¿Qué queda de la escritura universitaria en la era de la IA?

No se trata de una alarma sin fundamento. Encuestas recientes muestran que una amplia mayoría del alumnado reconoce usar IA para completar tareas, y el porcentaje crece cada semestre.

Por Isabel Ginés | 15/08/2025

En los últimos años, muchos docentes universitarios han percibido un fenómeno inquietante: los trabajos escritos por estudiantes parecen cada vez menos fruto de un proceso intelectual propio. La causa no es un misterio. El uso de inteligencia artificial para redactar ensayos académicos se ha extendido de forma masiva, y con ello no solo se erosiona el formato del ensayo universitario, sino una de las competencias más valiosas de la educación: la capacidad de pensar y comunicar con claridad, humanidad y sentido crítico.

No se trata de una alarma sin fundamento. Encuestas recientes muestran que una amplia mayoría del alumnado reconoce usar IA para completar tareas, y el porcentaje crece cada semestre. No hace falta que los profesores consulten estadísticas para confirmarlo: basta con leer ciertos textos plagados de frases huecas, repeticiones mecánicas y un barniz de falsa profundidad que delata el origen algorítmico. El problema no es que las máquinas escriban de manera prodigiosa, sino que el sistema universitario rara vez dispone de tiempo, recursos o voluntad para investigar cada caso y exigir responsabilidades.

Sin embargo, la muerte de la escritura universitaria no es inevitable. Este momento puede servir para repensar cómo y por qué enseñamos a escribir en la universidad e incluso en el colegio. El verdadero reto no está únicamente en frenar el plagio digital, sino en revisar un modelo de enseñanza que, durante décadas, se ha adaptado a la lógica de la eficiencia y la “satisfacción del cliente”, reduciendo la escritura a una serie de destrezas técnicas fácilmente evaluables.

Es aquí donde la retórica, esa disciplina arrinconada en los planes de estudio, ofrece una posible salida. A diferencia de la composición académica tradicional, que entrena para cumplir con un formato, la retórica forma para comunicarse en la vida pública y privada, para argumentar con convicción y empatía, y para encontrar una voz propia en diálogo con los grandes escritores y oradores del pasado.

Mientras la composición universitaria suele limitarse a enseñar cómo elaborar un ensayo formal, la retórica invita a estudiar y practicar el arte de persuadir, emocionar y razonar. Sus referentes no son solo los trabajos de otros estudiantes, sino las páginas de Cicerón, Shakespeare, Virginia Woolf, Martin Luther King o Susan Sontag. Escribir deja de ser un requisito burocrático para convertirse en un ejercicio cívico, estético y moral.

En una clase de retórica, la claridad y la elegancia no se conciben como simples criterios técnicos, sino como virtudes ligadas al pensamiento profundo y a la sensibilidad. Un buen escritor no se define solo por su dominio de la gramática, sino por su capacidad de elegir un tono, ordenar ideas con armonía y conectar con su lector a un nivel humano.

Volver a enseñar retórica en la universidad supondría aprender de los mejores, trabajando con textos de grandes escritores y oradores, no solo con ejemplos académicos anónimos. Implicaría entrenar el pensamiento crítico combinando lógica, ética y emoción, y fomentando el hábito de pensar antes de escribir. Incentivaría la creatividad mediante ejercicios de imitación, adaptación de discursos históricos o composición satírica, convirtiendo la escritura en un juego serio que estimula el ingenio. También dotaría de herramientas prácticas para afrontar cualquier texto, desde un ensayo académico hasta un discurso en una evento, y, sobre todo, formaría personas capaces de influir en su comunidad y defender ideas con rigor y belleza.

Si la universidad aspira a algo más que certificar competencias mínimas, debe devolver a la retórica el lugar que merece. En un tiempo en que escribir bien parece opcional y la inmediatez domina el pensamiento, la retórica nos recuerda que la palabra sigue siendo un acto de responsabilidad y de imaginación. Recuperarla no es una cuestión de nostalgia, sino de supervivencia cultural: sin ella, perderemos la capacidad de pensar con profundidad y de expresarnos con la lucidez que exige una sociedad verdaderamente democrática.

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