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Y es que España no solo se empobrece, se rompe. En los barrios obreros ya no suenan las sirenas de las fábricas, la soberanía se ha evaporado en el altar del neoliberalismo.
Por Dani Seixo | 29/04/2025
«El capitalismo es el genocida más respetado del mundo.»
Ernesto «Che» Guevara
«El obrero tiene más necesidad de respeto que de pan.»
Karl Marx
«El poder no concede nada sin una demanda. Nunca lo ha hecho y nunca lo hará»
Frederick Douglass
«No se puede liberar a un esclavo que no es consciente de serlo.»
Thomas Sankara
«El poder nace del fusil, pero también de la conciencia del pueblo.»
Mao Zedong
Atraviesas el mercado un lunes cualquiera y te llevas la primera bofetada en la cara de la semana: tomates a 4 euros el kilo, el pan un 20% más caro que hace dos años, la leche como si viniera envasada en oro. Y no, no es tu imaginación. En 2024, más de seis millones de trabajadores en España perdieron poder adquisitivo por el encarecimiento de la cesta de la compra y la negativa de la burguesía a adaptar los salarios a la misma. Ni los funcionarios se salvaron, aunque muchos quisieron ver en el precario empleado público o en los pensionistas un oportuno chivo expiatorio. Mientras la inflación escalaba imparable hasta el 2,8%, los sueldos se quedaron estancados, como un coche gripado en plena cuesta.
El eterno espejismo español, que algún día llegó a prometer el pleno empleo, navega hoy a la deriva en el mar de la precariedad, el desempleo y la complicidad de una política y un sindicalismo heredero del régimen. No es simplemente que no exista trabajo decente para todo, es que los contratos hoy duran lo que un suspiro, semanas, incluso en ocasiones días. El 36% de los contratos temporales en 2024 no pasaron de los siete días y el considerarse fijo en un puesto de trabajo no otra cosa que una falsa sensación de firmeza en una legislación laboral estructurada para desprenderse del trabajador libremente. Todo ello edulcorado y enmascarado con buenas palabras y un supuesto gobierno progresista. Bienvenidos a la cultura del currito descartable.
A salir del mercado enfilas la calle. Ves carteles de “Se vende” y “Se alquila” donde antes había familias construyendo un futuro con sus últimos ahorros. El precio de la vivienda se ha elevado un 8,4% en 2024, el mayor incremento desde la última gran hecatombe financiera de 2008. La burbuja ha estallado, pero el negocio y la especulación han vuelto a reflotar. Para la mayoría, tener casa sigue siendo una quimera. El español medio destina el 47% de su salario solo para pagar el alquiler o se endeuda durante décadas intentando arrebatar a la banca el signo de su destino, su propio techo. ¿Y comer? ¿Y vestirse? ¿Y simplemente vivir? Se pagan facturas, se malvive… Se sobrevive. Si el hogar se convierte en un lujo, la existencia se encadena a la esclavitud.
Y mientras tanto las cifras de pobreza crecen como una mancha de aceite que empapa a gran parte de las capas de la clase trabajadora. El 25,8% de la población española está en riesgo de pobreza o exclusión social, se encuentra pendiente de un hilo que a duras penas los agarra a la vida. En Andalucía, Castilla-La Mancha o Extremadura, esta realidad golpea todavía más fuerte, como un garrote en la espalda en una eterna penitencia que nada tiene que ver con la performance de la semana santa. En los hogares con niños, el drama es aún mucho más obsceno, casi el 11% de los niños y adolescentes viven en condiciones de carencia material severa. Sin lo básico, una infancia privada de calefacción en invierno, ropa digna o tres comidas al día. En el país que celebra los dividendos de Zara, Iberdrola, Movistar o el Santander, gran parte de su infancia sobrevive en la miseria.
Diez millones de personas no pudieron mantener una temperatura adecuada en sus hogares durante el último invierno. Muchos otros simplemente murieron a la intemperie en las aceras de nuestras ciudades. La pobreza energética, ese invento del primer mundo para evitar hablar de pobreza, desigualdad y explotación, arrasa barrios enteros mientras las grandes eléctricas reparten dividendos millonarios entre sus accionistas.
Y es que España no solo se empobrece, se rompe. En los barrios obreros ya no suenan las sirenas de las fábricas, la soberanía se ha evaporado en el altar del neoliberalismo. En los últimos 15 años, el país ha perdido 250.000 empleos industriales, el sector automovilístico desaparece al ritmo que marcan las minas cerradas, los investigadores emigrados o los miles de millones invertidos en armamento estadounidense. Hasta la moda, ese glamour edulcorado bajo una etiqueta de Zara, pierde miles de empleos, mientras los talleres de esclavos cosen la Marca España. La industria se apaga, se diluye, se externaliza. Fabricar coches, camisas , electrodomésticos o respiradores en España sale demasiado caro. Mejor que lo hagan otros por cuatro duros, hasta el momento en que el mundo se de la vuelta y nos toque respirar debajo.
