Que nadie olvide

Por María José Robles Pérez

«La violencia, la amenaza y el crimen hay que combatirlo siempre, sin intentar callar las voces; hay que contar la verdad y decirla sin miedo, porque es el principal aliado de los agresores», comentaba orgulloso y con la frente bien alta el pasado 25 de noviembre, ese mismo que critica sin ninguna impunidad la Ley de Memoria Histórica, afirmando que hay que olvidar porque eso es lo que quieren los españoles: avanzar y dejar el pasado atrás. Hipocresía donde las haya. Hay que ser perverso y un depravado para decir eso frente a un micrófono y luego no mirar a los ojos a una mujer que, desde su silla de ruedas, te pide que tengas respeto por las mujeres que han sido asesinadas en manos del machismo, que tengas un mínimo de respeto hacia las mujeres que han podido sobrevivir después de haber sido víctimas de esa atrocidad humana que sigues negando. Claro, negar es fácil cuando uno no quiere mirar, como era el dicho… ah, “no hay más ciego que el que no quiere ver”. ¡Qué cierto!

Pues de contar la verdad y decirla sin miedo sabe mucho Ana Orantes Ruiz. Si dejáramos el pasado atrás, si olvidáramos las injusticias, las atrocidades… nos hubiéramos olvidado de que Ana sufrió durante cuarenta años de matrimonio el calvario que es vivir con un maltratador. No recordaríamos como, tras cualquier excusa injustificable, agarraba del cuello a Ana, estrellaba contra la pared a Ana, le propinaba patadas en el estómago, le daba puñetazos y puntapiés por todas las zonas de su cuerpo. No recordaríamos los gritos que este monstruo le propiciaba, saliendo por las ventanas de la casa pero que nadie parecía escuchar. Nos recordaríamos las incontables ofensas verbales que sufrió Ana, donde escuchaba lo inútil que era, donde escuchaba que ella no servía para nada, que no era nadie, que estaba sola, que no podía escapar, que tenía que seguir aguantando por sus hijos, que no había otra alternativa, que otra forma de vida no era posible, que nadie la iba a ayudar. No recordaríamos que Ana tenía que sentarse en una silla para ser sacudida con un palo hasta que le daba la razón a su maltratador. No recordaríamos que sus once hijos presenciaron cada día ese calvario. No recordaríamos que su hijo menor intentó tirarse de una ventana cuando solo contaba con siete años o como otra de sus hijas se tomó un bote entero de pastillas en el fatídico intento de escapar de ese sufrimiento. No recordaríamos que el 4 de diciembre de 1997, Ana tuvo el valor y el coraje de ir a un programa de televisión y contar parte de esa tormentosa vida que había tenido. No recordaríamos como Ana, con una serenidad incomprensible para muchos, contaba su historia mientras una de sus hijas lo oía todo desde el público, mientras el espectador se estremecía al escuchar esas palabras que estaban sacando a la luz, a lo público, una verdad incómoda. Ana, que hablaba de una realidad que muchos no querían ver, que muchos siguen negándose a ver. “Me daba una paliza y otro día me decía ‘Anitilla, perdóname, ya no va a pasar más, ya no te voy a pegar porque esto no es vida, no le hagas caso a un borracho’. Yo le creía, le creía porque tenía 11 hijos –tres de ellos murieron después- no tenía donde irme porque yo no me podía ir con mis padres ni con nadie, yo tenía que aguantarlo, aguantar que me diera paliza sobre paliza un día y otro no y el del medio. Yo no le he querido nunca, no le he querido nunca, yo no puedo decir que he estado con mi marido porque le quería. Yo le he tenido pánico, yo le tenía miedo, yo le tenía horror. Yo era pensar que eran las nueve o las diez y no había venido de trabajar que salía a las seis de la tarde y me tenía temblando como una niña chica”. No recordaríamos que, a los 13 días, el 17 de diciembre de 1997, ese mismo que le pedía perdón tras cada paliza, le arrojaba carburante inflamable sobre la espalda y le prendía fuego. No recordaríamos que Ana murió carbonizada.

