![]()
Pablo Iglesias, el ‘John Connor’ de la política española, el elegido que debía despertar a las masas de la Matrix del bipartidismo, ha resultado ser otro ‘Isidoro’ con coleta.
Por Alejandro Giménez Sánchez | 22/09/2025
Los hijos de los demás dan igual.
No importa si tu hijo va a un colegio público donde las ventanas tienen cinta aislante porque el cristal se cayó en 2018.
No importa si su clase tiene 35 niños.
No importa si su mochila pesa más que su cuerpo, si no hay libros nuevos, ni biblioteca, ni psicopedagogo, ni siquiera papel higiénico en el baño.
No importa.
Mientras los hijos de la plebe se ahogan en las cloacas de una educación pública saqueada, vendida y dejada morir por la incompetencia y la desidia de los mismos que predican igualdad desde sus púlpitos de hipocresía, una verdad se abre paso entre los escombros del sueño colectivo: solo importan los hijos de Pablo Iglesias e Irene Montero.
Los tuyos, los míos, los de aquel concejal de pueblo que un día creyó en la revolución y ahora tiene las ruedas del coche pinchadas y el apellido marcado a fuego en la plaza del pueblo, no merecen más que el destino de los condenados: un colegio público infrafinanciado, un profesorado exhausto y quemado por la burocracia absurda, unas aulas que se caen a pedazos y un futuro que huele a naftalina y derrota. Sus vidas son daños colaterales en la gran batalla narrativa de la izquierda boutique, esa que se preocupa más por el relato que por la realidad, más por la pureza ideológica que por el niño que se queda sin logopeda porque la administración no paga al especialista.
Pero los vástagos del sumo sacerdote del populismo ilustrado, esos pequeños príncipes del circo mediático no pueden exponerse a la contaminación de lo vulgar. Su misión es demasiado importante: deben ser educados en un gueto privado y elitista, lejos de la chusma, protegidos por muros de dinero y seguridad privada, para poder algún día liderar a las masas desde la atalaya de la pureza ideológica. Ellos son la inversión de futuro, la semilla sagrada que debe salvar a la plebe de sí misma. Para ellos, crowdfunding, campañas de solidaridad de la
progresía de salón y portadas de revistas. Para los demás, la lotería de nacer en el código postal equivocado y la resignación.
Es el cuento de hadas más cínico de la era moderna: la pareja real de la izquierda caviar, vestida con la armadura de la victimización, pidiendo protección a un estado y unas instituciones a las que no dudan en vilipendiar cuando no les son útiles. La misma judicatura parcial y corrupta que señalan como brazo armado del fascismo se convierte, por arte de magia, en su escudo personal cuando la turba furibunda llama a su puerta. A esos mismos agentes que detienen a jóvenes antifascistas mientras ellos duermen tranquilos en su chalé de Galapagar, con puertas blindadas y cámaras de seguridad. ¿Dónde estaba esa protección para la concejala de un pueblo perdido de Extremadura a la que acosaron hasta la extenuación por colocar una bandera morada en el balcón? ¿Dónde para el edil anónimo al que le grabaron ‘etarra’ en la puerta de su casa por promover un centro social? Esos militantes de base, carne de cañón del sueño podemita, lo dieron todo por una promesa de cambio y se quedaron con el estigma, la deuda y el miedo. Sus hijos, los auténticos damnificados, los que sufren el acoso en el patio del colegio por los ideales de sus padres, esos no merecen un colegio privado. Esos aguantan. Esa es su cruz y su misión: sufrir en silencio para que la saga Iglesias-Montero pueda seguir protagonizando la épica del héroe perseguido.
Pablo Iglesias, el John Connor de la política española, el elegido que debía despertar a las masas de la Matrix del bipartidismo, ha resultado ser otro Isidoro con coleta. Un burgués más que, cuando el calor aprieta, corre a refugiarse en los brazos de la estructura que dice combatir. Mientras predica la revolución desde la pantalla, su prole se educa en los mismos centros de excelencia que los hijos de los banqueros a los que tanto denuesta. La contradicción no es un accidente, es la esencia del proyecto: la lucha de clases como espectáculo, la revolución como
marca personal.
Y eso que se denomina izquierda, esa masa amorfa y sentimental, renuncia al pensamiento crítico para abrazar el sectarismo más fanático. Perdonan todo en nombre de la causa, absolverán cualquier contradicción, cualquier traición, con tal de no tener que admitir que les vendieron humo. Criticar al líder es herejía, es hacerle el juego al enemigo. Así construyen su religión: con dogmas, con santos y con pecadores excomulgados. Los hijos de los mártires anónimos que se dejaron la piel en los pueblos no son santos, son sólo feligreses. Prescindibles.
