Por Andrés y por todos los compañeros

Xaime Martínez
Coa agulla do compás


Otro niño de 16 años que se suicida por culpa del acoso escolar o bullying. Por culpa de alguien que lo pasa bien puteando a otro en la escuela. Otro que se hace tan pequeño e insignificante, que la única salida que ve es terminar con la vida.

El caso de Andrés me hace rememorar mi adolescencia. Aunque en la escuela tenía al típico abusón que se metía conmigo y me pegaba alguna vez, no fue precisamente en ella donde peor lo pasé. Allí fuí relativamente feliz.

El instituto, en la secundaria, fue bastante peor. Y eso que mi caso de acoso no fue grave ni mucho menos. Empezó ya en el primer año. El típico payaso de clase se dedicó a llamarme “maricón” a todas horas. Y yo apenas sabía lo que era hacer una paja. Curiosamente creó un debate en clase sobre mi sexualidad y había quien opinaba que yo era “bisexual”. Con el apoyo de mis padres, el chaval dejó de acosarme.

Pero en el segundo y tercer año, el acoso fue a peor. Aparecieron nuevos acosadores y se sentían apoyados en manada. Insultos, zancadillas, intimidaciones en el baño, comentarios y gestos obscenos en clase insinuando mi supuesta orientación sexual, ponerme el paquete en la cara “para que chupe, por maricón”, humillaciones públicas, escupirme los libros de la mochila… Es parte de lo que me hicieron. Gracias a todo eso, tomé la “libre” decisión de no bailar con las compañeras en un festival del instituto. Poco tardé en arrepentirme por no hacer lo que me gustaba. Hasta sabía la coreo. Aún hoy me acuerdo de buena parte de ella.

El cuarto año fue bastante mejor. Sobreviví a esta etapa gracias al grupo de amigos raros con los que me relacionaba, que hicieron más llevadero el paso por el instituto. Digo “sobrevivir” porque el instituto se convierte para muchos en una prueba cruel de supervivencia. Literalmente.

Con el bachillerato todo cambió y por fin empecé a encajar y a vivir mi adolescencia. Con casi 30 años, saber que Andrés decidió poner punto y final a su suplicio hace que rememore mis vivencias, mis sentimientos de adolescente imberbe e inocente. Hace que recuerde los rencores y odios que sentía por aquellas personas que me acosaban.
Hace que sienta como dichos sentimientos aún perduran.

No puedo evitar ponerme en el lugar de los chicos y chicas que actualmente sufren acoso escolar. Pero, al mismo tiempo, me dan escalofríos al saber que, a diferencia de lo que me pasaba a mí (pues el acoso terminaba cuando sonaba la campana para volver a casa) el acoso continúa en las redes sociales. Esas que los acosados tienen para encajar. Para ser como todos. Para ser normales.  Un ciberacoso que nunca termina, que dura 24 horas. Redes sociales que se convierten en una pesadilla. En una extensión de la pesadilla. Y todo esto se sabe en el instituto. Pero todos callan “por compañerismo”. Por miedo a ser etiquetados como “chivatos”. Lo cual es lo peor que te pueden llamar según la “ley del patio”. El acosado también calla. Por la misma razón. Por eso rechaza la ayuda de los profesores. Si la recibe.

Los compañeros le restan importancia porque no ven el alcance real del acoso ni saben por lo que pasa el acosado. La procesión va por dentro. Es como las  hemorroides, se sufre en silencio. La situación familiar es clave: en mi caso ayudó. En el caso de Andrés fue todo lo contrario.

Habrá quien diga que muchos tienen problemas o sufren algún tipo de acoso y salen adelante. Cierto. Pero, además de responsabilizar a la víctima de lo que le pasa, olvidan que no todos somos iguales, que cada uno es diferente, con diferentes personalidades y circunstancias.

Yo, con el apoyo de mis padres, supe salir adelante. Es cierto que contemplé alguna vez el suicidio. Pero nada serio, simplemente una primera ocurrencia en momentos difíciles. Siempre acabé desterrando la idea porque pesaba más vivir, porque no hay mal que cien años dure.

Se me sobrecoge el corazón cuando pienso en todo lo que viví estos 12-15 años. En lo que estos chiquillos pierden de vivir. En lo que pude dejar de vivir si mi acoso condujera al suicidio. Y en lo que me queda por vivir.

Visibilizar esta realidad es muy importante. Para concienciarnos de lo que ocurre día a día en los institutos. Unas vivencias que tienen lugar no sólo en nuestro país, sino en todo el mundo. Esto es algo que te marca para toda la vida.

Por Andrés y por todos los compañeros.


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