Reinos sin justicia

Los privilegios o los fueros son la esencia de la decadencia de la calidad de la democracia

Por Alberto Vila

«Sin la Justicia, qué serían en realidad los reinos sino bandas de ladrones» San Agustín 

El concepto  de Justicia se define como el principio moral que inclina a obrar y juzgar respetando la verdad y dando a cada uno lo que le corresponde. Sin más. Si la vara de medir depende de lo medido, no hay justicia. La discriminación es la degradación de lo justo.

Pretender proteger a  ciertas personas e instituciones del escrutinio público es una invitación a que finalmente las tentaciones se impongan por sobre las obligaciones que le son propias. Los privilegios o los fueros son la esencia de la decadencia de la calidad de la democracia. 

Por qué en los Estados democráticos los poderes se contrapesan entre sí como un modo de evitar la corrosión que conlleva la sensación de impunidad o de inequidad. El Statu Quo procura que se entrelacen «favoritismos» cruzados que, en la práctica terminan arribando a la cooptación. Ello supone, de facto, las inevitables colusiones que nos han traído hasta aquí.

Se confunden las lealtades constitucionales con las correspondientes a instituciones comprendidas por esta. La monarquía por ejemplo. Así se termina atribuyendo, por el statu  quo, legitimidad a los actos ilegítimos que se pudieran cometer a su amparo. La justicia, al decir de un ministro del Opus, se podía «afinar».

Se jura la bandera. Se debe obediencia a la Corona. A figuras religiosas. A España, sin precisar que supone esto. La obediencia a grupos filosóficos. A ocultar las atrocidades del pasado. Las lealtades se confunden. Los secretos oficiales se prolongan más allá de los límites previstos. Hay una sensación de ocultamiento. Inadmisible, porque todas esas instituciones no pueden estar por encima de la propia Constitución.

Así, dados los acuerdos oscuros de la Transición, tenemos lealtades que se imponen aunque colisionen con el marco jurídico constitucional. Todo esto produce tanta confusión como puede hacerlo la celebración del nacimiento de Jesús en el Solsticio de Invierno o el curioso desarrollo del Caso Infanta junto al del Caso Undargarin, o al desmantelamiento de la UDEF en plena instrucción de los casos de corrupción. Se apela al «sentido de Estado».

Lo que debería hacer de nuestro sistema político, económico y social, algo sólido y equitativo, es la existencia de Poderes Democráticos que lo hagan posible. Que sea este equilibrio cruzado quien impida la comisión de transgresiones de otros poderes, como así también la de otros poderes de impedir los abusos de jueces y fiscales. Como el nombramiento de jueces afines que se proponen los miembros conservadores del Consejo General del Poder Judicial con su mandato caducado.

Esto trae aparejado la necesidad de una regulación de los fueros y del sistema de elección de los magistrados. En muchas ocasiones tras ella se parapetan los corruptos. Los ciudadanos deben ser conscientes de lo que se juega la calidad democrática española. De ello depende nuestro futuro como Estado y el de las personas que lo habitan. 

 


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