Por una izquierda sin complejos

Por Rafael Silva

Los nuevos socialdemócratas han tardado muy poco en revelarse como tales, a pesar de sus soflamas de hace no tantos años, cuando se iban a asaltar los cielos. Hoy dicen que “sólo desde el Gobierno se cambian las cosas” o que están en política “para entrar a gobernar, no para ser testimoniales”. Al final se han asaltado los despachos, los cielos siguen impolutos y los que manejan las riendas de la economía y la sociedad españolas siguen tan tranquilos

(Astor García, Secretario General del PCTE)

En definitiva, el sistema ha absorbido como en otras tantas veces y no solo en España, a una izquierda que empezó revoltosa e irreverente, para terminar tan dócil y adaptada que es más necesario que nunca revolucionarla para que vuelva al pueblo del que se despegó y reanudemos juntos la tarea de construir una sociedad mejor

(Ángel Cappa)

No debemos temer decir la verdad ni explicar la necesidad de una alternativa socialista, democrática y verdaderamente humana; debemos confiar en que lo que hoy no saben ni conocen las amplias masas de la clase trabajadora, lo sabrán y conocerán mañana, y que por lo tanto nuestra autoridad se verá reforzada y ampliada cuando las masas educadas y convencidas por esa misma dura experiencia de la vida vean en nosotros haber sido consecuentes, sinceros, claros y faltos de doblez, porque nuestras ideas y alternativa habrán sido confirmadas por la experiencia

(David Rey)

Una izquierda sin complejos. Eso es exactamente lo que necesitamos. Una especie de Vox, pero de izquierdas. Está más que demostrado, por activa y por pasiva, que una domesticación de la izquierda nunca ha traído buenos logros. Más bien al contrario, al final únicamente ha servido para convertirse en segundona del social-liberalismo, que es hoy día el nudo gordiano de prácticamente todas las fuerzas políticas, el núcleo sobre el que giran las políticas mayoritarias, diríamos la práctica totalidad de ellas. La derecha lo tiene muy claro: no existen complejos. Ofrecen sus políticas, sus medidas y sus soluciones racistas, homófobas, capitalistas, incluso franquistas. No pasa nada. Levantan la voz y lanzan exabruptos que no se escuchaban desde los tiempos del dictador. Y mientras, la izquierda actual, la parlamentaria, intenta suavizar sus medidas, hacerlas más “razonables”, más moderadas, restarles radicalidad. Una aureola de miedo tilda las medidas de la izquierda, como intentando no molestar mucho al gran capital. Son tan ingenuos que no se percatan de que el gran capital va a intentar siempre que la verdadera izquierda no gobierne nuestro país, que es lo que lleva haciendo desde el franquismo. El discurso dominante para Cataluña no pasa de la cordialidad y las buenas intenciones, pero dentro del constitucionalismo. Tampoco se dan cuenta de que hay que romper con él para liberar a los pueblos que forman el Estado Español.

A todo esto, Unidas Podemos se presentó en los debates electorales con un programa básico de “estricto cumplimiento” de los artículos constitucionales, y pretende realizarlo desde la subordinación al PSOE. Hemos entrado casi en una nueva etapa de conformismo, de aceptación de la realidad, de sumisión a los intereses del bipartidismo. La izquierda transformadora no puede nunca aceptar ese papel. ¿Dónde queda acabar con la precariedad laboral? ¿Dónde queda levantar una misma cifra digna para las pensiones mínimas, el SMI y la Renta Básica Universal? ¿Dónde queda la intervención pública de los grandes sectores estratégicos de nuestra economía? ¿Dónde queda la derogación de todo lo nocivo y tóxico que aprobó el PP de Rajoy? ¿Dónde queda el Parque Público de Vivienda Social y la intervención del mercado de los alquileres? ¿Dónde queda el repudio de la deuda pública y la creación de un polo de Banca Pública? ¿Dónde queda la intervención del mercado energético? ¿Dónde quedan las aspiraciones para establecer leyes transversales que luchen contra los efectos del cambio climático, derivando hacia nuevos modelos productivos y de consumo? ¿Dónde quedan las aspiraciones hacia una nueva política de fronteras? ¿Dónde quedan los avances para un verdadero feminismo anticapitalista? ¿Dónde quedan las aspiraciones para implantar la República, erradicar la Monarquía y alcanzar altas cotas de democracia plena? ¿Dónde queda nuestra lucha por la Verdad, Justicia y Reparación de nuestra Memoria Histórica? ¿Dónde quedan nuestras aspiraciones a plantear un Estado Federal Laico y Socialista?

