¿Por qué es necesaria la lucha obrera hoy? Reflexiones sobre la lucha sindical

Salvar Al Garito IOSIF

Por  Jose Luis de Cima – Secretaría de Comunicación CNT

  ¿Los sindicatos siguen siendo herramientas de lucha de clases? ¿Qué evolución hemos visto en la última década? ¿Hay más conciencia de clase?

El tópico para reclamar la rabiosa actualidad de algún elemento de debate es decir hoy más que nunca. Sin embargo, en lo concerniente a la lucha obrera es importante entender que esa manera de referirse a ella se deja por el camino algunos matices importantes. Analizar ideológicamente y con cierto detalle el estado de las cosas es algo a lo que debemos dar la importancia que merece. No puede ser hoy más importante que nunca algo que no perdió nunca esa importancia.

En lo que concierne a la lucha obrera, las diferentes fases organizativas del capitalismo, contribuyeron a disfrazar el conflicto de clases con las condiciones de vida general de la clase trabajadora en un contexto de economía consumista en el llamado Estado del bienestar. Pero bajo ese Estado benefactor, hoy extinto, que proveía servicios sociales amplios a cambio de paz social, nunca dejaron de haber poseedores de medios de producción y distribución de bienes y servicios, por un lado, y personas que no tienen más  que su mano obra o su capacidad intelectual y la ponen en venta en el mercado laboral, por el otro. Obviamente, esto se expresa en 2020 de manera diferente que en 1840. Y al ritmo voraz de esta economía neoliberal, se expresa diferente hoy que en 1990, o incluso 2005. Pero no han dejado de haber clases sociales, diferenciadas por el puesto que ocupan en la organización de la economía. Lo que sí ha habido es una progresiva pérdida de cohesión en lo que antaño se llamó clase obrera, para ser hoy un conjunto que responde mejor a la etiqueta de clases trabajadoras. Sigue habiendo servidumbre y sigue habiendo vasallaje en el mundo del trabajo de las democracias liberales, pero con uniformes relucientes, dispositivos electrónicos de última generación y, en el mejor, de los casos salarios modestos.

Los poderosos no han perdido esa cohesión de clase. Y, además, se hayan en plena fase de contraataque después de su reacción ideológica de los 80 y 90 del s XX (la ola neoliberal que desde EEUU pasó a Reino Unido, y de ahí a los países erupeos). Concretamente están gestionando un periodo de transición de cambio tecnológico que está transformando casi, sin remedio, el sector servicios, que es el que hasta ahora empleaba a más personas.

Es importante la lucha obrera porque de ella dependen las condiciones de vida materiales de la mayor parte de la población, y de las materiales dependen las condiciones generales de vida. En el momento actual, tenemos un verdadero problema de desahucios, empobrecimiento generalizado y corrupción política rampante, inaudito en una sociedad supuestamente democrática.

Por eso, sigue siendo vigente dotarnos de una herramienta de organización, con perspectiva de clase, que es el Sindicato.

Para existir, es decir, para tener personalidad propia, un ente debe expresarse y actuar. Esa expresión y actuación tiene que darse necesariamente en algún  marco organizativo desde el que ser y autodefinirse. Para la clase obrera, ese marco organizativo siempre fue el Sindicato. No puede ser otro, debido a la peculiar posición en la economía que tenemos los trabajadores y trabajadoras. Dónde podemos ser fuertes (o débiles), donde podemos tener capacidad real, práctica y concreta de actuar, dónde podemos ser, es precisamente en las empresas. Esas empresas, tengan la forma y tamaño que tengan, resultan ser las células primordiales desde las que se mueve, existe y evoluciona el capitalismo. Estas empresas dan lugar una serie de poderes e intereses económicos de clase; concretamente los de la clase dominante (esa clase formada por los propietarios de los medios de producción y distribución). Esos poderes e intereses de una misma clase conforman una institución, el capitalismo, que en constante evolución, gestiona la economía para mantener su situación de privilegio y su capacidad de establecer las normas que más favorables sean a sus intereses de clase y hacerlas respetar. Pues bien, para los y las anarcosindicalistas, el Sindicato es esa contra-institución que en defensa de los intereses de la clase obrera, debe oponerse a la institución capitalismo. Los Sindicatos, agrupados bajo los principios del federalismo, son la institución propia de la clase trabajadora.