El 76% del empleo está en el sector servicios: camareros, repartidores, teleoperadores. El campo desaparece ante el látigo de los terratenientes y el latrocinio de los intermediarios. Trabajos mal pagados, horarios de esclavitud, contratos que no dan para vivir. Ni tan siquiera para un techo compartido. La fábrica dio paso al bar, la cadena de producción a la cadena de comida rápida. Todo mientras nos vendieron inconscientemente este cambio como modernidad. Como una vía a Europa.
Entre el contrato basura, la factura de la luz y la amenaza de la hipoteca, muchos trabajadores no solo ven mermar su poder adquisitivo, sino que ven amenazada directamente su vida. En 2024, 796 personas murieron en su puesto de trabajo, un 10,4% más que el año anterior. Y la cosa aumenta cada año. Caídas, atropellos, aplastamientos, quemaduras. La muerte cotidiana en fábricas, obras y almacenes. Todo ello lejos de las cámaras de televisión y los discursos grandilocuentes de nuestros políticos.
Y mientras tanto, la desigualdad crece de forma inapelable. Mientras las familias con inversiones financieras o ingresos por alquileres vieron engordar sus bolsillos un 22,6% en 2024, los trabajadores se apretaban el cinturón hasta directamente cortarse la circulación. Dos velocidades, dos realidades muy alejadas, pero interconectadas por una lucha de clases que pretenden ocultarnos: los que ganan más sin mover un dedo y los que trabaja sin parar para no llegar a fin de mes.
El deterioro no es solo económico, es moral, ideológico, visceralmente palpable. El trabajador que no puede calentar su casa ni dar de comer dignamente a sus hijos no solo está empobrecido: está derrotado, alienado en la marea propagandística de unos medios de comunicación al servicio del mercenariazgo y paralizado por las falsas promesas y los cantos de sirena de un sindicalismo que, como un Saturno grotesco, devora a sus propios hijos. Esta derrota no se mide únicamente en euros o kilovatios, se mide en dignidad, en la lenta extinción de la esperanza, en la demolición de la conciencia proletaria.
La precariedad se ha instalado finalmente como norma. La juventud, atrapada en empleos temporales y sueldos de miseria, renuncia a formar familias, a comprar viviendas, a tener una vida autónoma. Se aplazan los sueños, se encoge la vida. El estado español, convertido en una realidad donde trabajar ya no garantiza salir de la pobreza.
El relato oficial habla de crecimiento, de recuperación, de resiliencia y derechos individuales. Pero en la calle, en los barrios, en las colas del supermercado o en las notificaciones del próximo desahucio, entregadas por el pistolerismo fascista al servicio del capital, el relato verdadero es otro: supervivencia, resignación, rabia a duras penas contenida. El trabajador asiste a su propio naufragio, atado al mástil de una balsa que se hunde poco a poco en un destino insalvable si la violencia, la reacción, no se convierte al fin en la norma.
La desindustrialización, la desigualdad rampante, la pobreza infantil, la precarización brutal de nuestras condiciones laborales, no son fenómenos accidentales. Representan el resultado de decisiones políticas oportunamente impuestas, de estrategias económicas ajenas a nuestra capacidad de participación, de décadas de mirar hacia otro lado mientras la estructura productiva se desmoronaba.
Hoy el obrero no lleva mono azul ni gorra grasienta, pero ese no es el problema. El uniforme de la tienda de ropa, del restaurante de comida rápida o del almacén logístico de cualquier otra multinacional, ocultan la disgregación de nuestro sentimiento de pertenencia a una misma clase, un mismo destino. Nuestra condena es la misma que la de nuestros abuelos: trabajar duro para seguir siendo pobre.
Un estado de camareros, riders y currantes precarios. Un estado de desesperación, pobreza y violencia contenida. Mientras tanto, el IBEX 35 bate récords, los bancos celebran beneficios y los representantes políticos de este sistema burgués brindan y ríen en los reservados. Mientras tanto, algunos se forran alquilando pisos que antes eran hogares. Y la presión sigue aumentando…
El obrero moderno, ese que soñaba con un futuro mejor y unas mínimas garantías propias del «Norte civilizado», sigue pagando facturas, tragando inflación y alquilando un sueño que ya no le pertenece. Y por ello es hora de despertar, comprender la podredumbre que nos rodea y unir nuestro signo a todos y todas aquellas que en este mundo luchan por recuperar aquellos que les pertenece, todo aquello que sus manos producen.
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