En estas condiciones, no merece siquiera la pena votar a la izquierda. Si no tenemos en el arco electoral ninguna formación política sin complejos, que se atreva a plantear y a luchar por alcanzar estos ideales, es que no tenemos una verdadera izquierda. Podremos jugar con votos, con coaliciones, con Ministerios, con repartos de poder, con tibias y cobardes medidas, con pequeñas concesiones, pero no cambiaremos la vida de la gente. Al final, los grandes poderes económicos se encargarán de atarnos de pies y manos para que no podamos actuar. Y ello porque el sistema está perfectamente concebido, ideado y construido para que nada ni nadie pueda revertir su funcionamiento. El sistema dispone de todo un armazón político-jurídico-institucional, pensado y diseñado precisamente para que nada pueda destruirlo (fuerza del poder económico, leyes, decretos, normas institucionales, convenios internacionales, presencia en instituciones extranjeras, tratados comerciales…). Hay que ser realmente valiente para enfrentarse a todos ellos y conseguir cambiar de verdad, a fondo, radicalmente, el sistema. Sólo unos cuantos líderes mundiales lo han conseguido a lo largo de la Historia. Véase el caso del estrepitoso fracaso de la griega Syriza. Y aquí, las luchas del Movimiento 15-M han quedado absolutamente olvidadas. Sus reivindicaciones siguen vivas, siguen siendo necesarias, pero nadie les hace caso. Nadie las lleva al Parlamento, a no ser por mecanismos de peticiones ciudadanas, en base a una presión de la calle, cientos de miles de firmas, etc. Parece que ya no hay que luchar contra la “casta”, contra el “Régimen del 78”, contra la desigualdad, hacia la democracia plena, etc.

Este proceso de dulcificación o suavización de las políticas de Unidas Podemos, y su acercamiento servil al PSOE, sólo nos conducirá al desastre (nos ha conducido ya, de hecho), ya que se deconfigura la imagen de un partido de izquierda verdaderamente radical, que nació como un referente de superación del sistema, así como del régimen del 78. Así no es posible levantar un modelo alternativo de sociedad, que sea ilusionante para millones de personas, y que no pierda de vista su vocación republicana, socialista e internacionalista. La opción de co-gobernar con una fuerza política que viene siendo el partido del régimen por excelencia, y que ha demostrado con creces alejarse sucesivamente de los planteamientos de las clases trabajadoras, no es precisamente la situación ideal para poder cambiar el sistema. Lo que una izquierda alternativa y sin complejos debe ofrecer es una alternativa real de gobierno, independientemente de que consiga más o menos escaños. No se trata de llegar rápidamente, ni de llegar masivamente, sino de llegar. Llegar de forma limpia, de forma ilusionante, de forma digna. Hay que hacer pedagogía para que las clases populares entiendan que en la senda del capitalismo jamás podremos arrancar al poder las conquistas que pretendemos. Y por tanto, sin poner las grandes palancas de la economía al servicio de la mayoría, mediante su transformación a propiedad social, no serán posibles ninguna de las demandas.

