
Con Mujica supe que no concedería a nadie los derechos que no me concediera a mí misma. Me puse unas gafas que ya nunca pude quitarme
Por Andrea Amantegui Guezala | 24/05/2025
Murió José “Pepe” Mujica. Y con él se fue la mayor de las coherencias de la política latinoamericana. El expresidente uruguayo fallecía el pasado 13 de mayo a los 89 años tras anunciar hace unos meses que el cáncer de esófago que padecía había colonizado su hígado. El símbolo de la izquierda latinoamericana deja un legado de austeridad y rechazo a los privilegios del poder, siempre en defensa de una política humana centrada en la justicia social y el sentido común. Había en Mujica algo de profeta campesino, como si la historia le hubiera confiado la misión de abrir caminos en medio del desierto moral de nuestra época. Militante tupamaro, senador y dirigente rural, Pepe dedicó su vida a guiar a la multitud en tiempos de cinismo.
Construí mi sistema de valores con Anguita y Mujica como grandes referentes morales. Camus me poseía, pero siempre lo encontré demasiado pesimista. Mujica me aportaba otra perspectiva, sentía esperanza y me ilusionaba por vivir una vida con sentido. Cuando algo me confundía recurría a sus palabras, que en ocasiones me generaban más dudas, pero qué es pensar, si no un flujo constante de incertidumbres. Leía y escuchaba sus discursos movida por una fuerza irrefrenable que luego supe que eran mis principios, los ideales que me estaba construyendo. Con Mujica supe que no concedería a nadie los derechos que no me concediera a mí misma. Me puse unas gafas que ya nunca pude quitarme. Entiéndase la metáfora, Mujica me aportó una mirada, una lectura del mundo, por eso hoy me siento moralmente huérfana.
Pepe atravesó episodios vitales de extrema dureza. Tras formar parte del Movimiento de Liberación Nacional – Tupamaros, poderosa guerrilla urbana de izquierda que combatía la dictadura militar del país, estuvo trece años encarcelado. A lo largo de estos años fue torturado y presa del delirio; las malas condiciones y la desnutrición le provocaron un fallo renal, siendo finalmente intervenido por la pérdida parcial de un riñón. La falta de estimulación sensorial afectó profundamente su salud mental, viéndose obligado a hablar con ranas y hormigas para enfrentar la soledad. Una vez restablecida la democracia en 1985, Pepe pudo beneficiarse de una ley que amnistiaba a presos políticos, quedando en libertad con las mismas intenciones con las que había sido apresado. Supo subirse al tren de la política institucional; fue senador, ministro de Ganadería y presidente del Uruguay entre 2010 y 2015. Grandes victorias vinculadas a los derechos humanos forman parte de su obra, como la aprobación del matrimonio igualitario en 2013 o la despenalización del aborto en 2012, entre otras. Además, Mujica fue clave en el impulso de importantes reformas educativas y sociales, así como políticas sociales en zonas rurales del país.
Frente al ruido, Pepe fue silencio reflexivo. Frente al odio, convicción sin rencor. Frente al mercado, humanidad. Su figura trasciende fronteras y partidos, pues lo que queda de él no es más que la evidencia de que otra forma de vivir y gobernar es posible. Fue grandioso escuchar a un presidente hablar del amor como prioridad política, elogiar los afectos y los cuidados como valores revolucionarios. En sus palabras, los cuidados no eran un detalle menor, sino el núcleo de una vida digna y humana. El Uruguay es hoy un país embargado por el dolor de una pérdida pesada. Pero Mujica nos deja mucho. Nos deja un legado cimentado en lo colectivo, en la idea de que los vínculos humanos son resistencia en un mundo dominado por la competencia y la insatisfacción.
Estoico acérrimo como consecuencia filosófica de sus años de encierro, Pepe atendía lo común rechazando los excesos y los honores que, por su propia trayectoria, le eran concedidos. Vivió siempre en su modesta chacra de las afueras de Montevideo, profundamente conectado con la tierra en su cotidianidad, regando sus dalias, alimentando a sus gallinas y conversando con su perra Manuela. En esa vida austera radicaba su mensaje, él quiso servir a su país sin separar las manos de la tierra. Quizá en esos actos cotidianos encontremos la esencia: distinguir la riqueza en lo que florece y no en lo que se acumula.
“Quiero el progreso material. Pero quiero, antes que nada, el amor a la vida. Porque el crecimiento económico no puede ser una finalidad, tiene que ser un medio. Lo fundamental es cómo pasa la gente por la vida, si tiene tiempo para cultivar lo único valedero: los afectos.
No me voy. Estoy llegando.”
La semilla está sembrada.
Descansa, camarada.
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