Que si la abuela fuma

Salvar Al Garito IOSIF

Por Daniel Seixo

«Es muy importante que aprendamos a convivir con el virus, a no bajar la guardia, pero hay que mirar hacia delante, perder el miedo al virus, animar a la economía y no bajar la guardia«

Pedro Sánchez

«No habrá más allá de algún caso en España.«

Fernando Simón

Dejad de incomodar a los bancos: sin ellos no somos nada

Boris Johnson

«Me volveré de hierro para endurecer la piel
Y, aunque los vientos de la vida soplen fuerte
Soy como el junco que se dobla, pero siempre sigue en pie’
«

Resistiré, Dúo Dinámico

Marzo de 2020, Boris Johnson toma su propio camino a la hora de encarar el coronavirus y mientras el resto de estados decreta el cierre de fronteras y limita claramente la movilidad de las personas, el gobierno británico opta priorizar totalmente la economía y evitar así la toma de medidas de cara a limitar el contagio de la enfermedad, con la esperanza de lograr alcanzar lo más pronto posible la inmunidad de rebaño: “cuantas más personas se contagien ahora, un porcentaje mayor del país desarrollará inmunidad para una potencial segunda oleada de la epidemia en el otoño o invierno próximos”.

Según los cálculos que el propio primer ministro traslada a la opinión pública, inevitablemente cerca del 50% de los británicos van a resultar receptores del virus durante la primera ola del mismo o bien cuando se produzca el siguiente pico en el otoño o el año que viene, pero para alcanzar la deseada inmunidad de rebaño sería necesario que esa cifra aumentase al menos hasta que el 60% de la población haya superado la enfermedad, cerca de 40 millones de ciudadanos que tras resultar infectados funcionarían como una especie de escudo natural contra los efectos de la pandemia en la isla. Sin duda, bajo la implacable lógica numérica del prominente mandatario tory, la mejor opción para la salud de la económica de Inglaterra se basaba en aquel momento en no inmiscuirse en los planes del Covid-19, permanecer impertérritos ante su avance y simplemente contemplar como la vida continuaba mientras el número de contagios aumentaba exponencialmente.

Cierto es que Boris Johnson se olvidaba de mencionar que según esos mismos cálculos, cerca del 1% de los habitantes de su país fallecerían de forma directa a causa del coronavirus, 400.000 muertes a las que habría que sumar las derivadas del colapso de los hospitales, el pánico sanitario y la degradación de las condiciones sociales de los más desfavorecidos, en un país cuya asistencia social al desheredado brilla por su ausencia más allá de la mera caridad monitorizada. El excéntrico primer ministro parecía olvidar incomprensiblemente su pasado en el mundo de la comunicación y lo que resulta más extraño, parecía desprenderse del cinismo y la mentira como norma para el gran público ante la toma de este tipo de decisiones.

Nos aproximamos sin remedio a un nuevo desastre sanitario, repitiendo una y otra vez los mismos errores que juramos no cometer

Como el tiempo terminaría demostrando, Johnson no aseguraba algo muy distinto a todo lo que meses después se nos ha venido repitiendo sobre el coronavirus en el mundo occidental. La renuncia a detener el avance del virus, la desacreditación del modelo chino / asiático, las continuas mentiras o medias verdades de los organismos oficiales, los continuos llamamientos a convivir con el virus o directamente, en palabras del propio presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, a «perder el miedo al virus», mirando hacia delante para animar la economía. Todo ello no eran sino velados cálculos estratégicos con el dichoso número R y la economía como único telón de fondo real: llamamientos a abrir las fronteras, a atraer al turista y reactivar el consumo con cantos de sirena que escondían en su melodía la certeza de nuevos rebrotes, enfermos y tarde o temprano, muertos.

Venga, no me digan que a estas alturas son tan inocentes como para negar que esto se veía venir. Todos sabemos que para que esta estrategia tuviese cierto éxito, socialmente tuvimos que comprar el discurso oficial, nos olvidamos de las jornadas de pánico en los hospitales, el esfuerzo desmedido de los sanitarios, las medidas extremas de control social y la carrera contrarreloj para adquirir un material médico vital para nuestros conciudadanos, pero que era fabricado en exclusiva made in China. Decidimos olvidarnos de las claras negligencias que hicieron que 19.672 ancianos falleciesen en residencias del estado español con COVID-19 o síntomas compatibles con la enfermedad y simplemente nos abonamos a una amnesia colectiva que nos permitió dejarlo todo a un lado para poder disfrutar de los chiringuitos, las terrazas, los viajes y todo lo bueno del verano sin tener que sentirnos culpables por ello. Sé que es fácil hablar una vez las cosas se vuelven a complicar y que Fernando Simón dijo alguna que otra frase vacua pero tranquilizadora antes de tomarse un merecido descanso entre las olas portuguesas, pero no se alteren, no los culpo, no es mi trabajo. Simplemente vengo a constatar que en el crimen cometido por las élites capitalistas contra la vida de miles de personas en todo el mundo y también en nuestro país, los ciudadanos, como meros agentes consumistas aletargados e infantilizados por sus ansias de consumo, también han jugado un papel clave. Puede que simplemente hayamos sido cómplices, pero en todo caso cómplices absolutamente necesarios e imprescindibles para el correcto desarrollo de los acontecimientos. Y ya sí como favor personal, les pido que tengan este hecho en cuenta antes de preparar sus discursos «Mr. Wonderful» propios de la New Age en la que vivimos inmersos y el Resitiré del casposo Dúo Dinámico como repetitivo himno del desastre y la muerte ante un posible nuevo confinamiento.

