Polvos de falsa democracia, lodos de fascismo

Por Luis Aneiros

No veo motivos para tenerle miedo a la extremaderecha española. Lleva ahí desde siempre. Son los mismos desde hace siglos, cambiando solo los rostros, pero manteniendo su triste existencia. Han exterminado a judíos y a musulmanes, obligado a abrazar una fe religiosa a golpe de espada y de pelotón de fusilamiento. Han dividido el mundo en los grupos que les interesaban: hombres y esclavas, heterosexuales y enfermos, blancos y animales, católicos y Satanás… La extrema derecha en España ha impuesto su presencia por las armas siempre, porque si no doblegaba la voluntad de los ciudadanos con violencia, jamás habrían podido gobernar. ¿Por qué tener miedo a quienes siempre han estado en nuestras calles, en nuestras empresas, en nuestros colegios…? ¿Qué ha cambiado para tenerles miedo?

Es sencillo convencer al anciano enfermo de que los recursos sanitarios se destinan a los inmigrantes y no a él. Y al parado de larga duración de que, si  no tiene mejores prestaciones, es porque se invierten en moros vagos que vienen a España a vivir de subsidios inexistentes. Y, de la misma manera, la falta de valentía frente a la violencia de género hace que la ultraderecha transforme las legítimas exigencias de las mujeres en ataques a los hombres y su masculinidad amenazada.

La extremaderecha siempre ha aprovechado cualquier ocasión propicia para salir de su cueva de odio y miedo, cogiéndose de la mano de quien quiera que se la ofrezca. Le molesta la luz del pueblo, de la gente de verdad, de los problemas reales, por eso siempre se esconden detrás de la iglesia o de partidos como el PP, que a cambio de sus votos consintió su presencia en multitud de manifestaciones contrarias a cualquier avance en los derechos de la población. Y seguía ahí, esperando la ocasión, porque solo sabe esperar ocasiones, no crearlas. Espera los errores ajenos, los patinazos de quienes, al menos, protagonizan la vida política. Y cuando esa vida política muestra debilidad, la extremaderecha emerge y habla de banderas, de pasados gloriosos y de futuros basados en la destrucción del progreso, porque para ellos el progreso es el verdadero enemigo.

Pero no nos engañemos. Los 300 000 andaluces que depositaron las papeletas con el logotipo de VOX (¿por qué VOX, por cierto? ¿La X es una referencia a algún tipo de nefasta cruz?) no son fascistas. Si esa fuera la cifra real de fascistas en Andalucía, nos permitiría suponer que la media por comunidad autónoma podría ser de 150 000 o 200 000… Eso supondría unos 3 millones de fascistas en España, solo en el rango de mayores de 18 años y que hubieran votado. Había menos en 1936 y mira la que se lio… No, los votantes de VOX no son todos fascistas. Es más, tengo el pleno convencimiento de que la aplastante mayoría de votantes de VOX no son fascistas… Entonces, ¿por qué tener miedo a VOX?

El miedo se lo tengo a los demás partidos, a los que no han sido capaces, por ineptitud o por avaricia, de sentar las bases sociales necesarias para no permitir que ciertas ideas encuentren asiento en nuestras cabezas. Le tengo miedo al PSOE que no se atreve a iniciar los cambios imprescindibles, que da un paso para delante y tres para atrás cada vez que afronta una cuestión, que permitió con su abstención la investidura de Mariano Rajoy, que no sabe explicar que no se deben vender armas a países con regímenes asesinos, que pasa de la solidaridad de la izquierda al miedo europeo neoliberal por los refugiados, que se mantiene anclado al espíritu de 1978 y justifica la existencia de una monarquía que huele a negocio más que a sistema de Estado. Le tengo miedo a un PP que arropó durante cuarenta años a la ultraderecha, que les dio esperanzas de retroceso social y aniquilación de los derechos de las minorías, que gobernó para las grandes fortunas y permitió que grupos como la Iglesia o la Fundación Francisco Franco siguieran manteniendo el legado de una dictadura católica y militar a costa del dinero de todos, y que a día de hoy sigue negando que este es un país distinto al que dejó el dictador, que la gente quiere respirar libertad por cada uno de sus poros… Los nacionalistas, intentando diseñar un calendario de hechos que no es posible, imponiendo pasos que despiertan al fantasma de una ruptura que no toca, y pretendiendo que los españoles aceptemos una separación que no deseamos, no ayudan en absoluto a la estabilidad necesaria para frenar el ansia centralista y unificador del fascismo.

Santiago Abascal y Rocío Monasterio en la sede de Vox. (Carmen Castellón)

Los partidos que nos han gobernado hasta hoy han convertido a las personas en problemas, y las personas no podemos ser problemas, sino los beneficiarios de las acciones de gobierno. El problema no es el inmigrante, el anciano, los LGTBI, los desempleados, los autónomos, las mujeres, ni ningún otro colectivo o minoría social. El problema es crear las herramientas necesarias para que todas esas personas encuentren su encaje sin perjuicio de nadie. La sociedad es diversa y solidaria o no es sociedad, y la situación actual creada por las nefastas políticas de anteriores gobiernos ha generado descontentos que se han convertido en agravios comparativos. Y este es el ambiente en el que la extremaderecha asoma su cabeza sabiendo que es sencillo convencer al anciano enfermo de que los recursos sanitarios se destinan a los inmigrantes y no a él. Y al parado de larga duración de que, si  no tiene mejores prestaciones, es porque se invierten en moros vagos que vienen a España a vivir de subsidios inexistentes. Y, de la misma manera, la falta de valentía frente a la violencia de género hace que la ultraderecha transforme las legítimas exigencias de las mujeres en ataques a los hombres y su masculinidad amenazada. Y el aborto pasa a ser una denegación del derecho a la maternidad, y la abolición de la tauromaquia es un ataque a la cultura más española, y hablar catalán, gallego o euskera es destrozar la unidad de España.

Pero ellos lo han dicho siempre. Y nosotros los ignorábamos, y no lograban más votos que los de los verdaderos fascistas, 46 000 en toda España en las últimas elecciones generales de 2016, la sexta parte de lo logrado solo en Andalucía el pasado día 2 de diciembre. Quien tiene trabajo, salud, educación, estabilidad, seguridad y bienestar jamás votará a la extrema derecha porque no se creerá ni una sola palabra de lo que escupen. Por eso yo no les tengo miedo a ellos, se lo tengo a los inútiles que, en 40 años, no han sabido ni querido construir un país moderno donde las personas sean las beneficiadas. VOX no nos ha enfrentado, tan solo se aprovecha del enfrentamiento ya generado por la desigualdad y la falta de libertades. Yo no les tengo miedo. Se lo tengo a quienes van a hacerles concesiones para poder gobernar sin importar a quien se perjudique. Porque la extrema derecha no logrará nada en las urnas, sino en los despachos de quienes comprarán sus apoyos. Pero mañana presentarán esas concesiones como logros positivos y otros muchos españoles les creerán. Y será, de nuevo, fruto de la codicia de los demás partidos, de esos a los que sí tengo miedo.

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