Por una mirada pragmática hacia Irán

No olvidemos que el Imperio se da la mano con lo peor de cada lugar, con lo más reaccionario, con lo más fundamentalista.

Por Bárbara del Arco Pardo | 13/02/2026

La cuestión de Irán ha abierto un debate en la izquierda: ¿estamos ante protestas legítimas de un pueblo que se levanta contra un régimen teocrático y machista, o ante una nueva revolución de colores auspiciada por EE. UU. e Israel? Tratemos de diseccionar el debate: si analizamos los argumentos esgrimidos por unos y otros, vemos que en la mayor parte de los casos se trata de demostrar quién es el verdadero agente de las protestas. Así, si en unos casos se muestran como ejemplo declaraciones de feministas iraníes, en otros se comparten vídeos de manifestantes violentos que serían en realidad agentes de la CIA o del Mossad. Es difícil negar que hay algo de las dos cosas, y llegados a ese punto, el problema se reduce a una cuestión de porcentajes: ¿son más los manifestantes que piden cambios legítimos genuinamente, o los manejados por la CIA o el Mossad?

Obviamente, nuestra pregunta es una simplificación, porque rara vez existen voluntades genuinas que no respondan a una compleja macedonia de motivaciones. De otro modo, no hablaríamos de guerra híbrida y de injerencias en los términos en que lo hacemos. Una propaganda externa que pretendiera anidar en el aire, en la nada, difícilmente tendría trayectoria. El Imperio sabe esto, y siempre encuentra anclaje en alguna reivindicación previa – y a menudo legítima- para ampliarla, transformarla y dirigirla en la dirección que busca.

Aceptemos, pues, que nuestro plato lleva dos ingredientes ligados una manera tan homogénea que no pueden ya ser separados con la nitidez que a veces desearíamos. Desde una perspectiva moral, la nueva pregunta es entonces si podemos pedir el plato a pesar de su impureza. Y, una vez más, se trata de una cuestión de porcentajes: ¿qué cantidad de motivación espuria podemos tolerar? Para quienes piensan que el ingrediente principal es el imperialismo y que las reivindicaciones feministas son un mero aderezo, la receta no resulta aceptable, mientras que los que ven en el feminismo la base del plato y en el imperialismo una especia incómoda, piden el menú.

Yo apuesto por abandonar toda aspiración de valorar las motivaciones de los manifestantes como justas o injustas, legítimas o ilegítimas, genuinas o manipuladas. Adoptemos una perspectiva pragmática, centrada en las consecuencias. La pregunta importante sería entonces qué ocurriría en Irán si esas protestas – o las que surjan la próxima vez, que llegarán – hacen caer el actual régimen político. Hay que preguntarse qué ocurrirá al día siguiente en diferentes ámbitos: ¿tendrán las mujeres más libertad y derechos?; ¿mejorará la economía maltrecha por las sanciones?; ¿se llevará EE.UU. los beneficios del petróleo persa?

Hace unos días, el iraní Hossein Zoghi escribía en Zona de Estrategia que “por ahora, al pueblo iraní no le importan los detalles del próximo sistema. Su exigencia es simple y unánime: la caída de la República Islámica.” Me parece una idea peligrosa. Correr con los ojos cerrados, sin querer saber si uno se encamina hacia algo mejor o hacia un precipicio sería absurdo. ¿Saben para quién no resultaría peligroso? Para un actor externo que sacase partido de varios escenarios posteriores posibles. Para el Imperio lo ideal sería la vuelta del Sah, pero también le serviría un Irán balcanizado o directamente una guerra civil. Al Imperio tanto le tiene convertir a Irán en otra Libia que en otra Siria. Le vale lo mismo un régimen que reconozca derechos de las mujeres que uno que imponga el burka. Las palabras de Zoghi – y no digo que sea esa su intención – son ciertas, no para el pueblo iraní, sino para quienes se quieren aprovechar de él.

Pareciera que tenemos claro lo que el Imperio hace a los países a efectos de soberanía, pero no de retrocesos en derechos civiles. ¡Realmente nos hemos creído eso de que llevan democracia y libertad! Los países víctimas de las bombas (literales o híbridas) del Imperio no sólo quedan arrasados, arruinados y desangrados. Ese daño no es una especie de precio a pagar en pro del avance social o civil. Lo habitual es que se vaya al traste todo en todos los ámbitos. No olvidemos que el Imperio se da la mano con lo peor de cada lugar, con lo más reaccionario, con lo más fundamentalista. No importaban los detalles del próximo sistema de Siria con tal de que cayera un tirano, y ahora las sirias vuelven a usar niqab y burkini.

Hace falta una meta clara y una estrategia para alcanzarla. Y quizá en la meta sí haya un consenso bastante unánime entre quienes tienen diferentes opiniones sobre las revueltas: un gobierno laico, sin ayatolás, pero manteniendo una soberanía nacional tan fuerte como la actual, parece una solución a la que pocos se opondrían sobre el papel. El problema es que, más allá del papel, la pregunta tienen que volver a ser pragmática: ¿se dan actualmente las condiciones sociales, políticas, económicas, tácticas, para que ello ocurra? Si la respuesta a esta pregunta es negativa, entonces, manteniendo la meta (un gobierno laico y que respete todas las libertades pero manteniendo la soberanía), hay que modificar la estrategia.

¿Habría que pensar, entonces, en una estrategia reformista, de modo que se vayan consiguiendo avances en derechos civiles paulatinamente – como, de hecho, se ha venido logrando parcialmente gracias a las sucesivas protestas? Sé lo que algunos lectores estarán pensando: ¿por qué las mujeres, las personas homosexuales, y en definitiva la sociedad iraní, tendría que esperar ni un solo segundo más para obtener lo que legítimamente les corresponde? ¡Tienen derecho! Mi respuesta sigue siendo la misma: desde una perspectiva pragmática, no cabe sino preguntarse si se dan las condiciones o no para lograr algo. Esa, y no otra, es la pregunta importante. Yo no estoy en condiciones de responderla, y tengo que limitarme a señalarla, y a subrayar que, a menos que estemos seguros de que hay una respuesta afirmativa, el rasgarnos las vestiduras apelando a derechos que no pueden esperar puede conducir a darse contra un muro.

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