Los famosos “Ayuntamientos del cambio” han sido los espejos donde hemos podido mirarnos para contemplar los límites de esta izquierda, bajo un marco estatal encorsetado en el Régimen del 78. Ni se han convertido en instituciones laicas, ni han repudiado la deuda, ni han conseguido remunicipalizar los servicios públicos privatizados, ni han puesto fin a los desahucios, ni han conseguido la integración plena de los migrantes, ni han erradicado los pelotazos urbanísticos. Incluso unos planes mínimos de lucha contra la contaminación ambiental les han costado bastante trabajo de implementar, por la tremenda presión de la derecha y de los grupos de poder. El colmo de todos ellos fue el Ayuntamiento de Cádiz, donde su alcalde animó y declaró que lucharía para que los obreros de los Astilleros continuaran fabricando corbetas para la guerra. La decepción es profunda, enorme, colosal. La impotencia es bárbara. Así no se puede. Por supuesto, todo ello no quiere decir que no hayan gestionado mejor que la derecha los propios asuntos públicos, pero en el fondo, las grandes transformaciones, de nuevo, se han vuelto imposibles. Por todo ello, necesitamos una nueva izquierda refundada, bajo un programa de clase y socialista. Pero una verdadera izquierda, valiente y sin complejos, que vuelva a llamar a las cosas por su nombre, y que no se amilane ante los exabruptos y descalificaciones de la derecha.

Hay que comenzar comprendiendo que los graves problemas sociales y democráticos que padecemos no poseen solución dentro de los límites del sistema. Bajo el capitalismo y el Régimen del 78, sus soluciones son absolutamente inviables. En el aparato del Estado (lo que ha sido llamado “las cloacas”) descansan los enormes privilegios de las castas militares, eclesiásticas, policiales, judiciales, y de la alta administración estatal, incluyendo por supuesto el pegamento que las une a todas, esto es, la Monarquía. La cuestión catalana sólo puede dirimirse aceptando el derecho a su autodeterminación, cosa que nunca aceptará la burguesía parasitaria. No será posible disfrutar de vivienda para todos, de ingresos para todos, de educación y sanidad para todos, de dependencia y de servicios sociales, de energía accesible y renovable, de transporte accesible y sostenible, de pensiones dignas, etc., mientras no implantemos un cierto grado de democracia económica, mediante la cual las clases trabajadoras puedan controlar las palancas económicas fundamentales. Es, sencillamente, imposible. O son imbéciles quienes lo proponen, o aún sabiéndolo, son embusteros, porque pretenden, simplemente, alcanzar el poder a toda costa. La cobardía no es una opción inteligente. Sólo un programa radical, valiente, integrador, será capaz de hacer frente a todas estas carencias. Incluso alcanzando el poder político, habrá que seguir siendo valiente para enfrentarse al poder económico que desplegará todos los medios a su alcance para impedirlo.

De ahí que nosotros continuamos preguntándonos: ¿dónde está la izquierda? ¿Es aquélla que calla cuando se reconoce a Juan Guaidó como Presidente “interino” de Venezuela? ¿Es aquélla que nos quiere hacer creer que Bruselas se quedará impasible viendo cómo llevamos a cabo las reformas anunciadas? ¿Es quizá la que aspira a co-gobernar con el PSOE? La verdadera izquierda no puede abandonar la visión integral de cambio estratégico para imbuirse en la filosofía del mal menor, o en cuotas de reparto equilibrado de poder. Desde la aparición del movimiento social del 15-M, ni una sola de las causas que se enarbolaban en sus pancartas y en sus asambleas abiertas ha sido alcanzada. Siguen presentes la democracia insuficiente, la corrupción, la precariedad, la pérdida de derechos, las privatizaciones…y sobre todo, sigue más presente que nunca el engaño que representa el PSOE, que se presenta como la pata izquierda del bipartidismo, precisamente para tomar el pelo a la clase trabajadora. Su función, desde la Transición hasta aquí, no ha sido otra que servir al régimen del 78 haciendo la función de partido “progresista” (¡hasta qué punto pueden las expresiones perder su significado!), para crear la ilusión de que existe oposición frente al PP (ahora también a C’s y a Vox).