Un país reflejado en las plazas de toros llenas, los conciertos de Taburete y el metro a rebosar cada hora punta las 6:00 y las 8:30 horas de la mañana

Con esto no quiero decir que los más de 300.000 casos de afectados por Covid-19 y los cerca de 30.000 fallecidos oficiales en nuestro país sean responsabilidad directa de su rebujito en aquella terraza, los selfies en Sangenjo o las raves y las terrazas descontroladas que han poblado durante todo este verano nuestra geografía, no puedo negar que seguramente debido a ello alguno de esos cretinos despreocupados haya puesto en serio riesgo la vida de personas inocentes y no voy a disimular tampoco mi desagrado ante una sociedad tan malditamente individualista y cínica –capaz de condenar con un teclado a los ineptos de Colón, pero de ponerse a su altura por una simple caña y una tapa de aceitunas– pero el foco principal de esta problemática no debe desviarse demasiado de los principales responsables de todo esto, centrando por tanto nuestro análisis en los responsables políticos de la gestión del desastre que nos sitúa a la cabeza de Europa en número de contagios y en medio de una escalada de positivos que arroja nada más y nada menos que 1833 nuevos casos en las últimas 24 horas. Lo siento por los fanáticos partidistas o por aquellos que consideren como una traición llegar a plasmar en este texto lo que pienso y lo que puedo demostrar con datos y hechos, pero como les suelo repetir cada vez que tengo ocasión: no se trata esta columna de un subterfugio de tinta cargado con opio para mis lectores. Les sobran opciones para lograr adquirir ese producto pseudoperiodistico en otros lugares.

Los llamados a reactivar el turismo y la hostelería, los ERTE, las negociaciones con las empresas y sindicatos, la amnesia parlamentaria acerca del desastre provocado por la ineficiencia industrial y la inexistencia de un plan a largo plazo para lograr retomar nuestra producción local, todo ello se ha centrado única y exclusivamente en mantener tranquilos y en silencio a los grandes poderes empresariales de nuestro país, mientras el desastre se cernía imparable sobre nuestras cabezas. No sé si ustedes se han percatado ya, pero la entrada en septiembre va a ser realmente dura en materia sanitaria y la economía no parece traer mejores noticias de cara a la recta final de 2020. Los brotes en diversos mataderos, la constatación de la mano de obra esclava y el racismo que supone la realidad de los temporeros, las denuncias reiteradas de diversos sectores acerca de las pésimas condiciones laborales y las nulas medidas de seguridad frente al coronavirus, la continua explotación de nuestros hoteles ante el todo incluido de turistas que llegan a nuestro país sin control sanitario real alguno y que se marchan del mismo tras noches de descontrol en nuestro ocio nocturno. Todo ello dibuja la realidad de un país reflejado en las plazas de toros llenas, los conciertos de Taburete y el metro a rebosar cada hora punta entre las 6:00 y las 8:30 horas de la mañana. Un metro por el que el año pasado llegaron a circular cerca 600 millones de usuarios. Apetecible cifra para una pandemia, aún viéndose reducida muy considerablemente durante el presente año.

Johnson no aseguraba algo muy distinto a todo lo que meses después se nos ha venido repitiendo sobre el coronavirus en el mundo occidental

Cuando aquel marzo de 2020 Boris Johnson se dirigió a sus ciudadanos para asegurarles que la única opción para lograr salvar el sistema económico británico era continuar con sus vidas y sacrificar a parte de la población, no mentía. Lo triste de todo esto es que quizás el único que nos ha dicho la verdad es un maldito psicópata al frente de un país que ha dado sobradas muestras a lo largo de su historia reciente de abrazar al capitalismo más despiadado por encima de cualquier discurso ético o moralista que parezca primar a los Derechos Humanos por encima del beneficio económico. Mientras tanto, el resto de democracias burguesas han decidido jugar a la mentira, al pacto del olvido con sus ciudadanos y bien sea con una cara visible amable y aparentemente experta o con medidas cosméticas destinadas únicamente a gestionar el goteo de muertes y afectados, han seguido con sus vidas y sus negocios como si nada de todo esto hubiese pasado realmente. Lo han hecho plenamente conscientes de que el próximo muerto será con toda probabilidad un anciano de Moratalaz, una limpiadora del metro o un joven que no era consciente de que pese a la baja probabilidad de que así sucediese, él también podía incrementar la tragedia de esta pandemia. Nos aproximamos sin remedio a un nuevo desastre sanitario repitiendo una y otra vez los mismos errores que juramos no cometer. Pero mientras tanto, no olviden pagar con tarjeta.


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