Quien calla consiente y otorga legitimidad

Es necesario fortalecer el movimiento de la Memoria Antifascista para rescatar y difundir la historia que debe combatir el programa del silencio continuista y borbónico.

Por Xavier Moreda / Vigo Antifascista

Derecho a la memoria versus derecho al olvido, para quien no sabe de las dificultades que supone en Galiza la búsqueda de las víctimas del genocidio en el archivo militar de Ferrol. En pleno siglo XXI, no está digitalizado, todos los papeles metidos en cajas y atados como haces de papeles viejos y maltratados. De inmediato uno piensa en la responsabilidad, simplemente, de tocar esos papeles por su valor y porque al instante, uno sabe que su familiar o sus familiares forman parte de esa mayoría, de ese pueblo perseguido, asesinado, encarcelado… en nombre de una nueva legalidad fascista impuesta contra la legitimidad de los derechos alcanzados en la corta etapa republicana y con mucho sudor y sangre, antes y durante el advenimiento de la República.

Lo más impresionante es, después de fotografiar cada página, cuando comienzas a pronunciar, por ejemplo, los nombres de tantas personas que cayeron asesinadas en la Porta do Sol, en Vigo. Cuando lees los documentos, ya en casa, fotografiados, también piensas en la responsabilidad, no solo de las distintas administraciones sino también de los “estudiosos e investigadores” convertidos en simples coleccionistas de vidas o muertes que consciente e inconscientemente incurren en el error de situarse en la falsa equidistancia, por omisión, por comodidad o por cobardía, ¿por desidia? Yo no dormiría tranquilo si hubiera sido uno de esos únicos privilegiados que pudieron acceder a los archivos y no publicaron sus valiosísimos hallazgos. Esas vidas negadas, omitidas, ausentes…que fueron varias veces encarceladas, vilipendiadas o violadas. Vidas secuestradas por algunos investigadores o académicos que por vagancia, irresponsabilidad o falta de sensibilidad no fueron jamás publicadas.

Soy de los clásicos: no hay derecho sin deber, y menos, debiera haber privilegios de los estudiosos que debieran sentirse moralmente obligados a posibilitar a la sociedad esos hallazgos. Obligados a la divulgación, a la explicación para la asimilación de lo inédito, de lo inaudito. Traducir o interpretar la tragedia para poder ser explicada en lenguaje inteligible.

Las causas son los papeles que documentan en gran parte, los asesinatos sistemáticos del enemigo: la inmensa mayoría de la población que era a priori, culpable. Pero sería muy interesante tener la capacidad, de hacer el ejercicio de olvidar momentáneamente los lazos familiares. La familiaridad que tiene sus peligros, concretamente si nos aferramos cómodamente a lo escuchado durante mucho tiempo en nuestro entorno, ese error familiar o leyenda comúnmente aceptada a la que llamamos tradición, lo que nos fueron contando y comenzar a leer como si, a priori, no supiésemos nada.

Porque ellos, los “perpetradores”, mencionándolos con ese adjetivo que generaliza y no tipifica el delito, estaban orgullosos y documentaron casi todo, he ahí los archivos. Debo agradecer a los asesinos y a todos sus secuaces, a las autoridades franquistas, el trabajo minucioso por lo bien que hacían su trabajo de documentación de la represión y del genocidio en Galiza. Ahora mi hermana, Giovanna Moreda la que entró en el archivo y tuvo que fotografiar más de 4.000 páginas, en varias largas mañanas y a la velocidad que determina el tiempo decretado por la administración, y yo, con muchos miembros de nuestra familia y amigos, comprendemos todavía más lo sucedido y pasa como con la música o la poesía: cuando se comprende estamos más cómodos con ella. Podemos explicarnos y vamos a publicar lo que intuíamos, lo que ahora es evidente.

Ellos, todo el aparato represor del estado fascista, tienen derecho a la memoria, como las víctimas. La lengua, las palabras son vehículos y consecuencia de los sentimientos y transmiten prejuicios y descripciones de otros que tienen la creencia de que lo raro o lo distinto necesita ser eliminado, esto forma parte del argumentario de los genocidas, el genocidio galego no hubiera sido posible sin el apoyo y la participación de la población gallega colaboracionista, secretarios de juzgados incluidos. El olvido programado por los comisarios, tampoco.

En el llamado estado democrático debemos exigir el derecho a la memoria, igualitario ¿Quién asesino a los nuestros? Un juez en España avala que no sea eliminado de internet el nombre del secretario del juzgado que condenó a muerte a Miguel Hernández.

La sentencia confirma la resolución del rector de la universidad de Alicante y desestima la demanda por “derecho al olvido” presentada por el hijo del aludido. Entiende que debe prevalecer “la libertad científica del investigador en un trabajo de investigación histórica, frente a la protección de datos personales”

Al Reino de España, ese nostálgico y anómalo estado de derecho, debemos exigir, más que nunca, derecho a la memoria igualitario ¿quién asesinó en nombre de Dios y por España y su glorioso movimiento? Nos contentamos con poco, quien calla consiente y otorga legitimidad. Lo que podría haber sido todo un éxito para los militantes de la memoria antifascista no deja de ser un apaño que no tenemos más remedio que celebrar porque es mejor eso que la ocultación de la verdad.