Mientras, el sueño se pudre. Las aulas públicas se convierten en almacenes de futuros precarios, las ratios se disparan, los contenidos educativos son una broma pesada escrita por tecnócratas iluminados. Da igual. Lo importante es que los pequeños Iglesias-Montero tengan la mejor educación que el dinero puede comprar. Para que, cuando les llegue el turno, puedan seguir gobernando el redil y contándonos el cuento de que la justicia está a la vuelta de la esquina. Siempre a la vuelta de la esquina. Siempre.
Aun recuerdo cuando la “nueva izquierda” gritaba: “¡La escuela pública es nuestra!”
Y mientras tanto, en los pueblos, en los barrios periféricos, en las ciudades olvidadas, había concejales que se creían el cuento. Que gritaban contra la derecha, y luego volvían a casa a ver cómo su hijo era llamado “hijo de comunista” en el patio del cole. Nadie les dio cobertura. Nadie les envió ayuda. Nadie les dijo: “Vamos a hacer un crowdfunding para que tu hijo no sea el chivo expiatorio de nuestra hipocresía.”
En cambio, cuando Pablo Iglesias dice: “Estoy siendo atacado por la extrema derecha”, la esfera mediática de la izquierda woke se moviliza. Se les convierte en víctimas de culto. Y sus hijos… sus hijos pasan de ser niños a ser símbolos de resistencia. Pobrecitos, dicen. Tienen que ir a un colegio privado porque la derecha los persigue.
¡Qué tragedia! ¡Qué injusticia!
¿Cuántos hijos de militantes antifascistas han sido estigmatizados en el aula hasta el punto de perder la infancia? ¿Cuántos hijos de mujeres que lucharon por el derecho a decidir sobre su cuerpo han tenido que soportar que sus compañeros les gritaran “tu madre es una puta roja” en el recreo?
Nadie les protegió. Nadie hizo crowdfunding. Nadie les escribió cartas de apoyo desde el Congreso. Nadie les regaló un curso de mindfulness para superar el trauma de ser hijos de quienes osaron decir la verdad.
Pero ¿qué es lo peor? Que todo esto es funcional al sistema. Porque el sistema necesita santos. Necesita mártires que parezcan caídos por la causa, pero que en realidad están bien instalados en ella. Necesita un líder que hable de justicia social…pero nunca de redistribución de privilegios. Un líder que critique la desigualdad…pero que jamás se plantee renunciar a sus privilegios.
Pablo Iglesias no es un hipócrita, ni un traidor. Es un producto perfecto del sistema. Un Isidoro 2.0, con mejor imagen, más Instagram, y una capacidad magistral para convertir la crítica en espectáculo y victimización. El hombre que fue capaz de vender la indignación como marca personal. El político que transformó el odio de la derecha en merchandising para su lucro personal. El que sabía que la única manera de sobrevivir en el capitalismo era convertirse en su mejor anuncio.
Y lo de sus hijos…sus hijos son la prueba final de que la izquierda woke no quiere cambiar el mundo. Solo quiere que el mundo cambie para ellos. Mientras tanto, los hijos de los demás, los de los obreros, los de las enfermeras, los de los docentes agotados, los de los que no tienen dinero para pagar un gueto privado, siguen siendo lo que siempre han sido: Prescindibles. Y eso no es una coincidencia. Es diseño.
Y así, mientras el colegio público se derrumba, los hijos de Pablo Iglesias aprenden a pensar…en un entorno donde nadie les grita “rojo”. Donde nadie les pregunta por qué no llevan nada para almorzar. Donde nadie les exige que sean ejemplos de sacrificio. Donde, simplemente, pueden ser niños. Porque la dignidad, la de ellos, no se consigue con derechos, sino con tu dinero. No es hipocresía. Es estrategia. Ellos no quieren igualdad. Quieren privilegios.
Y tú…tú sigues firmando el cheque. Con tu silencio. Con tu esperanza de que “algún día será tu turno”. Pero no. El turno nunca llegará de manos de quien te ha usado como un instrumento, jamás te dejará ser protagonista.
Mientras tanto, los hijos de Pablo Iglesias…viven en un mundo donde la dignidad se compra. Y tú…tú les pagas la factura. Y nosotros, los que seguimos creyendo en la palabra “justicia”, somos obligados a guardar silencio. Porque si decimos algo, nos llaman “rojipardos”. Nos llaman “resentidos”. Nos llaman “antiguos”. Nos llaman “traidores”. Pero no. No somos traidores. Somos los únicos que aún recordamos que una revolución que no salva a los hijos de los pobres no es una revolución. Es teatro. Y si la supuesta izquierda sigue eligiendo salvar solo a los hijos de los burgueses, entonces no estamos ante una crisis política. Estamos ante el asesinato de la izquierda española.
Se el primero en comentar