La evolución de la economía y de los propios sindicatos, no puede entenderse sin el gran pacto interclasista que se dio tras la segunda guerra mundial y que provocó la aparición del Estado del bienestar. En ese periodo, que llega más tarde y es más corto en España, los Sindicatos se acaban convirtiendo en meras gestorías de servicios y en reguladores del descontento. Pierden su papel de punta de lanza del progreso social, y se convierten en uno de los pilares fundamentales de la desactivación dela clase trabajadora como ente con personalidad propia. Paralelamente el triunfo cultural del capitalismo y el auge del pensamiento postmoderno acaban por disminuir la existencia de una conciencia de clase en el bando de las clases trabajadoras y la disuelven en un  mar de identidades e intereses individuales y coyunturales. Los trabajadores y trabajadoras dejan de considerarse tales y dejan de pensar a largo plazo. Exactamente al revés que las clases de dominantes que continúan plena y felizmente conscientes de sí mismas y de sus intereses a corto, medio y largo plazo. Esta situación se fue desequilibrando en favor de la clase dominante, hasta que desde 2007, a raíz de una profunda crisis sistémica, se procede al desmantelamiento de la economía tal y como la conocemos. Una clase trabajadora sin referentes sindicales coherentes (lo que en España se conoce como Sindicatos mayoritarios, todo el mundo tiene claro qué papel han cumplido en el desmantelamiento y el desarme ideológico de la clase trabajadora desde finales de los años 70 del s. XX hasta hoy), se ve reducida al papel de mero producto de usar y tirar en un entorno laboral precario, con unos métodos de control de la mano de obra de verdadera servidumbre medieval. Ha perdido su tradicional asidero psicológico, fuente de ideas y proyectos propios, creador de anhelos, que es la conciencia de clase.

Esta parálisis sindical no puede entenderse si no se analiza el papel que ha tenido el modelo sindical imperante. El choque de modelos que existe en España entre el modelo de representación unitaria y el modelo de representación sindical, no es una simple elección entre formas de funcionar. Someter la representación de los trabajadores y trabajadoras a un sistema electoralista (para elegir comités de empresa y delegados y delegadas de personal), que le quita el peso a los sindicatos como tales, supone asegurarse una despolitización total de la lucha sindical en las empresas, por un lado, y una permanente división de intereses entre pequeñas capillitas sindicales con intereses muy simples y estrechos. Y aquí, la apuesta decidida del anarcosindicalismo en España por el modelo de representación sindical supone, a nuestro entender, la única vía actual de revitalización del movimiento obrero. Cuarenta y dos años de trayectoria sindical bajo la hegemonía del modelo de representación unitaria demuestran por la vía de los hechos su naturaleza ineficaz y desmovilizadora. Los diversos intereses políticos en colisión en el contexto de la mal llamada transición española tuvieron como preocupación principal el desmontaje de cualquier atisbo de organización obrera que desde las empresas pudiera hacerse valer. Es desde esta premisa por la que tenemos que entender el impulso político y social y legislativo que tuvo (y tiene)  el modelo sindical de Comités de Empresa y Delegados y Delegadas de personal.

Y si es importante detenerse a valorar el impacto que tiene el modelo sindical a la hora de defender los intereses de la clase trabajadora, es por el lamentable espectáculo que podemos ver en la actualidad en plena pandemia, y que no es más que la consecuencia lógica de los cambios en el mercado laboral y en la economía en general que se fueron dando desde los años 90 del pasado siglo. Un modelo caducado, que no se adapta a la realidad física y económica de las empresas, que no ampara a las personas que trabajan en subcontratas, ni a las que lo hacen en la nueva economía, ni a las personas jóvenes que recién se incorporan al mercado laboral; un modelo que cada vez representa a menos personas; que no genera fuerza de movilización si no que vive la audiencia concedida que tiene en los despachos de la patronal y del gobierno de turno, que siempre divide a las plantillas por candidaturas por lo que no hace nunca frente común… un modelo, en definitiva, que no puede proyectar ideología ninguna y por lo tanto no puede servir para construir esa institución desde la que se exprese la personalidad propia de la clase trabajadora.

El proyecto sindical de la CNT, el anarcosindicalismo, en su vertiente ideológica más amplia, se basa en la preparación de las clases trabajadoras para poder asumir la gestión de los medios de producción y distribución bajo los principios del Comunismo Libertario. Y eso pasa, bajo nuestro ideario y contenido programático, por el desarrollo de la acción directa y la autogestión en las empresas, y el federalismo económico en la forma de organización como forma de construir una única Confederación de intereses. Esto solo es posible por una apuesta clara y decidida por el modelo de representación sindical en contraposición al de representación unitaria, como hemos venido haciendo desde la legalización de nuestra organización en 1977. Con nuestros aciertos y nuestros errores, pero con honestidad. Y en eso estamos.


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