Porto: la saudade del amor y de la ciudad que se perdió

Los recuerdos duelen, como le duele a Jake cada centímetro de Oporto que pisa, porque las calles le gritan los momentos en los que fue feliz, en los que Mati le cogió de la mano y lo arrastró a un paraíso efímero 

Por Angelo Nero

Jake Kleeman es un norteamericano que deambula por las calles de Oporto con la mirada de un naufrago, va a la deriva, trabajando en cualquier cosa, como si su vida solo estuviera construida de presente, con un perro que parece que lo pasea a el, en una ciudad en la que se respira la nostalgia, esa misma nostalgia que los que amamos Oporto, nuestro Porto, sentimos cada vez que pisamos la Ribeira o Miragaia, conscientes de que esa ciudad hace mucho que ya no existe. Jake sale del Café Ceuta, mientras amanece sobre el Douro, no llega a los treinta años, pero parece que tiene bastantes más (Anton Yelchin, el actor que le da vida tampoco llegó a los treinta), y entonces comienzan a golpearle los recuerdos, esos retales del pasado dulce que se han ido amargando con el tiempo y que, de algún modo, nos conforman, como nos conforman las personas que amamos y que nos amaron.

Regresa al Café Ceuta con la deslumbrante MatiVargnier (interpretada por la francesa Lucie Lucas), una arqueóloga a la que el destino puso en su camino varias veces, en una excavación envuelta en una niebla espesa, donde él trabajaba ocasionalmente de peón; en la bellísima Estación de São Bento, en el corazón de Oporto; y en el bohemio café Aduela, donde, finalmente, colisionan como dos estrellas fugaces, dando lugar a una de las historias de amor más bellas y dramáticas que he visto en los últimos tiempos.

Los recuerdos duelen, como le duele a Jake cada centímetro de Oporto que pisa, porque las calles le gritan los momentos en los que fue feliz, en los que Mati le cogió de la mano y lo arrastró a un paraíso efímero -el amor es eterno mientras dura-, en donde creyó encontrar el fin de una soledad que ahora le pesa como solo pesa la ausencia. Mientras, Mati sigue su vida, se casa, tiene una hija, lo normal en todas las vidas que siguen hacia adelante, las que no se quedan dando vueltas en el pasado como una hoja barrida por el viento. Y Jake bebe hasta embriagarse de recuerdos, tragando las espinas de lo que pudo haber sido, o de lo que, de todos modos, no podía haber sido.

Jake y Mati son los dos protagonistas de este “amour fou”, pero sin duda, hay otra protagonista principal, la ciudad que le da nombre a la película, muy alejada de la visión que les ofrecen a los turistas low-cost que en la actualidad la invaden hasta hacerla irreconocible, es también un Oporto que tiene nostalgia de si mismo, de la ciudad en la que el amor te podía golpear a la vuelta de la esquina, como un recuerdo.

Jake: “Se todo lo que vas a decir, y sé que tu sabes todo lo que te voy a decir. Y siento que nada de esto podría haber ido mal”.

Mati: “Como si cada palabra que decimos, y cada gesto que hacemos, tuvieran que ser justo como son”.

Jake: “Y lo más extraño es que no parece cuestión de opción”.

Entre susurros, Jake y Mati hacen esta disección de lo que les está pasando, mientras de fondo suena como la erupción de un volcán, el blues de John Lee Hooker. Como un volcán es también la pasión que los va a arrastrar a un mar de lava que, en solo una noche, les cambiará para siempre.

El esquema narrativo, una suerte de rayuela, es otro de los aciertos de este film, con un ritmo marcado a ritmo de piano, saltando hacia adelante y hacia atrás, y ofreciéndonos salidas alternativas, cómo si se pudiese cambiar el curso de las cosas tan solo con desearlo, y divida en tres partes, también nos muestra escenas casi idénticas, pero que varían dependiendo quien las evoque. La fotografía es también algo a destacar, utilizando varios formatos, desde el súper 8, rodado por los mismos actores, a los 16 y 35 milímetros, y distintos tipos de grano, dependiendo del tiempo, pasado o presente.

El director brasileño Gabe Klinger, en su primer largometraje de ficción, nos ofrece una película difícil de clasificar, -y que nos recuerda mucho al “In the mood for love”, de Wong Kar Wai- por mucho que romance y drama estén en sus etiquetas, es muy posible que el productor, el inclasificable Jim Jarmusch, tenga también algo que ver, en algo que rezuma melancolía, o, para ser más exactos, saudade, acentuada por la música de Emahoy Tsegué-Maryam Guèbrou, la monja etíope que con su piano quiso acercarse a Dios, y se convirtió en una de las referencias del ethio-jazz.

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