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La acción se desarrolla en el pequeño pueblo de Lanca, donde las minas han cerrado ya hace tiempo, un escenario donde la ceniza parece cubrir un pasado de lucha y de trabajo, y donde unos pocos han sabido aprovecharse.
Por Angelo Nero | 18/03/2026
A principios de esta año descubrimos (nunca es tarde cuando la letra es buena) uno de esos proyectos editoriales que surgen de la Memoria proletaria, de esas historias pequeñas que interpelan a nuestra clase, en un momento en que no son pocos los que se cuestionan la pertenencia, los que escuchan los cantos de sirena del capital y desertan de la trinchera de la lucha obrera.
La Trilogía Minera, editada por Pez de Plata, escrita por la periodista Aitana Castaño e ilustrada por el dibujante Alfonso Zapico, nos regaló “Los niños de humo”, en 2018, y “Carboneras”, en 2020, para cerrar el ciclo dos años después con la publicación de “Rastros de ceniza”. De las dos primeras obras ya hemos hablado en estas páginas, por lo que hoy recomendaremos la tercera, una novela con ritmo de thriller que pone sobre la mesa las voces de un pasado que la ley del silencio quisieron acallar, y que conecta la lucha antifranquista en las cuencas mineras, con las que se dieron en la Transición, donde hubo muchos héroes anónimos, pero también no pocos villanos.
La acción se desarrolla en el pequeño pueblo de Lanca, donde las minas han cerrado ya hace tiempo, un escenario donde la ceniza parece cubrir un pasado de lucha y de trabajo, y donde unos pocos han sabido aprovecharse. Sobre políticos y sindicalistas con pocos escrúpulos se asoma la sombra de la corrupción, que amenaza con salir a la luz cuando la alcaldesa del pueblo aparece colgada sobre las escaleras del ayuntamiento. Una joven periodista local, Aurora Montes, descubre el cadáver de la regidora, y decide tirar del hilo para descubrir un caleidoscopio de personajes con una cosa en común: todos guardan algún secreto inconfesable. Desde Telvi, la limpiadora del ayuntamiento, hasta El Pantera, el poderoso líder sindical.
Con un ritmo casi cinematográfico, la novela nos llevará a los calabozos del franquismo, donde los mineros rebeldes eran torturados hasta la muerte, a los despachos donde se fraguaron las traiciones de la Transición, el cierre de las minas y el reparto de las ayudas que no llegaron a los que tenían las manos tiznadas de carbón, por sus páginas desfilaran yonquis como El Perla y policías como Remo Vieira, recorreremos galerías que ocultan amores secretos, y buscaremos una libreta de Peppa Pig donde se hace inventario de los crímenes del pasado que afloran en el presente.
A Aurora Montes le mueve la memoria de su tío abuelo Ino, que sufrió la represión franquista, y se adentrará en territorio hostil para buscar una cierta reparación, enfrentándose a políticos, sindicalistas, empresarios y a sus propios fantasmas. También tiene que luchar contra la nostalgia, de ese tiempo perdido, cuando las minas todavía escupían carbón, las barricadas se defendían con puños solidarios y había lugar en la prensa para el periodismo de investigación.
Otra vez hay que señalar la fantástica aportación de las ilustraciones del maestro Alfonso Zapico, que ayudan a estimular la imaginación para situarnos en esa atmósfera de Lanca, donde, entre los rastros de ceniza, asoma la Memoria dibujada con un trozo de carbón.
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