has calculado bien lo que dura una clase de una hora o una película de dos sin mirar un reloj? El cerebro no es capaz de realizar tamaña tarea sin depender de una máquina externa, y eso, si lo comparamos con el nivel de complejidad que reúne el ser humano en otros sentidos, es alucinante.
¿El tiempo se mide por edades o son ellas las que van midiéndolo?
Qué pregunta más compleja. Supongo que la edad es una de las cosas que más nos cambia. Al ser jóvenes, percibimos la política, el amor, la amistad y la familia de una manera muy distinta de la que lo hacemos al envejecer. Y, a la vez, siendo más mayores, seguimos pensando que somos los mismos de antes.
«Según vas creciendo, todos los momentos que vives se van haciendo más pequeños»
¿Nuestro propio sentir del tiempo también va cambiando?
Sí. Cuando eres pequeño, todo es novedoso y se queda grabado en tu mente. Así, parece que el tiempo pasa más lento. En cambio, según vas creciendo, todos los momentos que vives se van haciendo más pequeños. Eso hace que vaya más rápido y que las cosas se vuelvan más rutinarias: Navidad, verano…
¿Con qué edad se valora más?
Nunca me había parado a pensarlo. Aunque creo que en la mediana edad, que es cuando más atareado estás. Tienes que atender a tus mayores, cuidar a tus hijos, trabajar al máximo rendimiento…Y, según el código social actual, vivir a tope, disfrutar y consumir. No obstante, esta es una etapa en la que el tiempo brilla por su ausencia.
¿Y en cuál se aprovecha mejor?
Depende de para qué. La madurez es para las responsabilidades. La juventud y la vejez, si estás sano, son para las inquietudes personales. Pero no siempre fue así. De hecho, incluso en la actualidad, hay lugares en el mundo en los que se tolera el trabajo infantil.
¿Crees, como decía la escritora Almudena Grandes, que el tiempo simplemente se desgasta?
Podría ser. Es que esto se podría interpretar de tantas maneras… Una es la que decíamos de que el tiempo pasa más rápido y de que, así, tiene menos enjundia. Otra es la de que el propio pasado también se va erosionando.
La memoria es muy extraña, porque a veces suelta cosas que nunca esperarías. Es como cuando te encuentras por casa una de esas revistas viejas de tus padres o tus abuelos. No recordabas ni que existían y, de repente, están ahí. Asimismo, se desgasta el tiempo por venir, ya que cada vez es más corto.
¿Alguna vez vuelve?
Tengo claro que no. Y esto que me preguntas conecta con la nostalgia, de la que hablo mucho en el libro. Svetlana Boym decía que hay dos tipos: la reflexiva y la restaurativa.
A la última no le gusta el presente y quiere volver a un pasado glorioso en el que todo encaja, y la primera recuerda con cierta melancolía sin querer volver a ello, al menos necesariamente.
«Me gusta reivindicar esa postura de que con el tiempo libre a veces no hay que hacer nada»
Todos hemos perdido el tiempo alguna vez. ¿Esa idea no tiene algo de horroroso?
Un poco. Muchas veces, no somos conscientes de que este es muy limitado en nuestra vida. Debemos aprender a apreciarlo desde jóvenes, aunque tampoco creo que haya que caer en la tendencia productivista del máximo aprovechamiento.
Me gusta reivindicar esa postura de que con el tiempo libre a veces no hay que hacer nada. Mirar las musarañas, darte un paseo o tirarte en el sofá son cosas necesarias.
¿Nos podemos perdonar por ello?
A mí me parece que sí. No hace falta ir de puénting cada día.
Por lo que aseguras, hay dos maneras de perderlo: soñando o haciendo. Puestos a elegir, ¿cuál es la mejor?
El sueño está muy bien. Es como un tiempo extraño, una vida paralela y regalada. Yo optaría por ello. Es tan poético…
En ‘Cronofobia’, afirmas que el concepto del tiempo cambió por completo con la llegada de la Revolución Industrial (1760) y de los cambios políticos, sociales y económicos que esta produjo. ¿El capitalismo ha acabado con el tiempo?
Ha acabado con la soberanía de nuestro tiempo libre, nos ha hecho desfilar a todos al son del reloj mecánico y de sus intereses económicos. El tiempo precapitalista era el de los acontecimientos: cuando se ponía el sol o salían las cosechas… Se basaba en ritmos naturales, incluyendo el de nuestros cuerpos.
Luego, por la necesidad de compartimentarlo para producir los máximos beneficios, se inventaron Greenwich y los husos horarios. Estos favorecieron a los imperios y sus ansias colonialistas, así como todo tipo de expolios y genocidios. Y nos desconectaron de él.
¿Y la muerte, acaba con él?
Al menos, con el personal. Es curioso. Vivimos en una sociedad tan individualista que parece que, cuando llega el fin de cada uno de nosotros, se acaba el universo entero. Quizá por eso tenemos tanto miedo.
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