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La premio Nobel Olga Tokarczuk lo expresa con claridad: la ternura es el arte de personificar, de compartir sentimientos, de descubrir similitudes.
Por Isabel Ginés | 5/03/2025
El otro día fui al museo y me quedé mirando un cuadro. Un cuadro que me conmovió y me llenó de ternura: el abrazo de una hija a su madre enferma. Me detuve ante esa imagen con una sensación difícil de describir, una mezcla de melancolía y calidez. Había en ese gesto una verdad profunda, algo esencial. Pensé: ¿qué es el mundo sin esto? No es nada. Es ternura es conmoverme Quiero conmoverme siempre y defender la ternura como acto de supervivencia en este frío mundo.
Vivimos en una época marcada por la velocidad, por la prisa constante. Todo parece urgirnos: responder rápido, avanzar sin pausa, consumir información en fragmentos breves, sentir sin detenernos demasiado en ello. La vida se desliza entre pantallas, titulares efímeros y exigencias constantes. Nos acostumbramos a la inmediatez y al consumo acelerado de emociones. Pero, ¿qué sucede cuando nos detenemos? ¿Cuándo miramos de cerca?
Ahí, en ese espacio de pausa, aparece la ternura.
La ternura como acto de resistencia
La premio Nobel Olga Tokarczuk lo expresa con claridad: la ternura es el arte de personificar, de compartir sentimientos, de descubrir similitudes. Es la capacidad de ver al otro no como un ente ajeno, sino como alguien con quien compartimos la experiencia de la vida. La ternura es la forma más modesta del amor, la que no necesita ser grandilocuente, la que no se impone ni exige reconocimiento. No tiene himnos, no se jura ni se inmortaliza en promesas. Pero es, sin embargo, lo que da sentido a nuestras relaciones.
Es gracias a la ternura que “la tetera comienza a hablar”, que los objetos cotidianos adquieren significado, que los gestos mínimos construyen lazos. Es gracias a la ternura que una madre enferma recibe el abrazo de su hija y que ese abrazo trasciende, llegando incluso a conmover a quien lo observa en un cuadro.
Reivindicar la ternura en este mundo no es un gesto ingenuo ni sentimentalista. Es un acto de resistencia contra la indiferencia, contra la deshumanización que impone el ritmo de lo inmediato. En un mundo que nos empuja a la productividad constante, detenerse a sentir, a mirar con atención y con cuidado, es casi un acto subversivo.
Quiero sentir ternura. Quiero cultivarla. Quiero que me conmuevan los gestos simples: un cuadro, una mirada, un diálogo con una amiga, la frase inesperada de un libro. Quiero que la ternura no sea solo un instante efímero, sino una forma de habitar el mundo.
Necesitamos reivindicar la ternura como una forma de entender la vida. No como un refugio ingenuo, sino como una fuerza que nos permite conectar con los demás. Porque la ternura no es debilidad. Al contrario, nos hace más humanos. Nos recuerda que la vida no se trata solo de avanzar, sino también de sentir, de crear espacios donde el afecto sea posible.
La ternura ayuda a establecer vínculos, a fortalecer el amor, a reconocer en el otro algo propio. Nos conmueve y nos reconforta. Y en un mundo que tantas veces se muestra hostil, tal vez sea la ternura lo único que nos salve.
Al final, nadie saldrá vivo de esta vida. Pero si dejamos una huella de ternura en los demás, el camino será mejor.
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