Se cumplen dos años del genocidio de Artsakh

No me cabe duda de que esta definición de genocidio también comprende al sufrido pueblo de Artsakh, como señaló el primer fiscal jefe de la Corte Penal Internacional, Luis Moreno Ocampo.

Por Angelo Nero | 23/09/2025

“El genocidio no significa en rigor la destrucción inmediata de una nación, excepto cuando se la lleva a cabo a través del asesinato masivo de todos los miembros de un país. Debiera más bien comprenderse como un plan coordinado de diferentes acciones cuyo objetivo es la destrucción de las bases esenciales de la vida de grupos de ciudadanos, con el propósito de aniquilar a los grupos mismos.” Así definió el jurista polaco Raphael Lemkin este crimen contra la humanidad, que cada vez menos se atreven a cuestionar, para referirse a lo que el estado sionista está cometiendo en Palestina. El genocidio se ha normalizado, y hasta es televisado, sin que el mundo haga nada (o casi nada) para detenerlo. Como sigue sucediendo en los genocidios de Tigray, de Dafur o de los rohinyas, los invisibles, los olvidados, los nadies, aquellos que nombraba Eduardo Galeano: “Que no figuran en la historia universal, / sino en la crónica roja de la prensa local. / Los nadies, / que cuestan menos / que la bala que los mata.”

Acaba de cumplirse dos años desde la desaparición de la República de Artsakh, y después de consumarse la limpieza étnica total, que vació de nativos armenios todo el territorio del antiguo oblast soviético de Nagorno Karabakh, vuelvo a buscar las palabras de Lemkin, que define el genocidio como “un plan coordinado de diferentes acciones cuyo objetivo es la destrucción de las bases esenciales de la vida de grupos de ciudadanos, con el propósito de aniquilar a los grupos mismos. Los objetivos de un plan semejante serían la desintegración de las instituciones políticas y sociales, de la cultura, del lenguaje, de los sentimientos de patriotismo, de la religión y de la existencia económica de grupos nacionales y la destrucción de la seguridad, libertad, salud y dignidad personales e incluso de las vidas de los individuos que pertenecen a dichos grupos. El genocidio se dirige contra el grupo nacional como una entidad, y las acciones involucradas se dirigen contra los individuos, no en su capacidad de individuos, sino como miembros del grupo nacional.”

No me cabe duda de que esta definición de genocidio también comprende al sufrido pueblo de Artsakh, como señaló el primer fiscal jefe de la Corte Penal Internacional, Luis Moreno Ocampo, un genocidio que no terminó el 25 de septiembre de 2023, cuando los últimos resistentes de Stepanakert y de las poblaciones que todavía estaban bajo control armenio, cruzaron el corredor de Lanchín, dejando atrás sus casas y sus campos, la vida que hasta entonces conocían, y no terminó porque desde que se hizo efectiva la ocupación azerí, el genocidio buscó otras vías para consolidarse. Convirtiendo iglesias en mezquitas, arrasando con el rico patrimonio cultural armenio, demolieron los edificios de la administración civil artsakhiana, derribaron monumentos e incluso removieron la tierra de los cementerios, lo que es parte de un genocidio cultural destinado a borrar la huella armenia en todo Nagorno Karabakh.

Son muchas las similitudes entre el genocidio armenio y el palestino. No olvidemos que el primero comenzó en 1915, cuando el gobierno turco ordenó el exterminio de dos millones de armenios -y también de griegos pónticos, asirios y caldeos-, y que, como en el bloqueo de Artsakh que comenzó en 2022, también se utilizó el hambre como arma -durante diez meses se les negó la entrada de ayuda humanitaria, se les cortó el suministro de agua y de gas-, y el desplazamiento forzado de la población. Más de 100.000 armenios y armenias fueron obligados a abandonar su territorio en 48 horas, iniciando un éxodo incierto, al que el mundo asistió en silencio.

Hace un año recordaba que tras el genocidio armenio de 1915 “cuando Hitler ordenó a sus ejércitos la invasión de Polonia, dijo: «quién se acuerda hoy de los armenios». Los nazis pudieron iniciar su propio holocausto gracias al olvido, y ese olvido fue el que llenó los campos de exterminio donde, esta vez judíos, gitanos y prisioneros políticos -como los republicanos españoles- fueron pasados por las cámaras de gas.”

También señalaba entonces el peligro de ideologías como el sionismo o el panturanismo, que promueven la limpieza étnica, y que tienen entre sus promotores a personajes tan siniestros como Benjamin Netanyahu, Recep Tayyip Erdoğan o Ilham Alíyev, para los que los palestinos, los armenios o los kurdos son pueblos inferiores a los que hay que exterminar.

Sin embargo, a pesar del genocidio, Artsakh, como Gaza, sigue existiendo, en todos y cada uno de los artsakhianos y gazatís que no se rinden, y en todos los armenios y palestinos de la diáspora que no se olvidan, y que forman parte de la resistencia de un pueblo que sigue en pie, y que nos pide que sigamos denunciando este crimen contra la humanidad, de la cual formamos, para mal o para bien, todos y todas parte.

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