Nos hubiéramos olvidado de como Ana fue asesinada por la Verdad, por hablar públicamente sobre un tema del que nadie –o pocas- se atrevían a hablar. Por ser lo suficientemente valiente como para decir en voz alta que había un monstruo llamado José Parejo que vivía a su lado, y que la había torturado y obligado agonizar durante cuarenta años a ella y a sus hijos e hijas. Por tener la suficiente entereza para denunciar como las propias instituciones que estaban para proteger al ciudadano, a ella, le habían dado la espalda cuando había intentado denunciarlo, bajo la excusa de que eso era cosas que pasaban, normales en todas las familias y en eso nadie debía meterse. Ana, que tuvo el coraje de sacudir la conciencia de un país que se negaba a aceptar que esa realidad existía y que cientos y miles de mujeres, hijos e hijas la sufrían cada día. Ana, que rompió con el silencio. Ana, que introdujo en el debate público y la agenda política lo que antes se había considerado como algo privado. Y es que ya lo habían dicho muchas feministas anteriormente, que lo personal es político, que los problemas que nos quieren hacer creer que son personales e individuales, son -en realidad- problemas sociales. Pero tuvo Ana que morir en manos de su exmarido para que la gente lo empezara a comprender. No obstante, a pesar de todo, parece que no todos lo comprendieron.

Nos hubiéramos olvidado de como en su momento, el Partido Popular dijo que no había de que preocuparse porque eso era un caso aislado, obra de un excéntrico. El mismo partido, al que –entre numerosas barbaridades- se le ha escuchado decir cosas como “la Cenicienta es un ejemplo para nuestra vida por los valores que representa. Recibe los malos tratos sin rechistar, busca consuelo en el recuerdo de su madre” en boca de Ana Botella, en 2003 mientras presentaba un cuento infantil. O que “las leyes son como las mujeres, están para violarlas”, en boca de José Manuel Castelao en 2012. Ese mismo partido que este pasado 25N hacía declaraciones en favor del feminismo – ¿acaso saben qué significa “feminismo”?- y decía apoyar la lucha que hay que llevar a cabo contra las violencias machistas, mientras es bien sabido como recorta en ayudas y presupuestos destinados a estos fines o como le dan la mano a la extrema derecha y al fascismo que a galope –en nombre de una bandera- quieren destrozar todos los avances que hemos tenido en derechos y libertades; libertades y derechos, gracias a la lucha de todas esas personas que nunca se rindieron en hacer de este mundo un lugar más justo, un lugar más humano.

Sí, nos hubiéramos olvidado de Ana Orantes (60). Nos hubiéramos olvidado de Soledad Donoso (18), de Anabel Segura (19), de Eva Blanco (17), de Sandra Palo (22), de Marta del Castillo (17), de Sonia Carabantes (17), de Diana Quer (18), de Nerea (6), de Martina (3), de Paloma (16), de Soledad (45), de Jennifer Hernández (46), de Sarah (18), de Celia (90), de María del Mar Contreras (21), de Andrei (9), de Rocío (41), de Miguel Ángel (10), de Fátima (18), de Janeth (28), de Rocío (35), de Zoila (37), de Isabel (49), de Cristina (34), de Encarnación (80), de Mónica (30), de Rosario (76), de María del Carmen (72), de Gloria (28), de Manuel (71), de Elena (28), de Inmaculada (28), de Antonia (49), de Manuela (38), de Rosa (59), de Ruth (3), de Mónica (19), de Javier (5), de Sandra (62), de Amaal (26), de Remedios (32), de María (4), de Salomé (71), de Mario (6), de Hannah (25), de Silvia (42), de Yaiza (25), de Dolores /48), de Rosario (35), de Laura (24), de Veronika (27), de Mercedes (39), Agustina (52), de Antonia (88), de Teodora (40), de Josefina (79), de Luz Amelia (41)… y de esa larga lista que sigue aumentando mientras otros siguen negando la violencia machista y la dureza extrema y terrorismo que el patriarcado sigue ejerciendo sobre nuestras vidas.

