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A lo largo de los siglos XVI y XVII el personaje de Robin Hood se volvió extraordinariamente popular en las fiestas de mayo inglesas y en los teatros ambulantes.
Por Anabel Castillo | 9/12/2025
La figura de Robin Hood es uno de los mitos más duraderos y queridos de la cultura inglesa, un personaje que ha pasado de ser un nombre susurrado en los tribunales medievales a convertirse en símbolo universal del ladrón que roba a los ricos para ayudar a los pobres. Su origen, sin embargo, no está en un único hombre histórico ni en un relato fundacional claro, sino en un lento proceso de acumulación de leyendas populares que comenzó en la Inglaterra de los siglos XIII y XIV.
El nombre Robin Hood o sus variantes (Robehod, Rabunhod, Hobbehod) aparece por primera vez en documentos judiciales ingleses entre 1261 y 1300. No se trata de una persona concreta, sino de un alias que algunos delincuentes adoptaban o que los escribanos les ponían. Ya en esa época el nombre parecía llevar consigo cierta aura de bandido astuto y escurridizo, lo suficientemente conocida como para usarse de forma genérica.
Las verdaderas historias que dieron forma al personaje surgieron algo más tarde, en el siglo XV, en forma de baladas anónimas escritas en inglés medio. Las más antiguas que se conservan son Robin Hood and the Monk, Robin Hood and the Potter y, sobre todo, A Gest of Robyn Hode, una narración larga impresa hacia 1500 que reúne varios episodios y que ya contiene casi todos los elementos esenciales: un hombre libre de condición humilde (yeoman), vive escondido en el bosque de Sherwood o en el de Barnsdale, es un arquero incomparable, engaña y humilla al corrupto sheriff de Nottingham, desvalija a abades y priores ricos, protege a los pobres y mantiene una lealtad ferozmente alegre junto a compañeros como Little John, Much the Miller’s Son y Will Scarlet. En estas primeras versiones no aparece todavía ni el fraile Tuck ni, mucho menos, la doncella Marian, que son incorporaciones posteriores.
A lo largo de los siglos XVI y XVII el personaje se volvió extraordinariamente popular en las fiestas de mayo inglesas y en los teatros ambulantes. Robin Hood y sus hombres eran representados en los May Games como reyes del bosque verde, señores de un mundo al revés donde el pueblo celebraba su propia justicia. En esa época el mito ya había perdido cualquier posible vínculo con una persona real y se había convertido en arquetipo del bandido noble, un motivo que, por otra parte, existía en muchas otras culturas europeas.
El gran cambio en la interpretación llegó en el siglo XVIII y sobre todo en el XIX. En 1795 el anticuario Joseph Ritson publicó una recopilación de las antiguas baladas acompañada de un prólogo radical en el que presentaba a Robin Hood como un héroe revolucionario, un defensor de los sajones oprimidos por los conquistadores normandos y un precursor del igualitarismo. Aunque esa lectura política era más propia del clima ilustrado y jacobino que de las baladas medievales originales, caló profundamente. Pocos años después, en 1819, Walter Scott incluyó al personaje en su novela Ivanhoe bajo el nombre de Locksley, lo convirtió en un noble sajón desposeído y lo situó en tiempos del rey Ricardo Corazón de León y el príncipe Juan sin Tierra. Con Scott, Robin perdió su origen campesino y se aristocratizó, pero ganó en romanticismo y en alcance internacional.
Desde entonces la leyenda no ha dejado de crecer y transformarse. El cine, la televisión y la literatura infantil del siglo XX han mezclado todos los ingredientes: el Robin campesino de las baladas, el noble sajón de Scott, el enamorado de Marian (que empezó siendo un personaje de las fiestas pastoriles del siglo XVI y terminó convertida en su gran amor), el fraile bebedor y pendenciero, los alegres hombres vestidos de verde Lincoln y el lema “robar a los ricos para dar a los pobres”, frase que fue acuñada en el siglo XIX.
A día de hoy, después de siglos de reelaboraciones, resulta imposible señalar una única fuente histórica o literaria como origen definitivo. Robin Hood no nació de un solo hombre ni de un solo relato, sino que es el resultado de una larga tradición oral campesina que fue recogida en baladas, dramatizada en fiestas, reinterpretada por escritores románticos y finalmente convertida en icono global. Es, en esencia, el sueño colectivo de una justicia popular que castiga la codicia de los poderosos y protege a los desvalidos, un sueño que la Inglaterra medieval empezó a contar hace más de setecientos años y que el mundo entero sigue repitiendo.
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