Puigdemont contra Casado ayudando a un Sánchez que no quiere

Esas victorias ante la Justicia europea de Puigdemont y los suyos no son contra cualquiera, sino contra una Justicia española que declaran ilegales decisiones del Gobierno.

Por Domingo Sanz

Cuatro días después de que Pablo Casado asistiera a la misa por el dictador Franco celebrada en Granada, quizás para afianzar su propia convicción, como cuando despreció a millones de víctimas con lo de “las fosas de no sé quién”, de que la amenaza velada sigue siendo la mejor política, los eurodiputados catalanes Puigdemont, Comín y Ponsatí se dirigieron por carta a todos los miembros del Parlamento Europeo para informar del execrable comportamiento del líder del PP, adjuntando la información publicada por el británico The Guardian.

Lo escribo porque la noticia me parece relevante, aunque su eco en los medios ha sido mínimo. Hay que tener en cuenta que han sido varias las ocasiones en las que Casado ha acudido a Europa con la única intención de que los responsables de la UE perdieran la confianza en el Gobierno de España, elegido en unas elecciones que no ha sido cuestionadas. Si estuviéramos hablando de una clase de Primaria, el alumno Casado no sería ese valiente de los que se enfrentan a un profesor cuando cree que comete una injusticia, sino aquel chivato cobarde que tanto recordamos.

Los 705 europarlamentarios que han recibido esta información sobre Casado votarán siempre lo que les ordenen sus partidos, pero muchos se sentirán avergonzados por un líder de la oposición en España que hace cosas que en sus propios países les habrían impedido ser siquiera candidatos.

Y, al mismo tiempo, esos europarlamentarios, quizás excepto la mayoría de los españoles, ciegos porque no quieren verlo, contemplan como Puigdemont y los suyos ganan en la Justicia europea sus batallas defensivas contra la española. La última en la cuarta semana de noviembre, con un TGUE “sentenciando” al juez Llarena con frases como esta: «en virtud del principio de cooperación leal, las autoridades nacionales tienen que tener en cuenta la suspensión del proceso penal y de la ejecución de las euroórdenes de detención contra Puigdemont, Comín y Ponsatí”, para recordarle que deje de perseguir, porque su orden de extradición, de momento, no está vigente.

Seguro que usted está pensando también que los tres exiliados podrían regresar tranquilamente a Catalunya, aunque siga perteneciendo a España. Me permitirán que no se lo aconseje, pues la Justicia española detiene primero y, después, que salga de la cárcel quien pueda, que la represión ya está hecha.

Y regresando a España, resulta que, además de desprestigiar a Casado en Europa en beneficio de Sánchez, y también del de toda la España que no quiere ser franquista de nuevo, esas victorias ante la Justicia europea de Puigdemont y los suyos no son contra cualquiera, sino contra una Justicia española que, atendiendo las querellas de partidos como Vox o el PP, declaran ilegales decisiones del Gobierno, que ni Sánchez ni ningún presidente desearía tomar porque perjudican a la economía, dictando sentencias destinadas a garantizar la libertad que se disfruta en los cementerios y en los bares de Madrid donde sirven cañas de cerveza.

Los nombres de los líderes como metáfora de lo que representan. Carles Puigdemont a la Catalunya independentista, Pablo Casado a la España aún franquista y Pedro Sánchez a la que quiere seguir siendo europea pero no sabe cómo por culpa de sí misma, y principalmente, por la de unos jueces que, de fracaso en fracaso en Europa, se prestaron y se siguen prestando a la represión contra una parte de los españoles, esos catalanes incapaces de matar ni una mosca, interfiriendo con sentencias en asuntos cuya solución está en las urnas que les niegan.

Estos jueces españoles derrotados fuera de España me recuerdan, salvando las distancias y la diferencia de armamento empleado, a los militares criminales que se apuntaron al golpe de Estado del muerto que protagonizaba la misa de Casado para así saciar, contra sus propios compatriotas, defensores de la legalidad vigente pero indefensos frente a ellos los golpistas, y a sus aliados nazis y fascistas, aquella sed de venganza que fueron alimentando durante siglos con sus derrotas en todas y cada una de las colonias.

No le pagará Sánchez a Puigdemont, ni España a la Catalunya que quiere ser República, el gran esfuerzo que todos los represaliados independentistas están haciendo, objetivamente y tanto si lo pretenden como si no, para que España no vuelva a caer en el pozo de un franquismo de nuevo tipo protegido por la misma monarquía que restauró el mayor asesino de la historia de este Reino.

El precio que pide Catalunya, la amnistía y el derecho de autodeterminación, es demasiado alto para unos políticos españolistas que prefieren la amenaza del Estado que monopoliza la violencia al debate democrático para intentar convencer a los catalanes de que les conviene seguir en España, aunque, seamos sinceros, será imposible que lo consigan si solo les siguen ofreciendo monarquía.

“Paradojas explosivas de la política parida por una Transición de mentira” podría servir de título alternativo para este artículo, pero se me ha ocurrido después de escribirlo.

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