Nos hubiéramos olvidado de todo eso.

Pero yo no olvido.

No, no olvidamos. Esto no se puede ni se debe olvidar. Y seguiremos gritando, como Ana, desde la cocina, desde los hospitales, desde los programas de televisión, desde los periódicos, desde los libros, desde la calle, desde las instituciones… seguiremos gritando que vamos a seguir luchando para acabar con todas las violencias machistas, hasta que el contador verdaderamente llegue a 0. Y podéis negarlo todo cuanto queráis, pero la Verdad terminará ganando. Somos más fuertes. Seguiremos rompiendo con ese silencio, como Ana, seguiremos poniendo sobre la mesa todas las Verdades incómodas que el sistema patriarcal pretende esconder. Seguiremos sacudiendo conciencias hasta que todo el mundo se entere de esta atrocidad, seguiremos sacudiendo conciencias hasta que las instituciones tiemblen. Así que, hermana, no tengas miedo, no estás sola. Somos una manada imparable, cuyos pasos, voces y puños en alto se propagan como un seísmo que no va a permitir que esos partidos machistas sigan practicando políticas que alimentan ese machismo del que no quieren desprenderse. Somos una manada imparable, cuyos pasos, voces y puños en alto se propagan como un seísmo que no va a permitir que esos partidos fascistas manchen la lucha feminista con sus sucias bocas, con sus sucias manos, con su negativas a hacer Justicia.

Ojalá esto llegue a los ojos de algunos y algunas de esos que han tenido la desfachatez –por ignorancia o por perversidad- de haber votado en las últimas elecciones a unos de esos partidos que forman parte de esta violencia que maltrata y asesina cada día. A cada uno de esos votantes, si tuvieran una pizca de conciencia, los gritos de Ana y de todos esos nombres que he puesto más arriba no debería dejarlos dormir. A cada uno de esos votantes se le debería remover las tripas sabiendo que con sus votos están permitiendo que esa lacra de la derecha y fascista, desde las instituciones, sigan permitiendo, expandiendo y propagando la idea de que la violencia machista es el invento de un grupo de mujeres excéntricas que tienden a exagerar lo que hay. Sí, a exagerar, que se lo digan a Ana, si estaba exagerando lo que contó en ese programa de televisión, que le digan a ella que estaba exagerando cuando decía eso de que “Yo le he tenido pánico, yo le tenía miedo, yo le tenía horror. Yo era pensar que eran las nueve o las diez y no había venido de trabajar que salía a las seis de la tarde y me tenía temblando como una niña chica”. Que le digan a Ana si estaba exagerando cuando 13 días después su exmarido la asesinó quemándola.

Vuestra bandera está manchada de sangre. Al igual que vuestras manos.

Quieren que olvidemos… claro, que olvidemos. Pues desde aquí os pido que nadie se olvide de esto. No, que nadie lo olvide. Y que nadie vuelva la cara a otro lado cuando alguien le está pidiendo Ayuda, cuando alguien le está pidiendo Respeto, cuando alguien le está pidiendo Justicia. Porque si volvéis la cara, si disfrazáis la Verdad para manipular, si hacéis como que no veis lo que pasa, si os tapáis los oídos, si defendéis a esas políticas de derecha y al fascismo que permiten esto, si echáis un voto en una urna apoyando a esos partidos que vuelven la cara, que no sienten nada hacia todas estas víctimas… seréis igual de responsables que los maltratadores, igual de responsables que los asesinos.

No, Ana, no te olvidamos. Nunca lo haremos.

 

 


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