Ante el renacimiento de la ultraderecha neofranquista, hay que volver a desempolvar los cimientos ideológicos de la izquierda, hoy día perdidos ante tanta confusión ideológica, patrocinada por los partidos “de izquierda” del Régimen, principalmente el PSOE. Hay que hacer pedagogía, y explicar a las clases populares y trabajadoras por qué estamos en esta situación, y qué hay que hacer para revertirla. Veamos:

1.- Lo primero que una izquierda sin complejos tiene que modificar es su propia actitud. Ello conlleva mostrar su propia firmeza y convicción en sus postulados, sus ideas, sus programas y sus propuestas. Y ello, a su vez, ha de reflejarse en la actitud de firmeza con que se plantean en entrevistas y tertulias. Ante el virulento ataque de los que mandan y no se presentan a las elecciones (los poderes económicos) y de sus palmeros mediáticos, los representantes políticos de una izquierda sin complejos deben manifestar sus planes de transformación de la sociedad sin miedos, sin ambages, sin titubeos y sin dudas. Han de mostrar sus objetivos y sus argumentos con plena rotundidad, absolutamente convencidos. Pero además, manifestar dichas ideas con coraje, con valentía, sin rodeos, con actitudes firmes, tajantes y comprometidas. Y además, cuanto más radical sea una determinada propuesta, más firmes y rotundos nos hemos de mostrar. En definitiva, no es sólo lo que comunicas, sino cómo lo comunicas. Los mensajes subliminales, el lenguaje no verbal y la contundencia son tan importantes como el mensaje en sí mismo. Hay que desterrar las actitudes tibias, cobardes, indecisas, porque entonces la fuerza del mensaje se escapa por estas vías, y se pierde credibilidad. Hemos de transmitir valentía en nuestras propuestas (“no solo te propongo esto, sino que me muestro con la suficiente valentía como para llevarlo a cabo”). Aprendamos de líderes como Fidel Castro o Hugo Chávez. En definitiva: no hay que ser moderados, sino radicales.

2.- En segundo lugar, necesitamos desmontar el famoso eslogan, tan falaz como políticamente correcto, del “gobernar para todos”. Esta expresión obvia la existencia de las propias clases sociales, y los intereses enfrentados de las mismas. Por tanto, una izquierda sin complejos no puede ir diciendo que “va a gobernar para todos”, sino declarando abiertamente que sus objetivos se centrarán en la mejora de las condiciones de vida de las clases más vulnerables, precarias y trabajadoras. Las demás clases no serán objetivo de nuestro gobierno. Por tanto, vamos a dejarnos ya de expresiones absurdas como que “vamos a gobernar para los que nos han votado y para los que no nos han votado”, y demás estupideces que intentan dar grandilocuencia a un discurso vacío de contenido. Simplemente, una izquierda sin complejos debe mostrarse adalid y punta de lanza del empoderamiento de los más débiles, porque los más fuertes ya tienen otras opciones a quienes votar.

3.- En tercer lugar, necesitamos abandonar el lenguaje adaptado a las fuerzas políticas de la restauración borbónica, que se centra en la “moderación”. Una izquierda sin complejos no puede difundir el valor de la moderación, sino de la transformación. Una transformación profunda de la sociedad es justo lo contrario a la moderación, que se basa en la cautela, en la prevención, en alterar lo mínimo aquello que aspiramos a cambiar. La transformación, en cambio, es el valor supremo de la izquierda, y aspira a cambiar profundamente las estructuras sociales y económicas del país, a instalar un nuevo proyecto de país, de sociedad y de cultura. Bajo el paraguas de la “moderación” las cosas permanecen como están, la transformación es lo que consigue los verdaderos cambios.

