Querer bien, querer mal

Por Iria Bouzas

He escrito sobre política, religión y sexo y, salvo alguna ligera inquietud por las posibles demandas contra los sentimientos ultra religiosos de algún grupo de radicales del incienso, ninguno de esos temas me ha quitado nunca el sueño. Pero si hay un asunto que me produce desasosiego solo de pensar que tengo que escribir sobre él, ese tema es el del amor.

El amor y su hermano gemelo, el desamor, son dos de las energías destructoras y creadoras más poderosas de las que nos alimentamos los seres humanos. Y es en este punto, donde me empiezan a temblar las manos con las que escribo al decidirme a contradecir la visión general que existe tanto de uno como del otro. Haciendo frente como puedo a mi miedo y a mi inseguridad, me reafirmo en mi deseo de creer y defender que el amor es una fuerza destructora y que, pese al dolor, el desamor posee una inmensa y bellísima potencia creadora.

La más popular de ambas energías, el amor, desbarata y arrasa mucho de lo que encuentra a su paso. Es una destrucción dulce y apasionada que aceptamos sin resistencia y de buen grado porque cuando comienza, tenemos ya su virus inoculado y el deseo de dejar que nos invada nos ha calado la piel y los huesos y está ya circulando libremente a través de nuestra médula espinal. Así, una vez dentro de cada uno, el amor destruye con nuestro permiso y con todas nuestras bendiciones, las partes de nosotros que le molestan para avanzar.

Para empezar, echa abajo todas nuestras murallas y hace polvo todas nuestras barreras. Da igual como de altas las hayamos edificado. No importa ni el espesor de los muros ni que nos hayamos convencido de que el material que las formaba era indestructible.

El amor, con toda su carga demoledora, las resquebraja sin miramientos y después de tumbar la puerta de entrada a nosotros de una patada, la traspasa como si fuese un arquitecto enloquecido decidido a reconstruirnos el alma.

Y de golpe y porrazo, comienza la devastación.

El amor planifica construcciones de futuro que necesitan acoger a más de una persona dentro, así que dentro de su lógica de funcionamiento necesita hacer espacio.

Derriba, arranca, desbroza y elimina todo lo que le va interrumpiendo el paso.

No voy a negar a estas alturas de la película, que el amor además de destruir también construye, pero esa parte, la del amor como motor del mundo, está ya tan escrita y documentada que entiendo que no necesita ningún tipo de aportación adicional por mi parte.

El amor y su hermano gemelo, el desamor, son dos de las energías destructoras y creadoras más poderosas de las que nos alimentamos los seres humanos.

Dentro de toda esta dinámica de destrucción-construcción hay una anomalía a la que apenas si se le presta atención pero que me parece un tema fundamental por las consecuencias que ella implica. ¿Qué ocurre cuando nos situamos frente a todo este paisaje interno desolado por los efectos del amor y nos encontramos con que no aparece ninguna construcción nueva en nuestro horizonte? Es aquí donde comienza el debate.

La idea del amor, aceptada mayoritariamente, implica la aparición obligación de nuevos universos a raíz del enamoramiento y así, en un rotundo “eso no es amor”, niega la posibilidad de poder entender que el amor pueda ser un arma de destrucción masiva que provoque la devastación del otro sin crear nada después.

En mi opinión esa negación no es más que un ejercicio de cobardía colectiva para no asumir la dolorosa realidad. Se puede querer mucho, pero querer mal. Siento ser yo la portadora de estas noticias tan terribles, pero en la vida no existen los absolutos.

El amor no es un sentimiento positivo por definición, lo positivo o negativo son las consecuencias que de él se derivan. Cuando se quiere mal, nuestro amor produce la devastación interna del otro, pero no es capaz de construir nada que merezca la pena.

Esa exactamente la definición de “querer mal”, hacerse espacio en otro ser humano, entrar en su interior e ir haciendo nuestro camino sin preocuparnos de lo que estamos dejando atrás a medida que avanzamos.

Por lo visto, los seres humanos podemos ir y volver de la Luna como quien se va a dar un paseo, pero no sabemos gestionar bien nuestros sentimientos y nuestras emociones. Así que solemos hacer frente a las consecuencias que produce nuestro “malquerer” aumentando la intensidad en la que entregamos ese amor destructor.

Muchas veces he pensado si era posible querer mucho, pero querer mal y hace tiempo que sé que la respuesta es rotundamente afirmativa. De hecho, mi impresión es que cuando se educa a otros seres humanos haciéndoles sentir como pequeños emperadores ególatras alrededor de los cuales gira el resto del mundo, implícitamente se les está enseñando a querer mal. Porque querer bien implica un esfuerzo mientras que querer mal solo conlleva la invasión de territorios que van allá de nuestros propios dominios.

Querer bien nos lleva a construir en terrenos ajenos aun a sabiendas de que el otro se puede ir en algún momento y llevarse gran parte de nuestra obra.

Querer mal nos encumbra como reyes de lugares que no deberían pertenecernos, lugares que no respetamos porque sabemos que cuando no nos interese los dejaremos yermos y abandonados y nos iremos sin volver la mirada ni por un segundo para contemplar la devastación que hemos provocado.

Por lo visto, los seres humanos podemos ir y volver de la Luna como quien se va a dar un paseo, pero no sabemos gestionar bien nuestros sentimientos y nuestras emociones.

La conclusión que saco de todo esto es que nadie nos va a enseñar a estas alturas a querer. Pero quizás, sí deberíamos tener la humildad de plantearnos si sabemos querer bien y si no lo hacemos, de aprender a hacerlo que nunca es tarde.

No me cuesta escribir sobre política, religión, sexo o economía, pero me produce sudores fríos tener que enfrentarme a la reflexión previa necesaria para poder escribir sobre el amor.

Algo me dice pues, que justo es sobre estos temas son sobre los que debería escribir de vez en cuando. Así que otro día, si les apetece, le daré una vuelta a la idea de cómo el desamor nos puede llevar a ser felices.

Pero, eso ya, será otro día.

¡Salud!


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One thought on “Querer bien, querer mal

  • 23/05/2019 at 3:20 pm
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    empatia asertividad dialogo escucha diplomacia respeto afecto autocritica honestidad ….
    pero ls necedades d alguns politicos no ns djan evolucionar ni ocuparnos de nada mas qe d sus estupideces
    ¡ todo controlao !

    Reply

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