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La época actual se caracteriza por una inflación individualista que, sin embargo, dista de ser un invento reciente. Se trata de un modo de concebir la vida, una ideología inherente a la sociedad burguesa y a las formas de producción y consumo capitalistas.
Por Antonio Monterrubio | 3/08/2025
Numerosos son los que suscriben la moraleja de la Fábula de las abejas de Mandeville: «Solo los tontos se esfuerzan por hacer de un gran panal un panal honrado». A su parecer el egoísmo, la codicia, la competencia desleal, el fraude y la estafa, el espíritu depredador, el latrocinio y el crimen son justificables porque acaban repercutiendo positivamente en la sociedad. Se suceden a lo largo del tiempo las versiones de la teoría según la cual el enriquecimiento de unos pocos al margen de la moral y la justicia termina por beneficiar a todos. Esta data de principios del XVIII. Las aberraciones y catástrofes de los últimos tres siglos deberían habernos enseñado que el eclipse total de la ética acaba pasando factura. Se nos repite que no hay vuelta de hoja, que no existe otra vía. Pero sí hay un punto de partida, y José Saramago lo dejó claro en una frase rotunda: «La alternativa al neoliberalismo se llama conciencia».
La época actual se caracteriza por una inflación individualista que, sin embargo, dista de ser un invento reciente. Se trata de un modo de concebir la vida, una ideología inherente a la sociedad burguesa y a las formas de producción y consumo capitalistas. Ya en las primeras décadas del siglo XIX, Alexis de Tocqueville le vio las orejas al lobo:
Cada persona se comporta como si fuera una extraña respecto al destino de los demás… […] puede mezclar con ellos, pero no los ve […] existe solo en sí mismo y para sí mismo. Y si sobre esta base sigue existiendo en su mente un sentimiento de familia, ya no existe un sentimiento de sociedad (La democracia en América).
El funicular que conducía a las altas cumbres del éxito se ha atascado. El estancamiento, que pocos años atrás se veía como el más temible de los castigos, se ha convertido en una meta. Amplios sectores de la población no aspiran ya a una vida mejor; simplemente esperan que las cosas no vayan a peor. La falta de seguridad, los puestos cada vez más precarios y la dieta de adelgazamiento a la que se está sometiendo al estado de bienestar no se lo ponen fácil. El trabajo había desaparecido de la centralidad cotidiana. Una sociedad volcada en el consumo, el ocio y el espectáculo daba por adquirida una dinámica laboral ascendente, sin interrupciones ni sobresaltos. De repente el empleo asalariado, o más bien su ausencia, intermitencia e insuficiencia, está de nuevo en el corazón del debate social. La inestabilidad ha venido para quedarse. Las élites necesitan con urgencia chivos expiatorios en los que las masas descarguen su malestar y su frustración.
En el campo económico, la financiarización lo subyuga y vampiriza todo. Los capitales realmente existentes se dirigen hacia las sociedades cotizadas en bolsa, el sistema bancario y la deuda pública de unos Estados a los que no se les da otra opción que financiarse en los mercados. Las secuelas de este monopolio son catastróficas. Aumentan exponencialmente las desigualdades entre países y dentro de cada uno, el comercio se hace más internacional e interempresarial, y se abre una grieta que separa el espacio económico del jurídico-político. Triunfa la desregulación y los Estados pierden buena parte de su soberanía, en primer lugar tributaria, de modo que quedan sometidos a las grandes corporaciones y fortunas. La necesidad de liquidez conduce a una interconexión que es, de hecho, una subordinación mutua entre las políticas de deuda pública, monetaria y presupuestaria. El Poder transnacional impone sus normas propias y hasta sus organismos, y la Democracia se evapora como humo por la chimenea.
Las reacciones ante esta sucesión de exigencias y el consiguiente establecimiento de un régimen económico, social y político despótico son muy mitigadas. Nadie duda que siendo tan grave la situación y tan poderoso el adversario, la simple voluntad política no sería capaz de cambiar algo significativo. Aun así, habría que esforzarse en conseguir y conservar cotas de bienestar. Por pujante que sea el entramado dominante, siempre deberá hacer concesiones que le permitan mantener la paz social. Se trata de lograr lo máximo posible dentro de nuestras limitadas opciones. Cosas altamente improbables pueden llegar si se lucha por ellas con la suficiente perseverancia.
