Pongamos que esta es la historia de Mouncif, Mehdi, Aamad y Ashraf

Por Ana Castaño Vilas

Pongamos que hablo de Melilla, y que esta es la historia de Mouncif, Mehdi, Aamad y Ashraf: cuatro chicos marroquíes, que viven en la Ciudad Autónoma y que acaban de cumplir dieciocho años.

Para llegar a la mayoría de edad ninguno de ellos lo ha tenido fácil: la pobreza, la exclusión, la explotación, la violencia y el abandono están omnipresentes en los relatos de su infancia y de su adolescencia. Cada uno a su manera ha buscado una salida a esta situación, que finalmente los ha llevado a encontrarse en el Centro Educativo Residencial de Menores “Fuerte Purísima” de Melilla. Allí han convivido con cientos de niños que cuentan las mismas historias que ellos, y junto a los cuales han sufrido las consecuencias de un sistema de protección que está constantemente desbordado y que desatiende, e incluso vulnera, sus derechos más fundamentales.

El primero de los cuatro en cumplir los dieciocho es Mouncif, y también el primero en ser expulsado del centro en el que ha vivido durante cinco años. Unos días después se une a él Mehdi, y unos meses más tarde lo hacen Aamad y Ashraf. Todos cruzan las puertas de La Purísima sabiendo que no les espera nada al otro lado y que buscarse la vida por su cuenta será difícil sin una tarjeta de residencia que les permita trabajar, viajar a la península o librarse de una expulsión que los envíe de vuelta a Marruecos.

Los cuatro chicos tienen derecho a ser titulares de una tarjeta de residencia, que debió haber solicitado quien ejercía su tutoría legal mientras eran menores, es decir, la Consejería de Bienestar Social de Melilla, o haberse otorgado de oficio por la Delegación del Gobierno en dicha Ciudad Autónoma. Según el artículo 196 del Reglamento de la Ley Orgánica 4/2000, hay que proceder a otorgarle la autorización de residencia de los chicxs extranjerxs tuteladxs por la Administración “en todo caso transcurridos nueve meses desde que el menor haya sido puesto a disposición de los servicios competentes de protección de menores”. Sin embargo, ni Mouncif, ni Mehdi, ni Aamad, ni Ashraf salen del centro con la tarjeta de residencia en la cartera, aún teniendo en cuenta que los cuatro llevan varios años siendo tutelados por la Administración melillense y residiendo en el mismo centro desde el primer día. No sólo no tienen la tarjeta en su poder, sino que, además, los chicos tienen que hacer frente a interminables trabas burocráticas para poder, en el mejor de los casos, conseguirla. Este hecho es algo que la sociedad civil ha denunciado en reiteradas ocasiones y que ha sido constatado por el Defensor del Pueblo Español, quien ha realizado varias recomendaciones y recordatorios de deberes legales al respecto a las instituciones melillenses competentes.

En este punto, si algo destaca en la actitud tanto de Mouncif, como de Mehdi, Aamad y Ashraf es el convencimiento de que, si esperan los plazos, más o menos, establecidos reglamentariamente y siguen las instrucciones de la Administración, conseguirán la ansiada tarjeta. Durante esta etapa, que puede durar varios meses, estos chicos tienen derecho a residir en territorio español, pero no tienen la documentación que lo acredita, y eso los sitúa en un limbo jurídico que les hace muy difícil llevar una vida con dignidad. A pesar de ello, los cuatro hacen gala de una extraordinaria fortaleza, tanto física como psicológica, necesaria para sobrevivir a los distintos tipos de violencia que sufren mientras malviven en una refugio precario que ellos mismos han construido en el entorno del centro de menores, donde han vivido todos estos años, pudiendo estar así cerca de otros compañeros que continúan dentro y, a su vez, cerca del Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) donde en ocasiones pueden conseguir alimentos gracias a la solidaridad de las personas que lo habitan.

Esta no es sólo la historia de Mouncif, Mehdi, Aamad y Ashraf, sino la de miles de niños y niñas que pasan por nuestro sistema de protección de menores

Pasados varios meses desde que salieran del centro, la historia continúa de maneras muy diferentes para cada uno de nuestros protagonistas. Ashraf es el único que consigue la tarjeta de residencia, aunque con poco tiempo de validez debido a la espera tan prolongada. Es el único que consigue viajar a la península con un billete de barco en el bolsillo y así hacer realidad su sueño viviendo en Barcelona, donde es acogido por una oenegé local que le acompaña mientras él se busca la vida poco a poco. En cambio, Mouncif, Mehdi y Aamad no logran obtener sus tarjetas, que finalmente caducan en poder de la Administración por una actuación negligente de la misma. Esto provoca que los tres queden despojados de su derecho a residir de manera regular en nuestro territorio y atrapados en la clandestinidad de una ciudad en la que no son bienvenidos. La prolongación de esta situación ha llevado al colapso a los tres chicos: Mouncif malvive en las calles de Melilla, cada día más deteriorado física y psicológicamente; Mehdi ha hecho risky –viaje arriesgado como polizón-, después de soportar episodios de violencia que le han desfigurado el rostro, y ha llegado a la Península, donde ha ingresando en prisión como autor de unos delitos que revelan el estado de su desesperación; y Aamad sufre desnutrición severa y ha ingresado en el hospital con diagnóstico de pulmonía hasta en dos ocasiones, sufriendo un riesgo real para su vida. Pongamos que no sólo hablo de Melilla, y que esta no es sólo la historia de Mouncif, Mehdi, Aamad y Ashraf, sino la de miles de niños y niñas que pasan por nuestro sistema de protección de menores.

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