Una interpretación jurídica que debiera ser innecesaria ¿Por qué es admitida a trámite una demanda de ese tipo? Nosotros sí que debiéramos demandar a los que después de ochenta y cinco años tienen en mal estado los archivos. Un juez que no conozco, pero seguro que tuvo que hacer funambulismo jurídico para decir algo que con suerte podría sentar jurisprudencia. Necesitamos normalidad democrática, derecho a la memoria sin tener que buscar subterfugios: hacer pública la legalidad, los dictámenes, las sentencias de los tribunales no puede ser un delito.

Para la historia y para la memoria antifascista, la legalidad de los asesinos demuestra que ellos, los precursores del GLORIOSO ALZAMIENTO NACIONAL, y de la consecuente legalidad creada a la medida de los “perpetradores”, del autoproclamado bando nacional, una caterva de traidores que inventaron una nueva legalidad franquista, quiero decir: jueces, verdugos y todos sus colaboradores necesarios para la sustentabilidad del régimen franquista que muchos pretenden amnistiar también con el olvido. Ellos fueron autores confesos de las muertes que narran por escrito en sede judicial.

Los asesinos, para nosotros, llamados por ellos patriotas, también tienen derecho a la memoria, a ser recordados por sus hechos que firmaron y documentaron de manera bastante clara, he aquí su legado y sus legajos en los archivos que ellos elaboraron y que todavía el régimen borbónico tiene miedo o vergüenza hacer públicos. Pero entendemos que los hijos no tienen culpa de lo que sus padres hicieron, es por eso mismo, que la memoria es colectiva, no pertenece a las familias, ni debe pertenecer. La memoria familiar forma parte de la intimidad. El sentido familiar es bien otro y dentro de una misma familia cada uno tiene el suyo, no siempre es compartido. Es eso: familiar.

Es necesario fortalecer el movimiento de la Memoria Antifascista para rescatar y difundir la historia que debe combatir el programa del silencio continuista y borbónico, interesado en dilatar, diluir, atenuar o restar importancia histórica para convertirla en anecdótica manteniendo la nostalgia por un tiempo ruin, el franquismo. Investigar el pasado y divulgarlo por imperativo moral, por deber de memoria, es esencial, fundamental para la construcción y la evolución de los derechos del género humano. En los archivos no existen secretos indecibles ni para los propios genocidas. Es preciso reiterarlo: fueron ellos mismos los que escribieron como jueces, verdugos y albaceas la historia de su “santa cruzada”, recuperar el pasado para rescatar la “verdad” documentada por los verdugos que cuentan orgullosos los acontecimientos, caracterizará la forma de transmisión de la experiencia de memoria y para la construcción histórica, que es esencial para la constitución de la memoria individual y colectiva.

2 Comments

  1. Afirma que los «“estudiosos e investigadores” convertidos en simples coleccionistas de vidas o muertes que consciente e inconscientemente incurren en el error de situarse en la falsa equidistancia, por omisión, por comodidad o por cobardía, ¿por desidia? Yo no dormiría tranquilo si hubiera sido uno de esos únicos privilegiados que pudieron acceder a los archivos y no publicaron sus valiosísimos hallazgos.»

    Creo que desconoce por completo lo que significa el trabajo de investigación. La investigación se hace, la mayor parte de las veces, por absoluta militancia y compromiso con la Memoria colectiva e individual. No es fácil, y lo afirma, hurgar en los archivos. Pero además de esa búsqueda inicial, hay que desentrañar esos documentos, contrastar, seguir investigando y escribir para hacerlo público. Horas y horas de viajes, de trabajo silencioso y gratuito, que no siempre es comprendido y que nunca está pagado. Cuando llegas al final del camino, hay que buscarse la vida la autoeditar el texto, volviendo a poner el dinero de nuestro bolsillo mientras las administraciones (locales, autonómicas y del Estado) miran para otro lado.

  2. Los represores pensaron que el franquismo seria para siempre, que nada podría cambiarlo ya, que sus acciones represoras -hechas a conciencia-, les proporcionaría un posicionamiento dentro del régimen bueno, alto, habiendo como habían hecho, contribuido a la eliminación del enemigo.
    Gracias a eso conocemos quien fue cada quien, que hicieron.
    Pero la gloria debió convertirse con el tiempo en mala conciencia, y actualmente en vergüenza para sus familias.

    Siempre he tenido esa curiosidad por saber quien había cometido aquellos hechos, quien seria su familia actual, como lo verían, del mismo modo que existe ese asunto entre los descendientes de los nazis en Alemania. Y son curiosos los mecanismo mentales y psicológicos que a veces se crean para no tener que reconocer que tu querido y simpático abuelo o incluso un padre fue en su día, en su momento, un criminal de guerra, un torturador, un criminal legalizado.

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