El problema es que se carece de la ambición no ya de transformar el mundo, sino de mejorarlo. La razón política atraviesa una honda crisis. Hace tiempo que la función pública dejó de ser un modo de vida y pasó a ser un medio de vida. En lugar de vivir para la comunidad, decidieron vivir de ella. La Ciudadela no ceja en su empeño de poner en el mercado todo tipo de mercancía ideológica, incluso muy peligrosa, con tal de que sirva sus designios. Su último invento en nuestro ámbito es una herrumbrosa lanza bidente. Una de sus puntas es del más ferruginoso nacionalcatolicismo, y la otra está forjada en el acero oxidable del neoliberalismo barato. Ambas están repletas de Clostridium Tetani. Cualquier herida producida por ellas es vía abierta a su exotoxina, extremadamente potente y letal para la conciencia ética.
Aquellos pocos que se afanan en utilizar la acción institucional como instrumento de cambio chocan con un muro impenetrable. Estamos hartos de oír decir, normalmente con manifiesto alivio, que se ha cerrado la ventana de oportunidad que se abrió con la crisis. Pero esa afirmación es falsa en el sentido de que tal orificio jamás ha existido. El dominio del Tinglado es tan sólido que no hay resquicio por el que meterse para reformarlo en profundidad. Lo más que puede hacerse es arrebatarle algunos remiendos que siempre serán bienvenidos.
Y para rematar la faena, se nos presenta el rearme a precio de oro como una necesidad ineludible. Se citan a menudo, en especial en los Estados Unidos, las alertas de Eisenhower al final de su mandato sobre la amenaza que representaba la hegemonía del complejo militar industrial. Estas serias advertencias fueron emitidas por un político republicano con amplia experiencia en el Ejército, antiguo comandante de las tropas aliadas en el frente occidental durante la Segunda Guerra Mundial. A mediados de los años 80 del siglo XX, el escritor Thomas Pynchon, recordando aquellas palabras, declaraba:
Hay un poder establecido permanentemente, compuesto por almirantes, generales y corporaciones, para el que los demás somos unos pobres bastardos desclasados (¿Está bien ser un ludita? en Quimera nº 69).
En el viejo continente los pretorianos nunca han tenido tanto predicamento, pero si hablamos de fortunas y empresas transnacionales, la sentencia es aplicable aquí y ahora. Ese desdén enarbolado por los príncipes de este mundo se extiende no solo a sus súbditos, también a sus lacayos políticos y mediáticos, totalmente prescindibles, intercambiables y sustituibles. Quizás el mejor retrato del Potentado sea el que elabora Camilo ante Godínez en esa obra maestra inapelable que es La fea burguesía de Miguel Espinosa.
Yo soy […] el hombre del traje de gala, los hombros altos, la mirada fría, el gesto agrio, la voz ahuecada, la palabra vacía, el vaso en la mano; encarno la irrealidad que gobierna, la avidez de goces, la exterioridad sin centro, la ausencia de qualitas, el tedio del ser, el temor a la verdad; me vivifico en el desprecio, en el desinterés, en el desamor y en el odio […] me entrego a la inmediatez del capricho y aborrezco toda reflexión, lo débil y lo vencido me repugnan […]. Yo soy […] la trivialidad de la proposición, la carencia de expresión ética y estética […] la pasión de afrentar, […] el terror a lo espontáneo, la conformidad con lo establecido y el asco ante lo vivo […] la inmisericordia, la incompasión, la infraternidad y la antipatía ante toda existencia […] no acreditada por el Poder.
Esta colección de señas de identidad convierte al personaje en un significativo espécimen de lo que el autor denomina casta gozante. Estamos ante el perfecto contrapunto novelesco del gran clásico de la Sociología Teoría de la clase ociosa de Thorstein Veblen. Los dos libros juntos forman un díptico exquisitamente equilibrado. Una hoja presenta un panorama de ficción real como la vida misma, y la otra una realidad ficticia como su vida misma. Ante esa exhibición de autoridad, ese derroche de dominio incontestable, cualquiera de nosotros debería sentirse fracasado, impotente y derrotado. Sin embargo, ya en 1854, Thoreau había señalado un camino:
Si uno avanza confiado en la dirección de sus ensueños y acomete el vivir la vida que se ha imaginado, hallará un éxito inesperado en las horas corrientes. […] En la proporción en que haga más sencilla su vida, parecerán menos complicadas las leyes del orbe y la soledad no será tal soledad, ni la pobreza tal pobreza, ni la debilidad tal debilidad (Walden o la vida en los bosques).
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