Profesor(x)s. Un emoji

El presente título no se escribe desde el resentimiento, sino desde el estupor. Se pregunta, con no poca razón, qué modelo de ciudadanía estamos construyendo cuando regalamos títulos y convertimos los suspensos en anécdotas administrativas.

Por Dani Seixo | 4/05/2025

Profesor(x)s. Un emoji de Santiago García Tirado no es solamente un libro, sino un grito contenido, una profunda radiografía emocional y estructural del sistema educativo español. Un edificio, hoy agrietado, que amenaza con venirse abajo. El diagnóstico no es el de un apocalíptico que añora el pasado, sino el de un observador lúcido que lleva más de dos décadas en primera línea de fuego: las aulas.

Desde un enfoque cercano al campo de batalla de las ideas, García Tirado propone una crítica estructural, el acto educativo ya no está orientado al desarrollo del pensamiento, sino a la validación de la satisfacción inmediata. No hay construcción de estructuras cognitivas complejas, sino refuerzo constante del deseo individual sin filtro. La escuela ya no es el espacio de la transmisión cultural, sino una suerte de escenario en el que el estudiante/cliente representa firmemente el derecho al capricho.

Una escena cotidiana:

Una alumna se niega a escribir. Dice que tiene frío, que no tiene bolígrafo. Y como si fuera un episodio de drama adolescente producido por Netflix, remata: “No pienso obedecer.” El aula se convierte en escena, la pedagogía en pura performance. Otro alumno, con el ímpetu de quien cree que el sistema solar gira en torno a su retina, se levanta y sube una persiana: porque sí, porque la luz no le gusta, porque puede. El profesor, mientras tanto, no enseña: simplemente negocia su derecho a enseñar.

Lo que García Tirado denuncia lo que no es solo una anécdota, sino una lógica sistémica. En nombre de la innovación, la educación ha abandonado la exigencia. En nombre de la equidad, se ha renunciado al rigor. Y en nombre del respeto, se ha disuelto la figura del profesor en un emoji: simpático, vacío, decorativo. Este es el corazón simbólico del libro: la transformación del docente en una figura ornamental, privada de criterio y palabra propia, subordinada a modas pedagógicas bienintencionadas, pero que han convertido la enseñanza en un simulacro.

La gravedad del diagnóstico se sostiene con ejemplos tan brutales como comunes: alumnos que niegan la redondez de la Tierra, que se burlan de la historia llamando «pringados» a Julio César y compañía o que simplemente proclaman que estudiarán cuando quieran, porque su futuro es ser influencer, criptobroker o experto en dropshipping, sea lo que quiera que sea eso. Lo peor no es la ignorancia, sino la soberbia con la que se expresa. Como diría Piaget, aquí no hay conflicto cognitivo: hay certeza dogmática, un yo cerrado a la experiencia y al saber del otro.

El presente título no se escribe desde el resentimiento, sino desde el estupor. Se pregunta, con no poca razón, qué modelo de ciudadanía estamos construyendo cuando regalamos títulos y convertimos los suspensos en anécdotas administrativas. La escuela ha dejado de ser el espacio donde se aprende a ser humano entre otros humanos para transformarse en una cadena de montaje emocionalmente anestesiada. Nadie niega la importancia de las puntuales charlas anuales sobre diversidad, finanzas o sexo, pero estas no puede, ni deben, sustituir a la ética del cuidado y el pensamiento crítico. El sistema se lava las manos al entregar el título de la ESO como quien expide un pasaporte sin destino.

El resultado de todo esto son jóvenes con una autoestima desmedida y sin herramientas para interpretar una nómina, sin tolerancia a la frustración, sin estructura interna que los proteja del vértigo de la vida adulta en la jungla capitalista. Aumentan las depresiones, el absentismo, los suicidios. Y mientras tanto, los profesores guardan silencio por miedo a ser sancionados por opinar, por nombrar lo político, lo religioso o lo sexual. El docente ha sido domesticado. Ya no guía ni acompaña, simplemente flota en un entorno cada vez más empeñado en la simple alienación. El verdadero conocimiento, el que requiere esfuerzo, contradicción, maduración, ha sido reemplazado por una ilusión de saber propia de la Wikipedia.

Y sin embargo, Profesor(x)s. Un emoji no es una obra derrotista. Entre sus páginas late la esperanza radical de lograr devolver al docente su dignidad. Porque si la figura del maestro desaparece, también desaparece la posibilidad de un mundo común, una realidad nueva y esperanzadora. Sin transmisión no hay cultura y sin cultura no hay democracia. La escuela puede ser ese lugar donde se forma lo humano, un espacio para desafiar las opresiones impuestas y la pasividad ante las injusticias. Pero para eso, debemos recuperar el coraje de enseñar.

1 Comment

  1. Una reseña a fondo, y una lectura generosa. Gracias, Dani. Y muy especialmente por el homenaje que haces a la figura de las y los que nos dedicamos a enseñar, con la falta que nos hace.

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