Re-conocernos

“Uno ya no es uno mismo en ocasiones así y es doloroso no ser uno mismo, aún más doloroso saber que cuando uno lo es” Samuel Beckett

Puertos33

Nos resulta imposible concebirnos sin sujeto alguno: la ausencia de identidad, oír el “yo” que nos habla. El “yo”, como nos diría el pensador danés es una relación consigo mismo. El “yo” es la voz que se nos aparece. El mismo pensador señalaría de su época que bajo las directrices estéticas se esconde una melancolía común a todos. Es decir, a mayor melancolía en la sociedad mayor es la superficialidad de sus ciudadanos. Es imposible desligarse de dicha oscuridad que al menos, todos sentimos una vez en la vida. Mayor esclavo es a nuestros días quien cree no sentirla, quien se atreve a afirmar en público un “estoy bien” —Hasta C. Tangana representante del circo diario ha sabido interpretarlo—.

Allí donde hay una obsesión por lo sano subyace la mayor de las enfermedades. Como si de “médicos” nos tratásemos tendríamos detectar el conflicto con el “yo” que nos gobierna. Todo conflicto que lejos de reconstituirnos en una comunidad cada vez más diluida —somos fruto de una orfandad sociológica—, nos pone contra las cuerdas. Esa voz de la que habla Bojack puede hablarnos porque no está en nosotros, se relaciona con nosotros; mejor dicho, es la relación misma.

Es curioso que para remarcar los defectos actuales —Sólo hace falta releer a Han— tengamos que volver a viejas voces olvidadas. Si toda verdad viene de los márgenes, puede aparecer en cualquier espacio. Según se diluye la sociedad entre los supuestos “yo” de sus miembros, más evidente queda la ausencia de los mismos. En tanto mayor es la exigencia de lo identitario, más constatamos que dichas identidades solo existen de manera discursiva. Ninguna minoría social puede rebelarse desde dichas identidades. Atreverse a decir (Yo soy) es reconocer el desconocimiento total de lo común. No soy desde lo subjetivo, soy en lo comunitario. Mi voz me habla en tanto es hablada.

No se trata de obviar las diferencias, se trata de reconocerse entre las conexiones. Todo vínculo es un acto de revolución en un camino que aboga por la desaparición de los mismos. El amor, en tanto nos descubre esa ausencia de lo propio, es subversivo en sí mismo. No hay vínculo porque no hay “yo” al que ligarse. El poliamor se muestra más como un compartir de soledades que como una exaltación de los vínculos. No podemos unirnos en tanto no hay nada a lo que unirse. Cuando nos encontramos con esta triste verdad, la “depresión” nos habla. La tragedia de nuestra época es reconocer los límites de la realidad. Es imposible concebir la revolución mundial de cualquier partido en tanto no hay nadie a quien revolucionar.

Desconstruirse es reconocerse frente al otro, junto al otro. De alguna manera vivir es ser consciente de que se vive. Para poder acabar con esa melancolía difusa que nos acompaña en nuestro día a día como posibilidad, no basta con no estarlo, habría que asumir que siempre podemos estarlo. Nuestra misión no es erradicar la conciencia de la responsabilidad de vivir, es asumir la responsabilidad misma. Todo lo importante vuelve, sino no lo era nos dice nuestro coetáneo gallego Ignacio Castro. Relacionarse con esa infinitud del instante, encontrar las herramientas, para que las tres instancias del tiempo se mezclen y aprendamos a bailar entre ellas.

Si nuestro día a día era una entrega del “yo” a diferentes fines: trabajo, pareja, sueños… la pausa del Covid-19 nos ha mostrado que el “yo” primero tiene que relacionarse con uno mismo. Que la trinidad cristiana tiene presencia en la trinidad humana de mente, cuerpo y conciencia. Toda superación que de la que nos habla Nietzsche parte de ese reencuentro entre las relaciones propias. Negamos bajo la “toxicidad” moderna las carencias de cada uno de nosotros. Nos entregamos sin sustancia alguna. Entregamos la idea del “yo” no el “yo”. Hasta que no reconozcamos en nuestro tiempo que querer ser, no es ser. Que querer estar, no es estar —nadie está sano— es improbable cualquier cambio mundial. La revolución primero nos tendría que conducir al “prójimo” que nos diría la biblia.

Si algunos pensadores vuelven a ciertas filosofías de lo subjetivo, no es que huyan de esa realidad que nos aprieta. Es que las posibles soluciones a la misma se encuentran en los viejos secretos escondidos bajo la cientificidad de lo moderno. En tanto la ciencia ha crecido mayor es la cárcel global. Por ello que todo aprendizaje necesita de un desaprender previo. No es casual que bombardeemos todo atisbo de cualquier tribu que nos aparezca; desde la economía sumergida hasta los rituales. En esto el mundo Kurdo tendría mucho que enseñarnos. Occidente tendría que re-conocer lo sensitivo que tanto tiempo lleva callado. Un ejemplo de este cinismo europeo es la felicidad danesa que esconde una de las mayores tasas de suicidio. 


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