4.- En cuarto lugar, hay que plantar batalla (continuando con las veleidades del lenguaje) a esa dichosa palabra tan manida como es “progresista”. Manuel Garí ha afirmado en este artículo para el medio Viento Sur sobre la expresión “Gobierno progresista”: “No hay palabras más ambiguas y polisémicas, más citadas e idealizadas que las de progreso y progresismo. Y por lo tanto más vacías”. En efecto, el “progresismo” es una muleta vacía a la que se agarra cualquiera que quiera sonar bien. Hasta el extinto partido de Rosa Díez, UPyD se llamaba “Unión, Progreso y Democracia”, cuando no creían en ninguna de las tres cosas, ni sabían lo que eran. El progresismo, como decimos, no es nada si no se le dota de un significado. Porque “progresar” progresan todas las sociedades, en el sentido en que cambian, evolucionan, pero ese progresismo es un valor neutro, porque se puede “progresar” para mejorar o para empeorar. El progreso es un valor que hasta los partidos más decadentes y reaccionarios utilizarán para venderse. Lo que hay que hacer es articular el contenido de dicho progreso, y describirlo, hacer pedagogía de él. Contarlo a la ciudadanía a las claras, sin tapujos, de forma sincera y argumentada.

5.- En quinto lugar, necesitamos una extrema izquierda sin complejos, que pelee por un programa radical contra este Régimen y los capitalistas. Que defienda el derecho de autodeterminación, el fin de la Corona, de la impunidad, de las leyes liberticidas, la libertad de todos los presos políticos y encausados por luchar, el fin de todos los privilegios de la casta política, de la casta judicial patriarcal al servicio de la banca y la ofensiva represiva… y que combata por un programa que resuelva los grandes problemas sociales a costa de los beneficios y privilegios de los grandes capitalistas. Que luche por demandas como el reparto de horas de trabajo sin reducción salarial, la nacionalización bajo control obrero de las grandes empresas y la banca, la expropiación de todo el parque de viviendas en manos de la bancos y especuladores, el no pago de la deuda o los impuestos a las grandes fortunas para garantizar la financiación suficiente a los servicios públicos y pensiones dignas, entre otras medidas urgentes. Una izquierda sin complejos que vuelva a hablar de Procesos Constituyentes, de redistribución de la riqueza, de intervención pública en la economía, de derribar la Monarquía, y de un montón de asuntos que se venden como secundarios por la actual izquierda, pero que muy al contrario, son temas raíces de profundo calado. En estos asuntos también figuran los de ámbito internacional, ya que hay que reivindicar posturas muy diferentes con respecto a las que se tienen en relación a Cuba y Venezuela, Corea del Norte, Rusia, Israel, o el Sáhara Occidental, por mencionar los temas principales.

Pero no nos engañemos: además de las propias fuerzas políticas del Estado Español, hemos de librar otra dura batalla con la Unión Europea, porque ¿Alguien cree, a estas alturas, que se puede nacionalizar el sector eléctrico sin enfrentarse a la Comisión? ¿Alguien cree realmente que se puede intervenir el sector financiero y crear una banca pública con la aprobación de Bruselas? Una izquierda sin complejos ha de tener asumido el enfrentamiento con la UE y sus órganos de gobierno si pretende llevar a la práctica su programa. ¿Se puede hacer? Claro que sí, sólo se necesita la voluntad y la valentía política necesaria. ¿Acaso no ha retirado Donald Trump a su país de más de una docena de acuerdos mundiales que tenía suscritos? Lo que ocurre es que un programa de izquierda sin complejos, fundamentalmente radical, no solo necesita saber lo que hay que hacer, sino disponer de unos dirigentes con la valentía política necesaria para hacerlo.

 


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2 Comments

  1. Por favor no más izquierda retrógrada y sectaria. Es el mismo discurso de los puristas izquierdos que, por cierto, se les llena la boca de TRANSFORMACIÓN pero cuando tocan gobierno (ejem. claro el de IU ) luego son precisamente los primeros de la clase de acompasar al PSOE y dejar de confrontarles en las instituciones. Podemos ha sido capaz precisamente de hacer lo contrario. Yo he sido concejal y, la mayor decepción no ha sido el PP ni el PSOE sino los puristas de IU anclados en sus postulados marxistas que a nadie ya le importa y, mas centrados en dar ruedas de prensa y aparecer en la tele que TRANSFORMAR LAS COSAS. En fin….. espero que al menos te hayas quedado a gusto, compadre

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